Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Perditus! Vagare in eternum

Era la hora del almuerzo, en la oficina de objetos perdidos una chica rubia leía una novelita aburrida, mientras esperaba que alguno de sus compañeros la relevara y pudiera salir a despejarse por media hora. La sala estaba vacía, pero en ese instante entró un hombre con el rostro desencajado. Era un tipo de alrededor de 50 años o tal vez más, tenía la mirada perdida y apoyando los codos en el mostrador le lanzó una sonrisa vacía y después se quedó mirándola fijamente con los ojos desenfocados.

-Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?
-No sé, tal vez.
-¿Ha perdido algo?
-Si. Me perdí a mi. Y a mi me estoy buscando.

La empleada miró nerviosamente buscando alguien que pudiera ayudarla. Pero no vió a nadie.

-Tome asiento-, le indicó amablemente, tratando de no enfurecerlo.
-Usted no entiende -replicó él-, me perdí a mi, y a mi me estoy buscando.

La chica comenzó a sentir una especie de pánico, miró el reloj y las agujas parecían clavadas. Sus compañeros demorarían aún unos quince minutos en aparecer. A través del vidrio vió las gentes que pasaban apuradas, era un día lindo, era muy probable que Alberto y Sandra se quedaran un rato más en el parque gozando del sol primaveral. Mientras tanto el hombre seguía mirándola con esos ojos profundos y desesperados.

-Vea señor -ensayó ella-, aquí recogemos objetos perdidos, no personas. Debería ir al destacamento y hacer la denuncia policial.
-No, no -contestó él-, yo no perdí un objeto. Me perdí a mi mismo... ¿me comprende?
-Me temo que no -dijo ella a punto de llorar.
-No quiero asustarla, solamente venía a ver si yo andaba por aquí. Pero no estoy. Seguiré buscando.

Ella vió como el tipo se alejaba tambaleante. Y como se zambullía en la puerta giratoria. Cuando ya no lo vió más, miró alrededor, le pareció que unos ojos la escrutaban. No aguantó más y rompió a llorar. Cuando sus compañeros regresaron la encontraron acurrucada en un rincón. La pintura corrida por el llanto le daba un aspecto grotesco.

Cuando le preguntaron qué le pasaba oyeron que balbuceaba entrecortadamente:
-Me perdí a mi misma. Me perdí y no me puedo encontrar.

En el parque, dos viejitos jugaban al ajedrez. Era una partida ardua, estaban tan ensimismados en el juego, que no se percataron del extraño que los miraba con los ojos vidriosos y desencajados.

-Me perdí a mi mismo -dijo al fin, y los viejitos lo miraron extrañados-, me estoy buscando y no me puedo encontrar.

Los ancianos hicieron un esfuerzo por ignorarlo y con un gesto pícaro siguieron en su juego.

-Me perdí a mi mismo -repitió el desconocido.
-Señor, estamos ocupados. No moleste -le dijo uno de ellos.
-Pero es que no me encuentro -repitió el hombre con voz desgarrada.
-Mire, vaya a buscarse a otro lado porque aquí no está -respondió el otro anciano bastante enojado.

El hombre se levantó y se alejó de los viejitos con pasos tambaleantes. Los dos ancianos se miraron y no se reconocieron. Miraron sus manos arrugadas y las vieron extrañas.
-Nos hemos perdido a nosotros mismos, tendremos que ir a buscarnos -dijeron a coro y se alejaron en direcciones opuestas.

En no más de una hora, todas las personas que estaban en el parque, se habían perdido a si mismas y vagaban de aquí para allá buscándose sin poderse encontrar. Aquel hombre seguía con sus pasos tambaleantes, dondequiera que se buscaba, dejaba la incertidumbre de sus identidades a las personas con que hablaba.

-Me perdí a mi mismo -repetía, y su voz sembraba el desconcierto y el miedo.

Al cabo de unos días toda la ciudad estaba paralizada. La gente se miraba en las vidrieras con ojos rojos de espanto y miedo. Todos se habían perdido y no lograban encontrarse. El hombre desconsolado, iba por la carretera principal, una multitud lo seguía con pasos tambaleantes. Y a medida que cruzaban pueblos y ciudades, se le agregaban más y más ojos rojos y perdidos.

En algún lugar tengo que estar -se le escuchó decir-, y tengo que encontrarme.

© Roly Canteros