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Estaba decidido; absolutamente decidido, como quien sabe que perderlo todo ya no significa perder nada más. Sólo yo podía hacerlo. Esa sensación de poder, al contrario de lo esperado, me hizo sentir infinitamente diminuto, frágil, efímero. Sentí que todo en el universo me delataba, que cada cosa en el mundo se enteraría de mi propósito y me detendría de una manera definitiva y letal.
No fue sencillo regresar. Había olvidado muchas cosas, las que sólo pude recordar lenta y trabajosamente. Podría decir también que penosamente. Pero en verdad no sentía pena, sino cansancio, la desesperación de quien cumple de manera fiel con su tarea aún sabiendo que nunca podrá llevarla a cabo.
El despliegue de mi memoria era el despliegue de la memoria de cada partícula que existía. Volví sobre mis formas. Volví con asombro, como si asistiera a la develación de algo que presentía oscuramente, como se tiene el sentimiento informe de una verdad que se sabe sin ser tener plena conciencia. Volví. Retomé el anciano curso de lo que está dispuesto y de no que no puede siquiera ser previsto. Recuperé la fugacidad de toda la eternidad.
Recompuse un mundo que ya no le pertenecía a nadie y que sin embargo lo contenía todo. Retorné a la vida en la que se funda toda la vida. Me aventuré, también, más allá de lo que no puede ser tocado ni por el cuerpo ni por la idea. Sentí el vértigo de lo que se ofrece confusamente al deseo de ser algo.
Busqué entonces los signos. Lo busqué en mí y en todo, que éramos lo mismo. En ese punto la distinción era una osadía incalificable. Y sin embargo había algo que se resistía a ser asimilado. ¿Era acaso mi cansancio? ¿O mi odio? ¿O yo que hurgaba preguntando por mi? No lo supe entonces ni lo se ahora. Simplemente proseguí sin dudar ni por un instante.
Después del inmenso despliegue de las formas, de la incontrolable procesión de similitudes y diferencias que se desplegaron como piezas invisibles de un rompecabezas cuyo sentido sólo se puede ver desde una distancia desde la cual el rompecabezas no puede armarse, después de todas esas múltiples apariencias, los signos verdaderos me parecían excesivamente pocos. Me di cuenta que nunca había comprendido cabalmente cuán simple era todo. Una maravilla simple e innecesaria.
Toqué los signos durante un instante. Pensé nuevamente que algo en el universo, que el universo entero me iba a detener. Entonces me di cuentea que eso era imposible. Yo estaba tocando los signos. Sólo yo hubiera podido impedirme tocarlos. ¿Hubiera podido? ¿Hubiera podido dejar de ser lo que era? Supe entonces que estaba insoportablemente sólo. Hice lo que había ido a hacer. Borré con mi mano los signos que yo escribí alguna vez antes de todos los tiempos. Sentí un clamor inmenso. Sentí que la luz estaba a punto de estallar. Entonces cerré los ojos para no ver cómo la luz se hacía añicos contra la soledad de las cosas.
-Esperar, esperar. Parece que no hubiera nada más para hacer en esta vida que esperar.
Lo dije en voz alta porque estaba solo. No hubiera podido admitirlo delante de los demás. No hubiera querido hacerlo nunca. Cuando estábamos en grupo preferíamos reírnos a carcajadas, beber, insultar. No podíamos soportar el silencio de esas noches. Para mirar de frente ese silencio se requería demasiada valentía. Para permanecer impasible en medio de ese silencio se hubiera necesitado ser un Dios.
Teníamos miedo. La noche transcurría como un signo oscuro, como la respiración de un animal con el que poco a poco, a partir de un contacto diario e intenso, perdemos toda noción de distancia y diferencia. Y sin embargo durante esas noches sentíamos que estábamos vivos. Al menos durante esas noches sí, mientras duraba la tensión de los músculos y esperábamos que de un momento a otro alguno nosotros cayera muerto, tieso como un tronco o una de las alimañas que cazábamos para comer algo diferente.
-Se que será esta noche.
Me encontré pronunciando esa frase como si me quisiera acostumbrar a la idea de que seguramente moriríamos sin haber regresado nunca. Después de tantos años conviviendo con las piedras, con la arena, con las escandalosas putas que venían en un astroso carromato, no sabíamos sino comportarnos de una manera que hubiera espantado al asesino más inhumano.
