Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Cinco relatos

Para desconcentrar las amebas de la mente...

Hice que el corazón perdiera equis latidos.
Aminoré el caudal de sangre
en los conductos abisales.
Exhalé el oxígeno vital
hacia el pasado,
y me morí despacio. Recordándote.

Caí por un camino escandinavo.
Almas tranquilas, vagaban inocentes,
y se alisaban las mortajas, displicentes
preparándose al encuentro con el Jefe.

Yo, desnucado. Trajinaba lágrimas.
Arrepentido del final que me propuse.
Miré despacio por los ojos del silencio
y me morí otra vez. Con tu recuerdo.

Un ángel gris, me sacudió la espalda.
Y me incrustó sus miedos en el ojo izquierdo.
Yo me embriagué de licores y de sueños
como para olvidar
el destino indeclinable
de hallarme solo,
tan solo en ese infierno.

Ya diluído, sin saber a donde ir
crucé la calle.
Y en el preciso instante, en que me parecía verte,
un camión me arrolló
y me arrojó a tus brazos,
que no pudieron sostener el cuerpo,
ni el peso irracional, definitivo,
de la profunda y verdadera muerte.


Hargis, Medusa in factus.

La noche se transforma
en serpiente asesina.
Repta por los confines
hasta hacerse un ovillo
debajo de mi cama.

Desde allí mordizquea
mis talones desnudos.
Me besa y me envenena,
me atraviesa hasta el alma.

En el monte sagrado
alguien escucha un tango.
Los dioses olvidados
se estrechan en suspiros
añorando los tiempos
en que eran amados.

Amón-Ra, Quetzalcoatl,
Baco, Isis, Odín,
Marte, Viracocha,
y otros tantos y tantos,
se cobijan del trueno
mientras suena ese tango.

En el mundo la lluvia,
se abroquela de lágrimas.
Y en el Olimpo lloran
los cansados fantasmas.

Mientras en mi cabeza
estalla ya el veneno
de la noche sombría
que me mata y me canta.

"Afuera es noche y llueve tanto,
ven a mi lado me dijiste..."
Los gastados albores
nos sorprenden llorando.

Mientras, en el Olimpo,
sigue sonando un tango.


Azar: Respice finem

El azar es una ninfa
que baila con los pies desnudos
sobre la piel de un rinoceronte herido.
Tiene viejas las mejillas
y el corazón le cuelga
como una mano muerta.
El se roba los sacos atados de la vida,
no mira hacia el reloj
que pendula incierto,
entre los anchos muslos de una yegua en celo,
que vomita poemas, de sangre y de misterios.
El azar es el mundo,
que gira tan contento.
Como ajeno a tu suerte,
a tu razón,
y a tu muerte.


La llave de la vida.

La llave de la vida flota en el universo.
Gira un astro maldito
alrededor del mundo.

Ella viene a las once.
Yo la espero encarnado.
Y ya comienzo a amarla,
a morder sus caderas,
a trotar por su piel,
a atravesar sus bocas.

La llave de la vida flota en los mares viejos.
Nada un pez asesino,
acechando las aguas.

Ella viene a las once.
Mi corazón estalla.
Ya estoy poniendo el alma,
la razón y la carne,
en el encuentro extremo
de sexo abroquelado.

La llave de la vida se vuela entre los vientos.
Hay un rayo mortal
que espera por su cielo.

Ella viene a las once.
Y estoy que desespero,
me palpita la sangre,
las células se estrujan,
se me aglutina el sémen.

La llave de la vida se desmaya en la arena.
Las hienas de la noche
hacen risa del frío.

Ya son las once y media.
Estallan mis cabezas.
Ya son más de las doce.
Y ella que no aparece.
Ya son horas inertes,
el dolor,
y la muerte.


¡Mugrëm! Aspirina de sangre.

El se metió en la noche
que dormitaba quieta.
Con el fétido aliento
cortaba finas hebras
de sombras y de ausencias,
las masticaba lento
acariciando el hambre
que hería sus entrañas.
Sus ojos aserrados
abrigaban espantos.
El corazón en llamas,
de muerte y de fantasmas.
Las manos asesinas
guardadas al murmullo,
se abrigaban infames
entre sus propias partes.
Se acarició el escroto
activando el deseo,
se mordisqueó los labios
oliendo el firmamento.
El cielo era una manta
oscura de silencios.
Ni una estrella
brillaba.
La bóveda lejana
miraba hacia otro lado
tratando de no ver,
aterida de miedo.
De su pútrida boca
como hilos de infierno
se escapaba una baba
infecta y maloliente.
Vagaba por la noche
como una bestia errante,
acechaba un instante
y después olfateaba
el olor de sus ansias.
Necesitaba muerte.
Necesitaba un cuerpo
donde saciar el hambre,
encontrar el capullo
atacar y matar
con su arma de semen.

Una virgen surgió
de las pesadas sombras,
caminaba insolente, ajena a la tragedia.
Era una niña apenas,
con sus primeras formas
luchando con sus ropas,
asomándose tibias,
agitándose ufanas,
mostrándole a la vida
una mujer que nace.
Su cabellera rubia
resplandecía hiriente
a los ojos bestiales
que la venían siguiendo.
La redondez perfecta
de esa cola de hembra,
el olor de su carne,
de sus senos en ciernes,
escaldaron su sangre
y avivaron el fuego.
Fue un ataque certero,
brutal, incandescente.
Las ropas se rasgaron
dejando al descubierto
la perfección ufana
del cuerpo adolescente.
Una mano aferraba
los gritos de la virgen,
la otra se alimentaba
con el sabor ansiado
de esa carne perfecta.
Y desgarró la tela
la piel y la vergüenza.
La acometió con ganas
bebiendo en tragos rojos
la sangre de la niña,
el llanto de sus padres,
la virtud y la vida,
que rodaron perdiéndose
en el profundo olvido
de una alcantarilla.

Al soltarla cayó,
apagada e inerte.
El la lamió despacio,
le arrancó hasta el silencio.

Y se alejó silbando.
Cansado, como ausente.
Se restregó las manos
satisfecho de muerte.
Se metió en su guarida
rememorando el hecho
minuto por minuto
instante por instante.

Y al llegar el alba
que empujaba a la noche,
se acurrucó despacio
apretándose fuerte
las manos asesinas
y su arma de semen.

Y se arrulló al embrujo
de una canción de cuna
que él mismo susurraba,
cerró los ojos turbios,
y se durmió llorando.

© Roly Canteros