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Hoy he vivido cien vidas,
he apretado tu nombre contra mi pecho
la mirada arrobada hacia el infinito horizonte.
Hoy todo me ha parecido extraordinario,
las señoras me miraban y sonreían
el barrio, mi barrio se apretó de entusiasmo
todo se inundó de tí.
Hoy, que el hambre acecha escondida en los portales
que la vida no es ni siquiera cotidiana,
has llenado mi alma de conffetti y globos de colores
y me siento extraña porque soy feliz.
Caían hojas de los árboles
desde la ventana grande se podían contemplar en su giro casi estático
hasta llegar al suelo.
En el interior de la casa había dos personas recién conocidas
ajenas a lo que ocurría afuera,
aunque ambos estuvieran con los ojos entornados al paisaje.
Estaban intercambiando imágenes, miradas tímidas
todas las migas que van marcando el camino hacia ellos mismos.
Poniendo señales de pasen, de stop
sólo es cuestión de paciencia aunque debe haber algo más.
Vi caer la tarde en mi sola estancia
tu recuerdo sustentando mi ánimo.
Las gotas de rocío se licuaban despacio
mientras recordaba nítidamente cada milímetro de tu piel.
¿Por qué no matas de una vez el desaliento?
Quiero morir entre tus brazos
y renacer cuando el amanecer se refleje en tu pelo indómito.
Sé reconocer cada palmo de tu aliento
y si entre miles de otros te escondieras
tu sombra se recortaría altanera en mis ojos
porque si algo sé cierto, es que te quiero.
Pero, ¡cuánto dolor me causas en tu indolencia!
Sólo puedo resistir desde ti aunque a golpes quebrantaras el día.
Arrasa mis adentros, muéreme pero háblame, te lo ruego.
© Samuel Folgueral Fernández