Temíamos a la noche. Temíamos a la traición. Temíamos a la verdad. Y sin embargo ansiábamos que lo que sabíamos que iba a ocurrir ocurriera de una vez. Habíamos llegado a un punto en que no concebíamos otra forma de comprobar que estábamos vivos que matando a otro.
Yo estaba seguro que el traidor era el viejo cocinero. Un par de los hombres de nuestra tropa lo habían violado. Nosotros dejamos que eso ocurriera para tener luego a alguien a quien fusilar. El lo sabía. A veces, cuando lograba mirarlo sólo a él, cuando lograba concentrar mi atención en él y nada más que en él, me era evidente que era un traidor. Sin embargo, las más de las veces tenía la habilidad para pasar desapercibido y no parecía más que un obre tipo cualquiera. Yo sabía que lo hacía para conspirar mejor. Me juré que cuando comenzara la balacera y quisieran tomar el fuerte le dispararía en medio de la cabeza. De esa manera haría justicia y mi asesinato pasaría desapercibido.
Así esperé noche tras noche a que pasara eso, repitiendo mentalmente los movimientos necesarios para llegar pronto a la cocina y matarlo lo más rápido posible. Esperaba deseando que la noche no terminara jamás. Pero nunca ocurrió nada.
Recuerdo que me había quedado despierto hasta muy tarde. Era verano, o por lo menos hacía el suficiente calor para estar con la ventana abierta. La noche era azul y Ema dormía, semidesnuda, en la penumbra que le llegaba desde la lámpara que yo había encendido para leer. Supongo que excepto Adalberto, el panadero, y Eustaquio, que gustaba de darle de comer a sus cerdos durante la madrugada porque decía que así crecían más grandes y la carne tenía mejor sabor, todos los demás en el pueblo estarían durmiendo.
Sentí ganas de salir a caminar en medio de una noche así. Por pereza, me contenté con sacar la cabeza por la ventana y mirar la noche donde las nubes permanecían quietas, entorpeciendo a la luna. Recordé ciertas obligaciones que debía cumplir por la mañana y decidí acostarme.
Estaba colgando en el respaldo de una silla la camisa que recién me había quitado cuando lo escuché. Primero fue un sonido opaco, como un trueno ahogado y a la vez multiplicado. Era como el chasquido en el aire de una enorme piedra cayendo. Luego sobrevino un estruendo monstruoso. Fue como si la tierra hubiera sido partida al medio de un tajo; como si la tierra hubiera estado dormida y despertara bramando, con el vientre abierto de un tajo.
Las paredes se movieron en un desusado vaivén, como si fueran de papel o de tela y estuvieran sopladas por el viento. La luz se desvaneció un instante y creí que todo se vendría abajo. Atiné a tomar a Ema de un brazo y la saqué fuera de la casa. Cuando salimos ella aún estaba asombrada y semidormida.
En la calle había un ensordecedor enjambre de seres que caminaban apenas vestidos ridículos y sin que hubiera tiempo para notarlo-, manoteando, vociferando, corriendo de aquí para allá, preocupándose por saber si algún ser querido había sido lastimado o muerto. A medida que los ojos se acostumbraban al caos, comenzaron a aparecer los escombros, las llamaradas, la desgracia. Había gente desolada que lo había perdido todo.
Los pocos que tenían tiempo para hablar sobre las posibles causas de lo ocurrido no se ponían de acuerdo. Unos pensaban en un sismo, otros preferían pensar que había sido seguramente un enorme meteorito que había caído en el valle. Aunque no se había visto ningún brillo que delatara ese hecho, un puñado de curiosos decidimos bajar hasta el valle.
Cuando llegamos, aparecieron también las primeras luces del alba. Entonces, ante nuestro asombro, vimos un desmesurado cuerpo diríamos que humano- tendido boca arriba, un enorme gigante, muerto, -con esa forma grotesca que tienen los cuerpos de los muertos que han caído de una gran altura- ocupando toda la inmensidad del valle.
(Estos relatos pertenecen al libro inédito "Historias de los perseguidores")
© Gonzalo Hernández Sanjorge