Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El imposible lugar de la inocencia

La muchacha se despertó de pronto, sobresaltada por una llovizna diminuta. Se incorporó. A unos metros suyos, boca abajo, permanecía el cuerpo sin vida del hombre. Tenía todavía los pantalones a medio bajar. Había algunas moscas en la cabeza, sobre la herida roja que ella le abriera con un palo.

Se llevó una mano a los senos. Le dio tranquilidad saber que el dinero aún estaba allí. Miró por un instante al horizonte. Atardecía y a pesar de todo el mundo podía ser un lugar bello. De pronto escuchó el opaco rumor de los aviones. Los buscó en el cielo pero no los encontró. Recordó a su pequeña hermana y echó a correr por sobre la alta hierba.

¿Tan lejos había ido que corría y corría y tardaba tanto en llegar hasta la iglesia? No, tal vez era la ansiedad, tal vez era el ruido de esos aviones lo que alteraba ahora las distancias. Hubiera deseado que su hermana no los escuchara.

La iglesia, o lo que quedaba de ella, estaba abandonada. La mitad oeste no era más que una masa de escombros causados por las explosiones. El resto se mantenía dificultosamente en pie. Cuando por fin llegó, subió a toda prisa por una escalera de metal. Atravesó un hueco donde antes hubo unas enormes puertas de cedro y tras correr unas maderas subió por otra escalera, esta vez de madera, mucho más precaria que la anterior.

Casi no había luz allí dentro. ¿Se habría consumido ya el trozo de vela que habían encontrado junto a un cáliz aplastado por la caída de un trozo de techo? ¿Alguien habría encontrado a su hermana? La llamó en voz baja mientras se adentraba en esa habitación llena de suciedad y polvillo. Nadie contestaba y eso la inquietó. Elevó un poco más el tono de la voz.

-Acá estoy –dijo detrás suyo una voz diminuta.

La muchacha giró sobre sus talones y vio a la pequeña niña que se desperezaba y bostezaba en un sillón. Abrió sus brazos y la sombra pequeñita corrió a abrazarla.

-El camino que nos queda todavía es largo. ¿Descansaste como te dije?
-Sí -contestó la niña, que veía abrirse delante suyo una noche inmensa. Temía que sus pies no fueran a resistir.
-Vamos. Cuanto antes nos pongamos en marcha mejor. Toma esto –le dijo la muchacha y le puso en la mano el último trozo de chocolate que tenían.

Mientras se alejaban de la iglesia se escucharon las primeras explosiones. La niña se estremeció. Hubiera querido que su hermana mayor no se diera cuenta, hubiera deseado ser tan valiente como ella.

-No tienes de qué preocuparte. Sólo tenemos que caminar. Tranquilízate, tengo el dinero.
-¿Lograste hablar con él?
-Sí.
-¿Pudiste convencerlo?
-Mejor que eso, lo maté.
-¿Cómo fue? –preguntó la niña, a quien no le pareció extraño que ocurriera lo que había estado imaginando en la soledad de la iglesia derruida hasta antes de quedarse dormida.
-No importa. Ocúpate de las cosas que son para los niños.

El ruido de los bombardeos la hicieron sentir ridícula. Luego de tanta muerte la inocencia era un lugar imposible.

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¿Qué clase de amor era el tuyo?

Quisiera olvidar sus palabras, acostumbrarme a que no eran más que eso: palabras, juegos del aire. Pero no puedo dejar de pensar en lo que María Elena solía decirme cuando estábamos a solas, luego de hacer el amor, ella descansando entre mis brazos, tibia y húmeda como un mar de flores amarillas:

-Te amo. Te amo de una manera transparente, como si nosotros hubiéramos inventado el amor. Mientras tú me ames yo haré de la vida un lugar para amarte y estaré junto a ti. Y aún si no me amas, te amaría igual. Este amor que siento por ti me hace capaz de vencer cualquier cosa, porque no deseo sino estar viva para amarte. Algún día Dios sentirá envidia de cómo te amo.

El día que le dije a mi madre, entre tazas de té y rodajas de pan casero con manteca y mermelada de higo, que estaba decidido a casarme con María Elena, se puso muy mal. El corazón pareció acelerársele hasta lo imposible. Respiraba mal, se ahogaba. Nunca la había visto así. Temí que se muriera. Me dijo que no le parecía justo que después de cuarenta años de haberme educado, de haberme dado todo, de haberme cuidado como a un ángel, yo decidiera darle mi amor a una desconocida que quien sabe si me amaba lo suficiente. Le respondí que hacía ya tres años que conocía a María Elena y traté de mostrarle que ella realmente me amaba. Mi madre argumentó que tres años no eran nada contra todo el tiempo que ella había estado al lado mío, haciendo siempre de madre y de padre para mí.

Supongo que tenía razón. Llegué a pensar que era un traidor, un mal hijo. Pero no podía dejar de sentir que mi destino estaba junto a María Elena. Lo había sentido así desde la primera vez que entré a una tienda para comprar un hilo azul y ella me atendió con esos ojos brillantes e inquietos y esa sonrisa deliciosa que siempre tuvo. Así fue como después –hasta que luego de meses de juntar valor y desesperación la esperé a la salida del trabajo para invitarla a tomar un café- volví una y otra vez a comprar cosas innecesarias que escondía debajo de las tablas del piso de mi cama. No me atrevía a dárselas a mi madre porque me regañaría por malgastar el dinero. Tampoco me atrevía a tirarlas porque eran cosas que habían sido tocadas por sus manos. A veces sacaba un alfiler o un elástico y me los pegaba con cinta adhesiva debajo de la ropa, para sentir que la tenía cerca de mí. El día que le hice a mi madre la confesión de que uniría mi vida a la de María Elena, llevaba un botón naranja pegado sobre uno de mis brazos.

Mi madre no quería entender razones. Al final, ya convencida de lo irreversible de mi decisión, me pidió que invitara a cenar a María Elena y si ella comprobaba que el amor de esa muchacha era tan fuerte como decía, entonces ella no se opondría. Acepté. En primer lugar porque a María Elena le encantaba cómo cocinaba mi madre. En segundo lugar, porque para quien observara a María Elena, para quien la escuchara, era imposible no darse cuenta que realmente me amaba con un amor a toda prueba.

Esa noche, tras un breve aperitivo, mi madre sirvió una sopa de queso roquefort y cebolla, que era mi preferida. El plato principal era uno a base de papa, queso, nueces y damascos, que era el preferido de María Elena. La sopa estaba deliciosa. A María Elena también le pareció lo mismo. Pero a la tercer cucharada su cabeza cayó sobre el plato, salpicando todo a su alrededor. Me asusté. Miré a mi madre y se sonreía con esa sonrisa que tenía para decir, sin hablar, que ella tenía la razón. Levanté la cabeza de María Elena y me di cuenta que pesaba mucho. Miré nuevamente a mi madre y continuaba sonriendo. Dejé la cara de María Elena entre la sopa. Le toqué el cuello buscándole algún latido, pero era obvio que estaba muerta.

Me molesta tener que admitirlo, pero mi madre tenía razón. El amor que María Elena tenía por mí no era tan fuerte como decía. Ni siquiera le sirvió para soportar un poco de veneno en la sopa.

© Gonzalo Hernández Sanjorge
(Estos relatos pertenecen al libro inédito "Confesiones de los perseguidores")