Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
El último erudito

Él se encontraba vagando, o tal vez no, solo, perdido en un desierto de almas inmundas. Observaba como unos con otros resolvían una orgía maestral y que sin temores morían por amores, pero Él no. Que elocuás, no tan perfecto, ni completo, medio hecho o sin terminar. Mientras miraba esa masa de carne incestuosa, que le pone como un crespo la piel.

Hay, pobre de ellos infelices. Que ameno se convierte todo sin lo casual y cotidiano. Maldita la honra y mi causa de existir ¡¡¡Haaa!!!
No, no que mal, tanto miedo por algo que nunca causó pavor ni en el peor de los dioses. Sí, si que bien, tanto valor por algo que nunca causó sensación ni en el más mundano de los humanos. Pero que pobre de alma se ha vuelto el ser, sin pensar ni en ritos maquiavélicos o sádicos. Mundana la existencia de un pobre santo que se arrastra por los prados de Cthulhu, que ni tendré que hablar de uno de la madre tierra ¡¡¡Huuuu!!!

Yo no soy de acá, pero creo que todo esto es sólo mugre sobre basura y que no tiene ni el menor destino de vida seguir viendo como esta padurra de gente se somete al destino. Que yo no soy ningún pagano, tengo Dios y ese soy yo, me predico, escribo mi Biblia y mis leyes. Pero, pobre de ellos que creen creer en algo que ni ellos están seguros, pero por supuesto los sabios lo dicen y es verdad. Mentira, en mi creer elaboro la historia y la borro al mismo tiempo, si no agrada o tan solo si me cansa.

Cómo encuentra uno el significado de esa palabra que para estos vasallos no posee ni sentido, pregunté hasta en el todo y nadie tiene la respuesta. Pero, ya la encontré y no se la diré a nadie, menos a los homosapiens del 2000, que creen ser los únicos que piensan en esa palabra. No, no la diré nunca, su significado sólo debe de llegar a ellos por sus propios medios. Ya me cansé de esta parte de la historia, la eliminaré junto con la palabra, para nunca regresar a sentirme tan ajeno a mi creer.

Volver al Listado de autores
Sonrax

Caballo blanco corre, galopa en la colina, él es libre.

Entré a la habitación, piso de madera rechinante, luz tenue como de una vela. Al caminar el piso crujía, la ventana de vitró en forma de flor, dejaba escapar un reflejo mitad luna, mitad noche. A un costado un hogar de piedra impetuoso e imponente, un sillón de pana rojo. Cómodo estaba, confortable se sentía. A mi lado un tocadiscos, lo encendí y Beethoven comenzó a volar por las bibliotecas a mí alrededor, encendí una lampara de pie forjada en bronce ya opaco, recogí un libro que estaba sobre una delicada mesa de madera lustrada. Tapas duras cubiertas de seda y en su frente un título bordado con hilos dorados "INCAPAZMENTE BENDITO".
En busca de un índice, que nunca encontré, comencé a leer página tras página, pero por algún motivo inexplicable en la mitad me detuve y miré unas hojas antes. Pero he ahí mi sorpresa, sólo había ilustraciones, cuando yo había leído un texto, el que intenté recordar y no supe de que se trataba, sólo sabía que lo había leído, pero ni secuela del tema. En los dibujos se veían caballos y colinas, paisajes hermosos, de mucho colorido.
Recuerdo que para cuando una tenue luz vislumbraba un amanecer entre las cortinas, yo había terminado de ver o leer ese libro, pero sin explicación, lo cerré una página antes de terminarlo. No recuerdo si eran fotos, dibujos, texto o simples hojas en blanco, un blanco como el de aquel caballo que corría por los prados, libre.
A la noche siguiente, Mozart acarició mi oído y el libro mis ojos, cuando para la noche entrada ya terminé su anteúltima hoja, me detuve, puse un dedo dentro del libro para marcar la hoja y leí detenidamente el título, pasando la yema de mi dedo por el bordado de cada letra, no recuerdo qué fue lo que me condujo a hacerlo, pero cuando llegué a la única "O" de todo el título, recibí como un pinchazo de una espina que quedo dentro de mi dedo. Por largo rato no pude quitarla y cuando lo hice, un calambre en toda la mano dejó caer el libro al suelo. Mi mano ya no se movía y mi brazo entero le siguió a ese sueño, recogí el libro y miré su tapa y para mi gran asombro el título había cambiado a nada, él ya no tenía título y la seda comenzó a deshacerse como arena, quedando a la vista un cuero resquebrajado de color marrón oscuro, marcado a fuego con unos signos que se asemejaban a un texto, de los cuales mi interpretación fue pobre pero creo que decía "Post y antepost mortum".
La mitad de mi cuerpo no lograba ni moverse y con mucho esfuerzo logré avanzar la última hoja del libro, para encontrarme con una gran palabra escrita en sangre "SONRAX", quedé inmóvil sobre el sillón, y la pana roja comenzó a chorrear sangre y a escurrirse por las rendijas del suelo de la habitación. La mesa se prendió fuego en una sola llamarada y se consumió.
En un instante las bibliotecas comenzaron a romperse y los libros caían a un río de sangre, la lampara de bronce cambió su forma a la de un trípode y muy pronto la ventana en forma de flor comenzó a abrirse como un diafragma, de la noche un gran pájaro de plumaje lustroso de color negro, con ojos blancos y afilados, pico rojo como la sangre que cubría mi lecho. Se posó sobre el trípode, abrió las alas tan grandes que cubría todo mi cuerpo, estiró el cuello poco a poco acercándose, se arrimó a mi oído y murmuró: "sabes que has hecho, llamaste a mi ira, leíste mi nombre, no sabes quién soy ni nunca lograrás saberlo, sólo recuerda que Sonrax te dio muerte y vivirás en paz.
Tu no eres la persona indicada para ser bendito y tu destino ya lo has visto, pues tu miserable existencia termina ahora". Su voz se metió por mi oído y su cuerpo le siguió en forma de un fuego que me quemó por dentro, inerte observé como me consumía en llamas, mi sangre hacia borbotones entre mis huesos, súbitamente mis restos se derrumbaron sobre el sillón en forma de polvo, el ave suavemente agitó sus alas, diseminó toda mi alma por el aire y me elevé en una suave brisa acompañándolo mientras partía por la ventana, que se cerró tal como se había abierto cuando lo llamé de su reposo.

Hoy esparcido en la colina miró como el caballo blanco corre, galopa y es libre por que Sonrax un destino le dio.


© Vicente Rumi Guillamón