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VI
- ENTONCES SI MELKAIA YA HA despertado, ¿qué podemos hacer?.-- Preguntó Stern. Si era verdad lo que se decía, ese vampiro tendría el poder de un semidiós, quizás fuera incluso más poderoso.
- Aunque Melkaia haya despertado ya no posee el terrible poder de antaño, pues su hermano Bertren se lo arrebató antes de morir. Aun así sigue siendo muy poderoso. Lo más grave es que ha encontrado una manera no solo de recuperar su antiguo potencial, sino incluso de superarlo.
El calor que Stern sentía se volvía cada vez más insoportable, estaba empezando a marearse. El extraño le habló.
- Te sugiero que cojas agua de ese pozo, Stern. Después de todo te hallas en mitad del desierto y no estás acostumbrado al clima.
- Pero eso es imposible, ni el frío ni el calor pueden afectar a los vampiros. Además no necesito beber agua, ni siquiera tengo sed.
- El agua no es para ti, sino para tu cuerpo. Mójate para aliviar tu calor.
Stern hizo lo que el extraño le dijo. El cubo de madera del pozo estaba en buen estado y pudo coger agua con facilidad. Cuando estuvo empapado se sintió mucho mejor.
- Bueno, entonces según lo que usted ha dicho. Melkaia ha encontrado una manera de volver a ser poderoso, ¿mediante el Grial?.
- Mediante el Grial sí, pero no será gracias al que ahora posee.
- ¿Es que hay varios Griales?.
- Está el que Cristo usó en la ultima cena, ese es el que Melkaia tiene. Pero hay otro que la Biblia no menciona, aunque no porque la Iglesia no conozca su existencia.
- ¿Y que poder tiene?.
- En realidad ninguno, es solo una simple urna. Lo peligroso es lo que esa urna guarda en su interior: la sangre de Cristo.
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Stern se sobresaltó, al instante adivinó las intenciones de Melkaia.
- ¿Qué pasaría si Melkaia, o algún otro, bebiera esa sangre.
- Eso está fuera de mi conocimiento. Lo único que sé, es que cuando crucificaron a Cristo, un romano le atravesó el corazón con una pica para asegurarse de que estaba muerto, de esa herida manó un chorro de sangre que parecía un haz de luz sólida, pues era casi blanca y poseía un extraño fulgor. Una sangre que no se ha llegado nunca a secar. Los romanos guardaron esa sangre en una urna y la escondieron celosamente. Pero se dice que un siglo después un vampiro logró beber unas gotas de esa sangre y
murió abrasado por dentro con un terrible dolor. Desde entonces no se sabe nada de esa urna. Imagina si Melkaia logra ingerir la sangre y su cuerpo la acepta, sería la perdición para todos.-- Dijo el extraño.
A continuación los dos mantuvieron silencio, perdidos en sus propios pensamientos. En el cielo, el sol estaba empezando a descender. Después de unos minutos el extraño continuó...
- Melkaia ha reunido un gran ejercito. Los vampiros musulmanes se han unido a él, pues les ha prometido la aniquilación del mundo occidental. Así mismo cada vez más humanos llegados de todos los pueblos Islámicos aceptan su liderazgo. Como ves, la ultima cruzada está a punto de comenzar y esta decidirá el destino del mundo.
- ¿Y el otro hermano de Melkaia, sigue aun vivo?.
- No siento su presencia en ninguna parte del mundo, así que debe estar muerto.
Después de pensarlo unos instantes, Stern hizo la pregunta que todo vampiro se formula a diario.
- ¿Conoce el paradero de Caín?.-- Dijo con voz temblorosa.
- Lo conozco, aunque no puedo desvelártelo. De todas maneras sí puedo decirte que en el futuro llegaréis a encontrarlo, tu y tus futuros compañeros.
Stern se quedó mudo, ¿cómo podía haber cambiado su vida tanto?. Intentar detener a uno de los tres Primogénitos. Incluso encontrarse con el Padre en persona... Debía estar a la altura de semejante situación, a pesar de su total falta de experiencia.
VII
- BIEN, HA LLEGADO EL MOMENTO de darte las armas.-- A continuación el extraño cogió un saco que estaba a su lado, Stern estaba seguro de que momentos antes
no había nada allí. El extraño sacó cinco objetos del saco y le arrojó uno.
