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"El presente prácticamente no existe, es apenas
el instante ínfimo en que el futuro se torna en pasado."
(Jerofinámides - Rey de Bur-Ul-Dhur Siglo 16, a.C.)
Cierto día, apoyado en mis sufrimientos presentes, tuve la certera visión de que la causa de mis males, provenían del pasado.
De las cosas que no hice, de las que hice mal y de las que habiendo hecho bien resultaron desastrosas.
Entonces, presa de una organizada y serena ira, decidí acabar con mi pasado.
Decidí matar aquellas imágenes que de mí, perduraban en mi memoria y que día a día habían elaborado este angustioso presente que hoy me toca vivir.
Me compré unas buenas armas. Un uniforme de batalla, algunas vituallas y marché a la guerra contra mi pasado.
Caminé por los caminos intrincados de mi memoria y me encontré, justo en el instante en que declinaba un ofrecimiento para emigrar a Australia. Estúpido sentimental, aquerenciado a unas raíces que hoy me dan vuelta la cara, a unos amores que ya no ni me recuerdan.
Me apunté a la cabeza y disparé.
El cráneo estalló como una piñata y caí envuelto en un líquido viscoso y trozos de cerebro destrozado.
Me acerqué a mi cadáver y con el pie me di vuelta para cerciorarme que estaba bien muerto.
Seguí caminando. Con una profunda satisfacción por mi primera victoria.
Por caminos tortuosos y ensortijados.
Laberintos de recuerdos oscuros.
De pronto me vi, fingiendo estar conforme en mi escritorio de bancario, gris y apesadumbrado. Molido de rutinas y papeles. De jefes insolentes y desconcertados.
Me vi con la cabeza gacha y me tiré una granada.
Volé en mil pedazos. Desaparecí de mi memoria para siempre. Muerto el ignoto empleaducho de ajenos capitales.
¡Ah! Qué estupenda sensación. Al verme muerto y destrozado.
Camino, se que voy a encontrarme en otros menesteres. Tal vez más arrogante, con ansias de luchar y defenderme.
Me encuentro. En los pasillos de una Facultad, escribiendo estúpidas consignas con pintura de colores.
Me veo verme. Me veo tratando de correr. De atrincherarme. Buscando ayuda de los que están alrededor y se hacen los otarios.
El primer tiro en el pecho. El segundo en la cabeza.
Me acerco y con el pié me tanteo la muerte y me alejo satisfecho.
Entremezclados conmigo me voy encontrando en diversas situaciones.
Y me voy matando, sistemáticamente. Con disparos certeros. Sin un temblor, sin una duda ni remordimiento.
Y me mato cuando me estoy casando. Cuando nacen mis hijos. Me mato en cumpleaños, en velorios, en colectivos y en trenes. Me asesino en hoteles, en fugaces vacaciones, en momentos de amor y en otros de desidia. En instantes fugaces de alegría.
El camino de a poco se va tiñendo de sangre.
Ya vamos quedando pocos.
Me mato con placer en la escuela secundaria. Me mato a ese pendejo irreverente y quilombero que prometía tanto. Y que se quedó en la nada. Me mato y me remato.
Me mato cuando niño, me mato adolescente, me mato en el soldado que temblaba
de miedo.
¡Y qué placer matarme!
Sentir que mi pasado se esfuma en cada muerte.
Que me he quedado solo.
Que ahora simplemente soy solamente yo, con mi presente.
Pero un disparo suena.
Mi oreja izquierda desaparece y un dolor me atenaza y no me suelta.
Mi mano en un reflejo trata de parar la sangre que tibiamente se escurre entre mis dedos temblorosos.
Otro disparo estalla, y destroza mi hombro. La mano cae inerte y queda suspendida, atrapada apenas por un jirón de carne, de tela y de huesos astillados.
Entonces me doy vuelta para ver quien me mata, y me veo sonriéndome, apuntándome cruel y amenazante.
Soy yo y no me recuerdo. Todavía no he sido ese que me destroza de a poco y que se ríe de mi muerte.
Un nuevo tiro destinado a mi estómago. Siento la bala penetrar en mis vísceras, y percibo el calor y me veo reír, mientras caigo de rodillas.
El último disparo me da en el corazón, no sin antes romper una costilla, que desvía el proyectil que perfora un ventrículo y se detiene incrustado entre mis vértebras.
El impacto me hace girar y caigo de bruces, ya cadáver, sobre el charco de mi propia sangre.
Entonces me acerco, y con el pié me doy vuelta para cerciorarme de que estoy bien muerto...
© Roly Canteros