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Padre no sé que hace el tiempo con mi vida, pero creo que la última vez que estuvimos juntos fue cuando yo era tu madre. Por las mañanas volteo la cabeza en la habitación de al lado y me pongo triste por tu ausencia. Fumo un cigarro lentamente para ver si se me pasa. Y la perra desde el patio ladra porque ese es el modo que ha encontrado para prohibirme el dolor. Ciertamente los animales conocen este idioma. Por eso cuando me pasan estas cosas salgo al patio: allí chillo como un cordero cuando se lo sacrifica, allí me despojo. Padre no sé que hace la distancia con mi vida, pero creo estar en el planeta de las hormigas que arrinconan sus hojas para que alguien sepa que han vivido. Las cosas en este país están igual que en el tuyo. Quizás peor porque aquí no están los de allá y mucho peor porque aquí está la que falta en su país. Aunque hablemos el mismo idioma y adoremos al mismo Dios, todos, los de allá o los de aquí somos diferentes: miramos al mundo desde otro lugar. Y yo no sé cómo mirar, ahora uso anteojos y las imágenes me aparecen dislocadas.
Padre
no sé que hace este país conmigo o qué hago yo con él, pero desde
que estoy aquí tengo una guerra en la sangre. A menudo cuando amo
una parte de la sangre me ataca y la otra reposa gloriada en su cuna.
Cuando camino una parte de la sangre me cambia el destino y la otra
se esfuerza calladamente para devolverme la dirección. A menudo
Padre, me pasan cosas como estas. El vaho de la patria ajena escribe un abecedario en mi cuerpo, parte del rito me extravía. Dejo caer una pluma de metal en la hoja y ella cosecha miles de palabras que no entiendo. Desde el balcón observo a un indio que danza en la calle y sus pájaros lo enredan como un culto que se resiste a perder. Al lado lo miran las viejas que no tienen nada que hacer y los niños gritan lo que les pasa en la mente. El resto de los indios deambulan buscando la patria, pero nada les devuelve la vida. Entiendo que la imagen se ha dañado con los años. Desde lejos mi padre me mira, pensando tal vez que ya no volveré, pero yo no digo nada. Es la patria que ha escrito en mí como un indio que no deja de danzar. Recibí una carta que viene desde el Sur. Me senté y la leí. Después lloré porque la escribió mamá. Ella dice que me voy a adelantar a morir si fumo demasiado y le creo. Cuando se me olvida fumo. Y al día siguiente me postro en el lecho para pagar la desobediencia. Mi madre dice que se pinta el pelo de negro desde mi partida y que encontró la mejor manera de vivir al sustituirme con un gato gordo. Me pregunto si es posible que un gato gordo me reemplace. Y si es así pido perdón porque ya encendí un cigarro para elegir el día de mi muerte. La perra aúlla en el fondo de la casa. Busca un saludo para dejarnos ir como todos los días. Pero nosotras encendemos un cigarrillo. Tal vez algún día la perra se entere que su fidelidad no la tienen los humanos. Y tal vez ese día nos abandone y lloremos. Cada vez que llueve los charcos me muestran la infancia, zona de anticuarios en la que observo tristemente a las muñecas amputadas rondar por todos los rincones. Observo también la mirada agria de los dinosaurios de plástico, con quienes inventaba historias para vencer el miedo. Ahora sé que las muñecas y los dinosaurios forman parte de una pequeña porción de vida que no conoce el regreso. Muchas veces no sé que hace la memoria conmigo, pero muy a menudo siento algo: a una Errante que espera la lluvia para mirarse en un charco.
Caminar
sobre la Puyrredón Ahora pinto mi pelo de negro y rubio claro. |
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Romina Cazón
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