Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El amante

Nunca antes una mujer me había llamado tanto la atención. Pretendí que no era cierto, pero antes de que me diera cuenta me encontré regresando sobre mis pasos hasta que estuve de nuevo frente a ella. Había algo en su rostro, algo que me sedujo, algo como el silencioso reflejo de una pena. No supe por qué se encontraba allí. No anduve hurgando en su interior para saber razones.

Sin poder resistir el trazo suave con que dejaba que el frío le ganara el cuerpo, la subí a mi auto. Nos dirigimos rumbo a mi casa y durante el trayecto su peso se recostó contra mi hombro.

Sus ojos color miel permanecieron fijos en algún lugar del techo mientras preparé la cena. Le conté del barrio donde nací, de mis estudios –tan inútiles como mis sueños- y también de mi gusto por coleccionar latas de cerveza. Le mostré mi última adquisición: un envase traído del Asia. Le conté los detalles con tanto entusiasmo que hice variados ademanes hasta que mis dedos le acariciaron el rostro y le obligaron una sonrisa.

Cautivo de sus labios, la besé. Apreté su cuerpo contra el mío hasta que sus pezones endurecidos se clavaron en mi pecho. Terminé haciéndole el amor furiosamente, como un lobo encadenado y sin consuelo.

A la madrugada, ellos nos interrumpieron el descanso. Fue horrible. Los policías patearon la puerta y traían sus armas en la mano. Quise detenerlos pero era tarde. Sabían mi nombre y al parecer alguien me había visto cuando la subí a ella al auto. Me tiraron al suelo y me amenazaron. Afirmaron que ella estaba muerta. La miré nuevamente y volví a sentir que era bella como un ángel.

-Los ángeles no mueren, sólo duermen profundamente –grité entristecido, sabiendo que no entenderían.

Cuando tomaron su cuerpo para subirlo a una ambulancia me alteré y me golpearon.

Han pasado los años y no la olvido. No puedo entender qué pasó. Era la primera vez que me ocurría una cosa así en todos los años que trabajé en la morgue.

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La culpa

Paseó su frente entreabriendo el aire humeante de las calles. Pensó que esa grafía desprolija y taciturna era el laberinto que el Minotauro necesitaba para su victoria. Cada piedra, cada bocacalle le era extraña. Todo era una botella sin mensaje.

Le pesaban los pies, los mismos con los que había sorteado perros, escaleras, puteadas inútiles, hasta llegar a esa ciudad. A los huesos les pesaba el polvo, la humedad de las noches que no lograba desprender de las gastadas ropas.

Encontró en una pared una huella anaranjada: letras pintadas desprolijamente que llamaban a un amor perdido. Recordó entonces a Charlie Parker y cómo le dolían los días cada vez que pretendía trepar a los sonidos de un saxo. Recordó también un blues más triste que un pájaro atravesado por alfileres.

Tanteó en sus bolsillos. Fue un gesto innecesario porque bien sabía que no le quedaba dinero. Los últimos billetes arrugados se habían ido entre las piernas de una mujer obesa que olía a alcohol y pastillas de menta. El estómago comenzaba a arderle.

Pensó de nuevo en aquél auto que aquella tarde había hecho de su hermano un adolescente muerto. Una vez más le sonaron las risas de su hermano que no quería jugarle esa carrera de bicicletas. Pero había insistido una y otra vez con bromas obscenas hasta que logró que se le sumara al desafío comenzara a pedalear velozmente. Después todo terminaría en esa horrible foto que publicaron los periódicos.

Hacía tres días y tres noches que su cuerpo se hamacaba sin rumbo. Supo que no habría resurrección alguna. No era hijo de Dios y eso para él quedaba claro. Entonces se prometió que pagaría su culpa. De no se sabe dónde tomó una barra de metal con la que mató a una mujer. Se aseguró que hubiera testigos en una esquina y detrás de un par de vidrieras. Después se metió en un cine cercano, a esperar que llegara la policía.

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La última puerta

Resucitaste de pronto tu sonrisa haciéndola estallar entre mis costillas, mientras me arrinconabas con los restos de un recuerdo. Yo sabía que eran deshechos sin poleas ni lunas llenas, pero tu seno me tentó como una fruta colmada de rocío.

La radio decía no sé qué cosa de no sé qué guerra, puesto que todas las guerras se parecen y uno termina siempre por acostumbrarse a la muerte ajena; incluso a la propia, que nunca importa lo suficiente. Pretendí quitarme el cansancio de los huesos concediéndome la tregua de tu cuerpo.

En los aljibes de tu espalda bebí un pálido sollozo, algo como el descanso de una escalera. En tu mejilla se entretejía el silencio con la terrible insinuación de un afecto ya pasado que se empecinaba en retomar su historia. Prefería que dedicaras tu boca a mi sexo, como forma de entorpecerte el habla.

Por un momento miré el rectángulo de vidrio donde tus pececitos de colores paseaban su muda indolencia. Ellos navegaban como submarinos entre paredes transparentes. Pensé en nosotros entre paredes de cemento. Se me ocurrió que el universo era como esas muñecas que habitan una dentro de otra. Lo recuerdo bien porque me pediste que te hiciera un poema de amor y entonces mi espanto fue doble. Adoro los perros que no vienen a olisquearme, los paraguas que logran soportar el viento, las amantes que no necesitan ninguna prótesis para el corazón. Quise llorar porque me sentí triste, como un gato desheredado de sus ojos.

Anduve de múltiples maneras en tus cavidades, tratando de olvidarme del acento de los relojes. Pretendí disuadirte de tu sueño, de mi pesadilla.

-Dios me hizo más cercano a las ojeras que al amor –te dije.

Pero no entendiste nada; seguro que no entendiste porque continuaste insistiendo en que me amabas, en que necesitabas que yo te hiciera confesiones similares. Yo me negué a mentir para masturbarte el alma.

Cuando te tomé el pulso, latías como de costumbre; pero yo me fui, como si estuvieras muerta.

© Gonzalo Hernández Sanjorge