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Portón del regimiento 7 de infantería
(Monumento Histórico)
A mi hijo Sergio Omar Rotundo, ex- combatiente de Malvinas.

¡Allí está el Portón!
Por él salieron, en fatídico atardecer
los camiones repletos
de niños asombrados
que llevaban a la guerra.
En sus ojos el asombro
de no saber por qué,
de no entender que estaba pasando.
De él partieron
hacia muy lejos, hacia el Sur,
hacia las Islas.
Con él quedaba aquí,
la familia, los amigos, la facultad,
alguna noviecita...
En él pensaban
como en la puerta del dorado paraíso,
cuando dormían en el pozo,
entre el barro
bajo el constante bombardeo
con hambre, con frío, con desidia.
Él aparecía
como la brillante estrella de Belén
que los guiaba de regreso a casa
mientras cruzaban el mar
prisioneros en un barco inglés.
Y algunos... a él volvieron;
en otro atardecer
de risas y llantos entremezclados.
De abrazos y besos.
De un repetido hasta el cansancio:
“Gracias a Dios”.
Viejo y glorioso portón;
mientras todo tu entorno cayó
tú sigues de pie.
A ti llegamos cada 2 de abril
con una flor en la mano.
Flor de dar y pedir.
De dar gracias
por el hijo nuestro que regresó.
De pedir la paz
para los hijos de otras madres
que no volvieron.
Paz para esos pimpollos
de dieciocho años
que no alcanzaron a abrir
sus corolas multicolores.
Y allá quedaron, durmiendo
bajo el arrullo
del viento helado.
Soñando y soñando
por toda la eternidad
con volver a ti
viejo portón.


El ángel azul

Si algún ángel azul hoy te visita

y te sopla al oído una esperanza,

embárcate confiado en esa andanza

y camina el camino al que te invita.

 

Si ese ángel azul es quien te grita:

¡Aférrate con fuerza a mi confianza!

no lo dudes mi amor y sin tardanza

acompáñalo ya. Con él transita

 

-olvidando el engaño agazapado

en oscuro sendero del pasado-

un nuevo amor, cual ruta iluminada.

 

Soy la mujer oculta tras tu sombra.

Soy esa voz que pertinaz te nombra.

Seré el ángel azul...si soy tu amada.


Desdén 

Si mi sangre te llama en su delirio

si mis ojos se ciegan por mirarte

si toda yo soy una sed de amarte;

no puedes condenarme a este martirio.

 

Tú, lejano y soberbio cual un lirio

vas ignorando amores, sin fijarte

cómo muero por ti. Enamorarte

fue el supremo deseo y como un cirio

 

se consumió mi vida en el intento.

Nadie torció el designio de quererte

ni pudo sofrenar mi sentimiento.

 

Tú no vienes y el cielo ya no es cielo;

se oculta el sol cubierto por el velo

de tu desdén, que me condena a muerte. 

 

© Beatriz Milne Rotundo
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