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I
¿Es
la intemperie lo abierto?
Hanni Ossott.
Es
probable que este cuerpo desnudo
haya perecido por estas llagas
que a simple vista, me torturan.
Estoy a la intemperie.
Y esta
poeta deja caer las grafías encerradas en sus dedos.
Sin
embargo, tengo la manera de defender lo abierto,
a esta herida
tenebrosa que me tiembla.
La misma intemperie, el mismo vacío
son los síntomas
y pequeñeces del hambre de esta
boca,
que no siempre prioriza la palabra poética.
Tengo
tanta lástima de esta pared húmeda sin recursos.
II
¿Es la intemperie el “afuera”, o apenas una
condición, un tránsito?
Hanni Ossott.
Miedo.
Poseer una aridez corporal infinita.
algo me arranca del hogar
hasta dejarme huérfana.
Toda esta noche no me puede
salvar.
Me hace sentir más enferma y menos vocálica.
La palabra sufre al desamparado de esta boca.
El delirio me
solicita.
Esta soledad es una inocente muerte de hastío.
III
No puedo ser el enemigo que aniquila.
El enemigo es de
“afuera” que dentro de mí sobrepasa.
Hanni Ossott.
Mis restos sufren en un descampado, en un desierto,
donde
sólo se oye mi cuerpo en forma de grito.
Mi enemigo me
encontró en el peor abismo.
Yo me encontraba solitaria y
declinada;
tenía la certeza de este crimen.
No
puedo culpar a un tercero que no existe,
a ese sujeto, carne o
desperdicio
que (creo), espera mi dulce muerte.
Me
devora el silencio entre esta noche y este olvido.
¿Qué
comenzaré a ser desde ahora para el mundo?
Ya no tendré
a quien interrogar por este miedo,
por este frío de estar
tan sola y revuelta
en todo esta oscuridad circular que pronto,
muy pronto,
dejará de serme adyacente.
Me
devoraré de forma consciente y estúpida.
Y al
surgir completamente la mañana,
vendrán de las
sombras más temibles,
las aves rapaces a tragarme.
No soy ya la palabra conocida, ni el verbo innato. Crezco, y me reproduzco por obra y gracia de mi útero. Las manos que conocías, blancas y radiantes los lunes a las dos, se han marchitado de manera escandalosa. Perdí de pronto, mi raíz. Perdí el círculo donde ajustarme. Donde mecerme. Taladrarme el amargo síntoma. Y usted, sí, usted que era sustantivo, verbo y semántica al besarme: ¿dónde hundió su boca?
Ya no encuentro la facilidad de la escritura. Ahora es un proceso inverso, mi escritura depende de mi voz para existir desde mí, es una simbiosis extraña y demoníaca, donde la carne perece. No temo infiltrarme donde el ojo tiene un cíclope. Estas horas incendiadas serán eternas, ruidosas, temerarias, hasta que vuelvas a reivindicarte.
Ya no prosigo con el fonema enfermo, ahora mi lengua tiene escudos, protecciones sagradas creadas por mí. Fue una automedicación para sobrevivirte. Aunque el grito a veces perece un poco, estoy hecha una mujer casi entera, una sobreviviente a la muerte lingüística. Sé que te cuesta creerme. Desde tu irrealidad, aún me sentís inservible, ajena, inhumana, tan cíclope que me matarías sólo con mirarme. Abro la boca más inmensa, y alrededor de este síntoma, un axioma. Incoherente y anónimo, pero me descrea para no sentirme.
Hacia donde fingía la voz, ahora escribo asonancias. Puedo hablar de estos monstruos autóctonos vividos y sufridos, ya sin que me toquen el mínimo hueso. El cuerpo es una esfera donde sólo yo quepo. Mi poesía es una mujer invertebrada. A veces tan anónima, principalmente, cuando escribo desde fuera de mí. Yo también me pongo una máscara, a veces, para disimular dolores; otras, para inventarlos. Y a veces, me animo a sacarme en público. Mostrarme, ésta que soy dentro de este techo. De esta casa en miniatura. De la máquina que cabalga dentro, y nunca se acaba, sigue con este lenguaje de leona furiosa, hasta que llega su noche, y la abanica muy dentro.
I
No
sé hasta dónde este cuerpo es sólo espuma,
porque
hay días en que está lleno de rabia,
otros,
de dulzura y canela.
Entonces,
por los ojos de mi cuerpo
sale
la palabra amor,
y
me entran ganas de amar
desesperadamente,
pero
tengo el cuerpo lleno de rabia
con
forma de espuma.
II
Y
cuando te amo, sos vos la que adopta
este
sintáctico vejestorio corporal
que
me sostiene;
sin
embargo,
lo
querés,
y
de noche, lo abrazás con ternura.
No
de aire, no de manos ahuecadas
donde
el nombre se pierde y nos traspasa.
Hablo
de caricias de frente con sabor
a
unparasiempre, que mantenés en tu boca
hasta
dormirte.
III
Este
cuerpo al cerrarse se convierte
en
una noche donde caben los sonidos
que
hacen tus brazos al abrigarme.
Vos
y yo derramados en una nostálgica cama,
somos
aire y espesura,
y
la palabra amor se duerme entre las bocas.
© Verónica Cento