|
 1
Las
antiguas de mí misma
deben
haber muerto en
fibras blancuzcas, en
aserrines
tropezándose
en sus mismos pies, ahorcándose
en sus propios brazos.
Las
otras de mí deben
haberse contenido el peso de las pupilas en
los pañuelos de sangre, deben
haberse colgado en los muros a
desgajarse el pellejo a piedras.
Encuentro
que estoy hecha de fríos como
las otras lo
sé porque el dolor de vivir se
me ajusta a la espalda y
me circula como un hematoma negro.
Voy
oscura, descalza como
si ya me hubiera unido a las sombras para siempre como
si ya hubiera vivido siempre trago
cuchillos, me
deleito sorbiendo agua sal por las ternillas hasta
llenarme el estómago, hasta
volverme cianótica.
El
dolor es una especie de éxtasis: lloro
detrás de la cortina
y
me gusta cómo mis lágrimas se van espesando. Es
como haber ingerido solvente.
¿Hasta
cuándo podré reír? no
puede existir un placer tan gratificante como
el dolor que me abunda. ¿Hasta
cuánto fuego podré tolerar?
Estoy
hecha de eritemas como
quien guarda alacranes en el cajón y
se los traga y
deja que lo piquen hasta hacerse inmune.
No
hay poción, ni raticida para el dolor solo
me queda apretarlo hasta que de tanto apretarlo me
vuelva insaciable. Sin
embargo hoy
no estás y eso si es insalvable es
una nueva mutación del dolor. Las
otras de mí deben haberse colgado en los muros y
despellejado a piedras.
|