Primitiva desnudez
Jorge
Solari
Ya, ya, ya, que llega tarde. Paula se baja del taxi y corre con la mirada puesta en la puerta de la clínica. Tropieza y trastabilla hasta encontrarse en el piso, en cuatro patas. Antes de llegar al piso intenta aferrarse al cinturón del jean de un hombre que sale del caserón de al lado de la clínica. El hombre la ayuda a levantarse, Paula lo mira mientras piensa en esa pequeña pecera ovalada ubicada en la biblioteca de la casa de su novio. Una pequeña pecera ovalada con un solo pez, rojo, dentro, flotando de día, de noche, de tarde, de madrugada. Paula se para frente al hombre, que no dice nada y se da vuelta para cerrar la puerta de esa casa. Unos perros ladran en el interior. Los ladridos hacen eco en un largo pasillo. El hombre termina de cerrar la puerta, se pone un bolso de gimnasia al hombro y camina hacia la esquina. Ella permanece inmóvil, siguiendo con la vista al hombre hasta que este desaparece a la vuelta de la esquina.
El hombre era muy atractivo, tanto que hubiera deseado que me llevara con él. Estaba cansada de llegar tarde a todos lados, avergonzada de mis tetas nuevas, extenuada de sentirme insatisfecha e incomprendida.
Paula se sienta en un sillón marrón. Hay otra mujer sentada en la sala que habla por su celular. Paula queda absorta, una vez más, en el cuadro colgado arriba de la cabeza de la rubia. Un cuadro donde todo un pueblo juega en una plaza. La mujer atrás del escritorio se levanta, desaparece por el pasillo y vuelve a aparecer unos segundos después. Por aquí por favor, le dice la mujer a Paula, que se levanta y la sigue por el pasillo. La madera cruje a sus pies. Pasan a la derecha cuatro puertas, en la quinta entran. Víctor ya viene, dice la mujer antes de dejarla sola en esa habitación de techos altos y paredes angostas. Paula camina entre la mesa ratona de vidrio, la silla y la camilla. Se sienta en la silla y prende un cigarrillo.
Toda la gente de ese cuadro tenía un claro propósito: jugar en la plaza. En cambio ahí estaba yo, con novio, familia, trabajo, esperando que me masajearan las tetas, fumando ese cigarrillo como si fuera el último antes del gran colapso.
Entra un hombre que abre y cierra la puerta con rapidez y suavidad. Víctor camina hasta la mesita y saca de un botiquín unos guantes de látex marrones. Paula se saca la camisa, desabrocha el corpiño que deja arriba de la mesita y se acomoda en la camilla boca arriba, las manos cubriendo sus pechos. Víctor se para en frente de la camilla, termina de ajustarse los guantes y comienza a masajear con suavidad los pechos de Paula. Arriba de ellos: un ventilador de techo que no da vueltas. De vez en cuando Víctor se distrae de sus manos y mira el segundero del reloj en la pared. Paula no abre los ojos, no pestañea, piensa en el pez, en la pecera, en las piedras marrones, en el fondo, en el agua transparente, en los ojos del pez que miran sin culpa, dolor o sonido. Los brazos de Paula permanecen inmóviles al costado de la camilla.
¿Y si esto es todo lo que hay?
La pregunta merodeaba mi vida como un piano de cola volando por el cielo, tocando su intrigante melodía, esperando encontrarme distraída y fatigada para caer sobre mí y desintegrarme.
Víctor masajea los pechos. De a ratos Paula entreabre los ojos, semblanteando las humedades de las paredes. También mira y vuelve a mirar el paquete de cigarrillos sobre la mesita. Víctor masajea y masajea hasta que dice: ya está. Paula se viste de espaldas a Víctor. Cuando se da vuelta, Víctor ya no está. Paula intenta abrir la puerta, que se abre un poco hasta que la parte de abajo se traba contra el piso de madera, la puerta se viene hacia ella y choca contra sus pechos, rebota y se vuelve a cerrar. Paula piensa que el pez de la pecera es testigo de lo que acaba de pasar.
