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Tres años más tarde, y por una de las tantas casualidades (¿?) de la vida, Javier se encontró subiendo las escaleras del colegio que insinuó (para la sociedad) hacerlo crecer. Qué raro fue para él...sintió tantas cosas juntas. Y, como si alguien se lo hubiera preparado, el lugar gozaba de pleno silencio, lo que lo hacía aún más nostálgico. Porque además de ver su historia y sus dramas, escuchaba los ruidos que erosionaron su interior; como un geólogo examina las rocas deformadas por el viento, evaluando de dónde venían aquellos. Qué particular sensación...tenía ganas de sentarse en las escaleras y esperar, simplemente esperar a un timbre, a un grupo de chicos que recrearan la música, a los pensamiento de Dana, a las ideas efímeras de Marcos...esperaba solo. Ahí estaban los pizarrones con sus colores de aviso, con su buena noticia...eran los mismos e incluso se referían a las mismas situaciones; las aulas vacías, limpias y vacías esperando a sus anfitriones más deseados...y limpias porque son (y lo eran) aulas, simplemente por eso, por esa magia que encierra enseñar y aprender...enseñar y aprender, alguna vez X le había hablado de eso, de su reciprocidad. Qué limpio y claro era todo eso...puro.
Y así era, ahora deseaba estar ahí, tal vez sufriendo. Lo prefería, porque desconocía en ese momento la suciedad de la sociedad, la falta de solidaridad y de asperezas que uno debe rozar. Cada vez que conocía a una persona, se llenaba de dudas, le temía. Para qué se acercaban a él, cuánto dinero pensaban sacar a costa de su dulce ingenuidad, ¿estaban esperando su error para castigarlo y poder así descargar cargas remotas de su sucia cabeza?.
Incluso le parecía por momentos que sus ilusiones de adolescente se habían escapado sin cumplirse: el sueño de no entrar a "la maquinaria social"; y se sentía plenamente defraudado a sí mismo. ¿Qué batalla se había desarrollado en su alma?...definitivamente entendió que su alma era sólo eso: un campo de batalla donde infinitos personajes luchaban por sobrevivir, por hacerse valer. Y...¿Quién gobernaba en estos momentos?.
Ahora estaba sin Dana, sin colegio y hasta por un momento se sintió extrañar al mismísimo Marcos. Extrañamente y después de 3 años lo recordó hasta con un poco de tristeza.
¿Qué había pasado ese tiempo?. Exactamente no lo sabía. ¿Cuántos cambios sufrió y, cuántos más debería sufrir a lo largo de su vida?. Más preguntas lo invadían. Era fácil de percibir su cambio: de aquel muchachito de 18 años quedaba muy poco, tal vez algunos retazos de ideal mal acomodado en su cabeza, pedazos de agenda-libro del año 1995 y lo demás era recuerdo, sólo un triste y suave recuerdo.
Algo había ocurrido. Algo imperceptible, sutil y bien hecho. Como caminando en puntas de pie para no despertarlo de ese sueño del que nunca supo cuando entró (como cualquier sueño de la vida). Asaltado y frustrado por los hechos, ahora (en la escalera de su colegio) buscaba explicaciones, hechos que lo internaron en esa oscura y tristemente historia repetida del ser.
Me voy se dijo a sí mismo.
Por enésima vez salió del colegio (sin uniforme, sin libros ni carpetas) y lo miró largamente.
Tal vez nunca más volvería allí, excepto una casualidad de la vida.
© Fernando Ariel Seoane