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Si camino tus calles grises, ciudad,
me lleno de miserias
me visto de harapos
me unto de vergüenzas.
No te quedan rincones para la hipocresía
ni vendajes para la ceguera
ni palabras para la mediocridad.
No te sobran luces para tanto abismo
ni reparos para el ocultamiento
ni soles para un amanecer distinto.
Se huele tu carroña, ciudad
se percibe tu duelo
se palpa tu hambruna
se sabe tu escoria.
Y no te caben verdes ni oros para la tragedia
ni fosforescencias para la mentira
ni pancartas para la promiscuidad.
Y no te abundan instancias para quedarte orgullosa
ni tiempos para meditaciones
ni relojes para acompasar.
Es hora de que abras los ojos, ciudad
tu reflejo es tinto, revuelto, marrón,
río, plata, América, sur...
Es hora de verte la sangre, ciudad
turbulenta, famélica, espumosa,
caliente, América, sur...
Es hora de pies plantados, ciudad
terriles, negros, cayosos
Áridos, América, sur...
Es hora de manos juntas, ciudad
puño, golpe, azada
caricia, América, sur...
No te quedes sola
mirando otros paisajes ajenos
vacíos,
imperiales...
No te duermas
no te tientes
no te engañes.
Si camino tus calles grises, ciudad
quiero amarte y que me ames
como sos y como soy...
amor, América, sur...
El veneno te drena lento, Sudamérica mía...
capilares, venas, arterias
sube en medulares verticales
tus montañas, glaciares y faldeos
filtra en intrigas subterráneas
lagunas, canteras y desiertos.
Gota a gota te orada los cimientos
con la constancia precisa de ganarle
a todos los tiempos del recuerdo,
de disolver las memorias
y exterminar el pasado en la Historia
de tu pueblo sin historia
sin pisadas, sin testigos, sin fuentes,
sin lógica que documente tu existencia
antes del letargo del envenenamiento...
La ceguera es brillante como el sol del norte
en una brújula extraviada de continentes sureros
y la voz es brisa
arrastrada en lenguajes siseantes
de palabras remotas sin confines
ni latitudes, ni longitudes
para la australidad de tu hemisferio
El veneno es letal
alucina, duerme, paraliza
exprime, vomita, asesina
y el filo de un milagro sanador
ilumina el miedo y nace
en revuelta apasionada, entre tus manos
y las mías.
Pies descalzos en el lodo sangran,
son el pasado de la América herida
son el quétzal con las alas destrozadas
son el canto de los ríos secos
son las rocas del oro devastadas
son la arcilla... del camino que vendrá.
Pies descalzos, sangran
manos llenas, tiemblan
de oprimir vacíos, de enjugar sudores,
de hilvanar tragedias, de labrar hambrunas
de sentir limosnas, de sellar sepulcros,
de crecer miserias, de esperar... la siembra.
Pies descalzos, cubren
manos llenas, colman
pies sangrantes, surcan
manos tibias, tiemblan...
Un sueño viene marchando
con la fuerza de un volcán
sus torrentes se hacen savia, canto, carne y alma
y en proscripto abrazo nos abriga
de insurgente... dignidad.
© Helena Fernández