- Este arma es para ti, las otras cuatro se las darás a tus compañeros en el orden que está especificado en el pergamino. Son mías, pero a vosotros os servirán mejor.-- Dijo el extraño.
Stern observó el objeto que tenia en las manos. Era una espada delgada y ligeramente curvada, del tipo que llevaban en el extremo oriente. Recordó el nombre: katana. La desenvainó, su peso y equilibrio eran perfectos y estaba increíblemente afilada. Stern se fijó que en la base de la empuñadura estaba grabado el mismo símbolo que el extraño llevaba en la frente, el cual también brillaba misteriosamente. La empuñadura tenia la forma de la cabeza de un dragón con las fauces cerradas.
- Es preciosa, gracias. Pero, ¿porqué la tengo que llevar yo?.
- Porque cada una de estas armas servirán a uno solo de vosotros. Cualquier otro que intente utilizarlas se quemará las manos al instante. Aquí tienes las otras, podrás portarlas sin problemas mientras no las utilices. Te aconsejo que solo utilicéis estas armas en situaciones limite, pues debéis de permanecer ocultos a los ejércitos de Melkaia y estas armas harían notar demasiado vuestra presencia. También posees otros
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poderes que ya descubrirás, así como tus compañeros cuando obtengan el Don.
A continuación el extraño se incorporó.
- Bueno Stern, eso es todo. Confío en ti, ahora debo irme. Nuestros caminos transcurren por senderos muy distintos.
- ¡Espera un momento!, ¿qué haremos con la sangre de Cristo y con el cáliz si los encontramos?.-- Dijo Stern.
- Deberéis destruirlos inmediatamente. Son instrumentos demasiado poderosos como para seguir existiendo.
- ¿Cómo lo haremos?.
- Esas dos dagas tienen el poder de absorber sangre. Eso os servirá.-- Dijo el extraño señalando a una de las armas que había dado a Stern.
- ¿Y porqué no nos acompañas y luchas a nuestro lado?.
- Porque debo reservar todo mi poder.-- Contestó el extraño.
- ¿Todo tu poder, para qué?.
- Tengo que estar preparado cuando llegue el fin de los tiempos y los Grandes Impactos asolen el planeta.-- Dijo el extraño y una lagrima de tristeza resbaló desde el ojo sano por su mejilla. Acto seguido simplemente se desvaneció y Stern se encontró totalmente solo.
VIII
ESTABA A PUNTO DE ANOCHECER, Stern observó las restantes armas: un escudo redondo, dos dagas, un arco sin cuerda y una lanza que tenía dos anchas hojas en cada extremo del arma. Al igual que la katana, las demás armas eran perfectas, no parecían de este mundo.
Todas llevaban el símbolo de la llama grabado, que brillaba cada vez más a medida que el sol se escondía sobre las dunas.
Stern contempló la puesta de sol, la primera que veía en muchísimo tiempo. Le hubiera gustado que Misha estuviera junto a él, pero estaba muerta. Sujetó el colgante que llevaba al cuello mientras pensaba en ella.
Encontró un gran numero de odres en la parte externa del pozo. Llenó de agua varios de ellos. A continuación se alejó del oasis. Guiándose por las estrellas, se dirigió al noreste. Tenía un larguísimo camino por delante.
Primero iría a Grecia, a ver a su madre y a contarle su conversación con el extraño.
Después iría a buscar a sus nuevos compañeros.
Juntos jugarían uno de los más importantes papeles en la ultima cruzada, la que tiempo después sería conocida como La Guerra del Grial...
IX
UNA FIGURA CONTEMPLABA LA PARTIDA de Stern, a la luz de las estrellas.
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del ser inhumano llamado NAsthir, el que una vez fue conocido en el pueblo de Meinji como El Hombre de Negro. Había escuchado la conversación entre Stern y aquel al que se le llamaba El Extraño Sin Edad. El gran esfuerzo que le costó el mantenerse oculto a los poderes del extraño había valido la pena, sin duda. Decidió que los acontecimientos se estaban tornando muy interesantes.
Participaría en ellos, no quería perdérselos. Además, Stern se llevaría una gran
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alegría al volver a verle.
Si señor, una gran alegria.
© Joaquín Relaño Gómez