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 Despertaba
en su playa
Despertaba en una playa y la ignominiosa soledad perpetuaba la imagen solar diversificada por las nubes grotescas y amenazadoras. Toma su espada y la blande, dejando así brotar espumante el fuego de sus latidos. Bruma espesa de mares, se ceñía justamente sobre la sombría figura recortada contra el muro. Y así pasarían los días. Cruel atardecer de aves mortecinas oprimía su vientre. El viento y la mano en el brazo, el cálido adiós. Superar la prueba. La playa despertaba en él, el sol blandiendo su espada, latidos de las nubes... Y comenzó a llover.
 La furia del cordero
Entonces bravas fieras surgían desde el llano acometiendo feroces sobre mí. Y las nubes oscuras sobre cielos de penumbra daban marco a la llaga que sobre el pecho ceñía un llanto de odios clamorosos. Pálidas estrellas, y la cálida brisa del verano subyugan ánimos oscilantes y presagian la venida del otoño. El otoño de las almas, ante el crepúsculo irremediable. Fortalezcan a las fieras. Denle la calma del triunfo que ya sobreviene la tormenta... Tormenta hazaña del inerte, que fluye con bramido pavoroso y todo lo desborda. Témanle y supliquen, pues los estigmas serán memorables. Recen sus plegarias: la furia del cordero no tiene piedad, no respeta el llanto, no teme a océanos de sangre, no reconoce credos, no dejará a su paso más que un vil, sublime... reflejo de su alma. |
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