Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Amarilleaban los contornos de unas fotos

Amarilleaban los contornos de unas fotos
tras un cristal de metacrilato.
El día era gris
la vida ya no era ese refugio que encendía luces para espantar a los fantasmas.
No tenía recuerdos nítidos de su niñez
más bien un dolor apagado.
Ella arqueaba las cejas y subía los hombros
pero, ¿quién carajo ha montado todo este tinglado?
Apenas tenía treinta años
no tenía ocupación ni casa propia.
Poca claridad para un presente cargado de incertidumbres.
Todo tiene un origen
y aunque las cosas son siempre menos importantes una vez que han pasado,
se acumulan, lo dejan todo espeso, vacío y extraño.
No ve su futuro por ningún sitio
ni le motiva la idea de sucumbir a la facilidad de un esponsal.
Presa fácil de las pasiones.
Hay seres humanos portadores de un magnetismo singular
que te noquea a la primera mirada.
Así es ella, aunque no sepa cómo poder ayudarla
aunque sepa muy bien por qué ha llegado hasta aquí.

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En las horas del destierro

Silencio espeso, tupido como una selva tropical.
mis ojos se pasean en él
extraviados en tanta culpa inútil.
Descanso mi ansia en noches de vasos llenos y vacíos,
noches de espantos y desconocidos
paseando mi apagón por brazos estériles, inapropiados.
Cuántas veces antes de ahora me he dicho,
lo único que te salvará será el olvido
ese que trepa como la humedad,
que convierte en verde la piedra, en óxido el corazón.
Silencio incauto, intrépido
que me hace amarrar la boca a un viscoso trozo de ser
en las horas negras del destierro
en las horas en las que nadie quiere ver.
Sumida en un profundo letargo
voy colocando las piezas que se cayeron
agolpadas en la trastienda de mi memoria
raída la base fosfórica, neuronal
sometida la cordura a una prueba proscrita.
Todo se llenó de espanto.
Quebrantos que volvieron para llevarse la calma taciturna,
una carga tras otra,
el vacío instante en el que una se observa a sí misma,
transparente, sucia, inadecuada.
Momentos de vida como mechones arrancados,
y la conversión en infinito.
Me pregunto por el significado del bienestar
cuando aún no sé si habrá más muertos en Irak,
si de repente se levantará la mañana sin oler a podrido
del vuelo de los buitres señores del festín.
Pasar a tu lado oliendo a verdad, al aroma de los hombres de buena estrella
significativamente escasos, rodeados de pcs multiplicadores de panes y de peces y la ilusión desbordada por acudir al estreno de un pasaje llamado casa
y un sueño provisto de identidad con pintura reciente.
Así voy levantando la lápida de la sinrazón para obsesionarme con la pública
subasta de rencores, de conversiones a euros, de lucha de gladiadores que no
están en ningún circo. Aunque están en todo lo que se come, duerme y dinamita las conciencias. Números que cuentan vidas sin más.
Un reconocimiento vago para las mujeres invisibles afganas, la vida llena de festivales.
Y así por arte de nuestro juego sucio, del poder necesitar la reconciliación de
nuestra mente de niños privilegiados damos las sobras para abarrotar las despensas de nuestra zafia condena.
Pero siento las balas, los sollozos y no puedo dormir mi cuerpo no tiene cicatrices y, sin embargo, mi piel cambia para este mundo que me atrapa.
Y no sé reconocer cuál es el camino.
Y lo más que puedo hacer es gritar por los que no pueden hacerlo.

© Samuel Folgueral Fernández