Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Hambre

Circulares, mis venas desovan en un balcón que busca aplastar la luna para que no le encandile el sueño. Arriba arden las estrellas, pequeñísimos piojos brillantes que han trepado bien alto para evitar ser presas de mi hambre.

Esta noche me he visto obligado a alejarme de los niños, de las máquinas de escribir, de las piernas de las adolescentes. He debido abstenerme de masticar a mis congéneres y a la ternura que hay en las sonrisas de las mujeres que acaban de llorar. Esta noche mi hambre es constante e infinita.

He querido la cuadratura de mis potros, de mis jaurías repletas de martillos, pero sólo obtuve orquestas de borrachos solitarios y desafinados. Dispuse escaleras de piedra para llegar hasta las espaldas del cielo. Al menos creía que eran de poderosa piedra hasta que, confiadas del artilugio de la resistencia, una manada de mis mejores trapecistas perdió la vida definitivamente al derrumbarse los escalones. El silencio fue inexpugnable. Entonces debí calmar mi hambre infiriendo escarabajos, algún que otro roedor que quedaba en mis axilas, babosas que se me trepaban a la cabelleras, cosas que se desprendían de mis saltos. Incluso he comido a Dios que, por supuesto, alimenta mucho menos.

Mi hambre me sobrepasa el cuerpo, me sobrepasa la extensión de mis méritos (tan infames). Tragaría el universo de una dentellada y aún me quedaría hambre de razones posteriores, de sentidos escondidos detrás de lo presentado. No quiero comer de los almanaques ya pasados. No, gracias, de esos tengo suficiente y siempre me indigestan.

Soy, entre los tantos que me forman, aquel que comió de un fruto y se sintió desnudo y lo echaron de la casa por reclamar la paga para comprarse ropa. Soy ese que lloró, no porque lo echaran, sino porque para siempre tendría hambre. Se trató, acaso, del primer adicto.

Ando siempre al borde de las demostraciones, sin que se cumplan nunca. A veces pienso que el silencio siempre es lo más cercano a la verdad. Y entonces me doy cuenta que ya no soy un hombre con hambre sino que soy el hambre que carga a un hombre. Es allí que debo comer de mi propia carne para no dejar de reconocerme, porque mis retratos nunca se terminan. También como de la carne de otros cuerpos, para comprobar que aún no he muerto del todo, para olvidarme de ciertos dolores.

Ahora dejo la boca abierta, por si acaso la noche decide rascarse la cabeza.

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El espejo

La noche anterior tuvo un sueño en el que un hombre saca un enorme cuchillo de su boca y cortaba una serie de manzanas puestas en hilera sobre una mesa de mármol donde había inscripciones antiquísimas. Antes de llegar a cortar la última, el hombre del cuchillo cayó pesadamente al suelo, muerto, desangrado de múltiples cortes. Las manzanas sobre la mesa lucían enteras, intactas, relucientes, imperturbables.

Luego de ese sueño se dio cuenta que esperaba lo que ocurriría esa tarde. No le asombró cuando desde el espejo del pesado armario, otro igual a él bajó y fue a sentarse en uno de los sillones, con un gesto descarado y lleno de naturalidad.

Sin mayores preámbulos y demoras, el recién llegado preguntó si acaso ambos realmente se parecían tanto como para dar lugar a las perpetuas revisaciones de la mañana, el empeño que ponían en las casas de ropa para ocultar cualquier diferencia.

-Un hombre y su reflejo se parecen tanto entre sí como el dibujo de la lluvia y esa misma lluvia cayendo sobre un dibujo. –fue la contestación.

La respuesta dio pretexto a que ambos se preguntaran cuán era el lugar que cada uno ocupaba en ese momento. Difícil era saberlo. Coincidieron en que es imposible saber, sólo se puede conversar. La búsqueda de la verdad es un oficio sobrehumano. Cada uno era toda la realidad de la existencia y el contraejemplo de la otra. Ambos pensaban que el mundo es una espantosa multitud de seres en blanco, seres que uno mira para inventarlos y quitarse el horror al vacío. Cada uno sintió haber caído en una inmensa telaraña.

