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Una tarde, una mañana, no sé, tu imagen resbaló
puro destierro para mis carcomidos miembros
un agónico paso que me cuesta dar.
Todo gira, más masa, más lucha,
por ti el orden se desordena,
el agua da sed,
el mundo se ha vuelto extraño.
Es hermoso mirar y verte fijo,
expuesto a los demás y, en cambio, mío
aunque no lo seas, es una forma de hablar.
Da calor mi apasionada dicha,
una fuerza asesina que me clava al suelo
inmoviliza mi voluntad
hasta que tú te vuelves y estás cerca
tus ojos intensos clavados a mis huecos y sé que no tropezaré.
No me digas por qué lo sé, pero lo sé.
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Si la perfección tuviera un don
Si la perfección tuviera un don
sería el de la elocuente belleza,
esa sutil y cimbreante escapada
de los que ven con la mirada del alma.
Así te miro cada día
espejando cada rincón que me cobija.
Silencioso y sonriente
avanzas entre mis miles congojas
aposentándote en cada recoveco
dando luz a mis oscuros
escalando mi piel entre las horas que preceden al mediodía.
Me quedo boquiabierta
embelesada, absorta
separada por milímetros de tu boca
y por decenas de miradas de tu certeza.
Si la fuerza que poseo fuera suficiente,
si la fe que me suspira al oido pudiera contenerme, sosegarme
para que emergieras denso como las loas espumosas de los griegos
con la sal pegada a tu sangre dulce
con esa mirada que, a veces, ha sido mía.
La vuelta al mundo sestea,
el tiempo se detiene ante el ansia mía
la vida discurre diletante
mientras, mi memoria se llena de tu espera.
Hasta mañana, un buen comienzo hacia el silencio.
© Samuel Folgueral Fernández