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Bocas de fuego del atardecer
coman de mi sed.
No puedo seguir su luz sin oro.
Yo sigo esperando aquí
el rayo del color.
Bocas de fuego del atardecer
respiren mi candor.
No puedo seguir sus huellas grises.
Yo sigo llorando aquí
las lágrimas del sol.
Desde el centro de mi luna
fluye aire hacia el sinfín.
Pulmones de lata y asfalto
rasgarán su fe al fin.
Un sol inmediato despierta mi ser.
Hoy se apuró el amanecer.
Lágrima de luz, sol de ayer;
resplandor que muere en las hojas
que el pasado fue quemando.
A veces creo ser el rey;
otras, esclavo a tus pies.
En verdad, estoy acoplado
a la realidad de un sueño.
Bocas de fuego del nuevo atardecer
coman de mi sed,
respiren mi candor.
No veo al sol quemar mis ojos.
Esta ciudad va plantando sus luces
sus cruces
Y yo soy parte de la vida:
muerdo mi dolor, respiro mi ilusión.
Algún día me apuraré;
pero primero tengo que escuchar
la voz que llega y da luz
a las almas que pierden su color.
¡Canta esperanza de vivir!
Al final, es la medalla.
Algún día me rebelaré
como un pájaro que no puede cantar.
Chicharras de un mañana que reboza soledad
dentro de un pedazo de dolor.
Esa canción es la esperanza de crecer...
Pero el pájaro está en la jaula.
La noche alumbra al jinete
ladrón de días de libertad.
Viene a cobrar los dolores
que engendramos una vez,
por desteñir los colores.
La sangre que lo sacia
es aire de desolación.
Somos la razón de los dolores
que engendramos una vez,
por desteñir los colores.
Algún día me despertaré.
Pero ¿ este sueño debo aplacar?
Debo crear mi propia usina,
la potencia de mi luz.
¡Ella es la esperanza de vivir!
Al final , es la medalla.
Algún día desgarraré
la desolación de nuestro amor.
La que atasca nuestra fuerza de creer
y así la vida es estupor.
¡La luz es la esperanza de vivir!
Pero el mundo es una jaula.
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Ella nunca es gris
Canción de amor en guardapolvo
Ella está flotando en mí,
abriendo y cerrando puertas.
Riendo y sudada en lágrimas.
Madre de todo eso.
Ella nunca es gris.
Ella siempre es blanca para mí.
Ella está llorando allí
inerte de luz y esperándome.
Aquí, con mi halo
voy tocando su mirada.
Ella siempre fue clara,
nunca la sentí lluvia.
Ella juega en secreto
con unos dados de agua.
Intento rasgar colores,
animarla a estar más cerca.
Ella me mira y me aplasta.
No puedo nunca golpearla.
Ella es mi todo hoy,
es la nariz de mi amor.
Un áurea de luz en mi alma
cerca de estos gajos de la verdad.
Ella comprende que estoy aquí.
Yo comprendo que está allí.
Agua de luz
que reflejas mi piel en el río,
cuéntame hasta dónde
va a llegar el camino.
Puente que escondes
la verdad de nuestro hastío,
cuéntame entonces
si en realidad has cruzado el río
¿Quién llamará a los duendes que se han ido?
¿Y a vos, que nunca te miraste en el río?
Desde la piel
de un color sombrío,
cuéntame hasta donde llegas
cansado río.
© Héctor Simonelli