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Pasión, pasión, la antesala del ruido
habla y tu solo instante se hará mañana.
Siempre colgando me quedo al lado del sol
sola en la soledad invisible que más aprieta.
En los agostados campos, escasos vellos,
en la nítida presencia, en la escarpada agonía,
en el instinto obsesivo, en la acallada melancolía,
recorro paso a paso uno y todo de tu cuerpo.
Aprendido de memoria, acariciado sin descanso, me duelen las yemas de los dedos, amado sin rozarte, voy hormiga, voy lloviendo ganas.
Y mi mano te roza descuidada, mi vida se prende en tu solapa.
Acalla mi tormento en este sinsabido deleite.
Oh!, mi doblez, la descarga musculosa del deseo hecho pálpito.
Tanto tengo que atrapar en la oscura senda de mis venas,
tanto, que más me duele cuanto más me quema.
Lucero del mar que agita sus olas, así iluminas la pobre sombra que camino cansinamente.
En tu nombre se acallan las doctrinas,
en tu son millares de cítaras suenan boquiabiertas.
Siemprevivas, madreselvas, lirios,
una fragancia infinita me despierta
y en tu boca presiento la humedad del frescor inmaculado de los brezos
y aspiro entrecerrando la mirada su aroma.
Es como una fotografía, la podré volver a ver cuando quiera.
Ojalá pueda sentirlo como aquel día.
Quiero sencillamente esperarte,
mientras discurre el invierno
y las aldeas se descongelan al ritmo solar.
Quiero entreabrir los brazos
en acogida suave para recibir cada instante en que te observo.
Quiero contemplarte
con asombro y condensado deleite
mientras las sábanas acogen tu cuerpo y mi alma tus temores.
Por todo lo que te quiero
presupongo que empiezo a necesitarte.
Como quien crece a la luz de su prestancia
tejes tú esa minúscula intimidad celosamente envuelta,
sujetada con lazos rojos y brillantes como tus ojos asombrados.
Y una enfebrecida legión de deseos me posee
me desnuda, me lamenta en un tono ocre.
Vana ansia en la que cifro esperanzas
va engordando a la espera de no lo sé.
He perdido la razón, víctima o verdugo de mi propio desvarío.
Oh! fulgor que me deslumbra
mundo cruel, escurridizo
que opera en mí experimentos más crueles
soy el lamento sordo de todo lo que siento.
Soy la cobardía hedionda de la pérdida imposible,
solo humo que se escapa por tus ojos.
Aparta de mí este cáliz, me digo
mientras apuro su contenido envenenando mis pensamientos
que te obedecen sin reproche.
¡Qué mejor dicha que pertenecerte aún en la nada!
© Samuel Folgueral Fernández