Lo peor era no poder abrigarse contra ese frío gélido que me carcomía. Yo cantaba, saltaba, bailaba, hacía amigos, conseguía novios, pero nada me daba calor, nada derretía esas enormes y misteriosas formaciones de hielo que dominaban grandes extensiones de mi interior. El frío. Ah, el frío como último aviso antes del final.
Paula sale de la clínica y se toma un charter hasta la esquina de la casa de Fernando. La hermana menor de Fernando, Guadalupe la está esperando vestida con una pollera escocesa de colegio y un sweater gris en v. Guadalupe le anuncia: hoy hay pescado pero para vos hicieron milanesa. Qué divinos, contesta Paula que se acerca a la pecera y agachada contempla al pez y su pacífica mirada. Luego se levanta y deja solo al pez. Sentada en uno de los sillones del living la madre de Fernando le dice a Paula:
-Llamó Fernando recién, dice que se le va a hacer un poco tarde.
-Ah, bueno -contesta Paula, la saluda y se sienta junto a ella.
-¿Y? ¿Ya empezaron a ver lugares para la fiesta? -pregunta la madre de Fernando.
-Todavía no -responde Paula.
Entra una mucama, dice:
-Es el señor Fernando para la señorita Paula.
-Pero la iglesia ya está, ¿no? -interroga la madre de Fernando mientras Paula se levanta para atender en la cocina.
-Sí, sí, está -contesta Paula.
Fernando informa:
-Pau, se me hizo tarde. Todavía tengo para un rato. Paula replica:
-No hay problema, como con tus viejos.
-¿Segura, Paula?
-Seguro, Fer.
-¿Estás bien?
-Estoy bien.
-¿Cómo te fue con los masajes? ¿Terminaste ya con esa ridiculez?
-Ahá.
-¿Está mi vieja por ahí?
-Sí.
-Bueno, después hablamos. Un beso.
-Un beso.
Ellos me hablaban a mí, pero yo ya no estaba. Si yo me iba ellos seguirían con sus vidas. Si yo me iba todos seguiríamos envejeciendo. Si yo me iba ellos sentirían tristeza, desazón, desconsuelo. Luego seguirían.
Paula come con su familia política. Se habla de casamientos, de películas, de vacaciones y de pesca mientras Paula piensa en dejar a Fernando, renunciar al trabajo, abandonar terapia y recluirse en su cuarto, tomando tranquilizantes y fumando cigarrillos negros.
Ya no podía resistirlo. Yo era como un dique rajado que terminaba de romperse. Y el agua que llegaba de todos lados con el único propósito de pasar a través de mí sin que yo quisiera o pudiera parar/a. Sin que el agua tomara conciencia de la existencia del dique.
Paula se excusa de la mesa y camina hacia el baño. Se frena en la sala donde está la biblioteca y el pez. Paula se acerca a la pecera. La mira distraída. Luego al llegar a la otra puerta frena, da vuelta sobre sus pasos y la vuelve a mirar. El pez va y vuelve en esa pequeña pecera ovalada. Paula toma una red y saca el pez. El pez va de la red a la mano de Paula que lo estruja y lo devuelve ya muerto a la pecera donde se hunde hasta quedar entre las piedras. Paula entra al baño, se moja la cara y mirándose al espejo dice:
-Cuando muera, voy a estar muerta por mucho tiempo. Estaré más tiempo muerta de lo que he estado viva. Estaré callada, dormida, relajada. No sentiré nada. No lloraré, no sufriré, no fumaré. Seré una muerta sin nombre, sin hambre, sin sexo, crisis o depresiones. Nada ni nadie perturbará mi muerte, mi descanso.
Paula se vuelve a lavar la cara y sale del baño. Camina hacia la puerta de calle vistiendo un sweater azul, una cruz pequeña y dorada sobre el sweater y una primitiva desnudez desde la cintura hasta los pies.
En el agua algunos nadan, en el agua yo me hundo.