Las preguntas parecieron más o menos inocentes hasta que el visitante recordó otros relojes, otras promesas. Mostró algo de dudosa estirpe, lo cual agitó con la certeza con que se agita un documento. El otro pensó que se trataba de una broma. La ira de quien había dejado de ser un reflejo hizo su profunda marca sobre uno de los almohadones del sillón.

-Stultorum infinitus est numeros –dijo el airado visitante, recordando una de las primeras frases que aprendió en latín y que tan bien venía a la ocasión. Fue una provocación, un intento para que la toda calma fuera perdida para siempre. Después se levantó, pretendió avanzar sobre el dueño de la imagen, pero se detuvo. Volvió sobre sus pasos y se internó sobre el espejo que vibró como un lago vertical.

El suceso pareció concluido, pero el hombre que había tenido un sueño sabía que no era así. Al rato su imagen salió nuevamente del espejo. Esta vez los gestos de su cara tenían una dureza insoportable.

-Me niego a ser la imagen de algo como vos.

Después de decir esto, sacó un arma y disparó. El hombre que recibía la bala se alegró de que algo suyo aún tuviera valor para hacer una cosa así.

Todos pensaron que se trató de un suicidio. Detrás del espejo algo daba enormes carcajadas que ya nadie podía escuchar.

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La sombra

El hombre del sobretodo gris entró al bar que olía a cerveza y aceite rancio. En medio de una madrugada desolada y pegajosa, una radio insomne, como si fuera un faro sonoro, derramaba un tango sin encanto. El hombre del sobretodo gris se dirigió hasta el teléfono público junto al cual había un cartel publicitario, ennegrecido por las continuas caricias del humo y la grasa. Allí había, escritos en desorden, una babel de números telefónicos y nombres, señales de náufragos que reclamaban conspiradores. Mientras aparentaba esperar una contestación a los números que había discado, sacó un bolígrafo y anotó su número, por si acaso una mujer se moría bellamente de deseo o alguien necesitaba que otro alguien le escuchara algún insulto.

Después, el hombre del sobretodo gris fue a sentarse a una de las mesas. Pidió una bebida sin alcohol. Tenía un gesto pensativo y vacilante. Miró su reloj varias veces, como quien no sabe qué hacer con su mirada mientras espera. Cuando terminó de ver un hombre entró y se sentó en su mesa, frente a él. El sujeto que recién había entrado traía la ropa llena de polvo. Se podía ver en su cara que o había dormido durante varios días.

-Volví –dijo lacónicamente el recién el recién llegado luego de sentarse.
-¿Y de dónde es que vienes esta vez?
-Vuelvo de la guerra, de una guerra que no era mía.
-¿Y a qué fuiste, entonces?
-Fui a comer, a traer comida para mis hijos.

Tras decir esto el hombre de las ropas llenas de polvo metió su brazo en un morral que colgaba de su hombro. Sacó un puñado de caracoles, algunos todavía vivos, y se los mostró al otro. Después abrió la boca y lo metió dentro. A medida que avanzaba el número de sus dentelladas se hacían mayores los estallidos de los caparazones, destrozados por la presión de sus dientes.

-¿Y mi sombra? ¿Qué pasó con mi sombra? –interrogó el hombre del sobretodo gris.
-No sé. Salí a buscarla, pero después no me importó. Supongo que a esta hora estará muerta, o le habrá pasado algo peor.
-Eres un mal hermano, ¿sabes? –dijo el hombre del sobretodo gris casi llorando, lo cual aumentaba su parecido con el otro hombre. Sintió que el mundo podría haber sido un lugar maravilloso, si no fuera porque existía y porque él mismo era un ser real, durante todo el tiempo.
-Era tu sombra, no la mía. Te hubieras ocupado como debías. Tendrás que aprender a andar solo y desnudo, como todos. Ahora me voy. No te preocupes. La inocencia no existe, así que no perdiste nada.

Para cuando el hombre de las ropas polvorientas salió del lugar el rostro del hombre del sobretodo gris se había convertido en un desgastado trozo de papel. El alma le ardía como una pesadilla encerrada en un hueso. Quiso llorar, pero sus ojos de papel no le sirvieron para nada.

© Gonzalo Hernández Sanjorge