Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Anónimos

             Desde ya advierto al lector que no me daré a conocer. Deseo seguir permaneciendo como hasta ahora, en el anonimato. Sólo diré que actualmente soy director de una muy conocida empresa multinacional.

             La historia que les voy a contar en estas páginas sucedió cuando me desempeñaba como abogado en esa misma empresa. En ese momento, hacía sólo algunos años que había egresado de la Facultad de Derecho, y a decir verdad, no contaba con mucha experiencia laboral.  Norberto (me reservaré el apellido, porque aún vive), que en ese momento ocupaba el puesto de gerente de asuntos legales de la empresa, era por entonces muy amigo de mi padre. Habían sido compañeros en el Bachillerato y aunque la vida los llevó por caminos distintos siguieron siendo amigos, hasta hace muy pocos años. A decir verdad, la amistad entre ambos terminó por culpa de una traición de Norberto hacia mi padre, pero esa es una historia que les contaré en otra oportunidad. Por intermedio de mi padre, Norberto me consiguió una entrevista con el presidente de la empresa y a la semana siguiente estaba trabajando en la gerencia de legales. Imagínense, un novel abogado, felizmente casado y padre de un bebe recién nacido, convertido de la noche a la mañana en el apoderado de una empresa multinacional exitosa. Todo un sueño. Toda una aventura. Toda una pesadilla...

             Lucía (tampoco diré su apellido por respeto a su memoria y a sus familiares) era una mujer atractiva, sensual y extremadamente irresistible. La primera vez que la vi fue en una audiencia de mediación. Estaba comenzando el verano en Buenos Aires y recuerdo que Lucia llevaba puesta una blusa muy escotada que dejaba casi al descubierto sus senos. Ella actuaba como mediadora en un reclamo iniciado por un cliente de la empresa. La atracción entre ambos fue inmediata. El simple contacto de su piel al extenderle la mano para saludarla me excitó.

             Durante toda la audiencia observé como Lucía me miraba. Estudió cada uno de mis movimientos y cada vez que nuestras miradas se cruzaban ella colocaba uno de sus dedos en el escote de su blusa, incitándome a seguir mirando. El reclamante y su letrado casi ni existían. Se podría decir que Lucía y yo no escuchamos ni una sola palabra del reclamo, y obviamente, al finalizar la audiencia, les solicité la fijación de una nueva con la excusa de poder averiguar los antecedentes del caso en la Empresa. Lucía, como era de esperar, apoyó inmediatamente mi pedido, aduciendo que era lo mejor. Le explicó al reclamante que eso era lo habitual en la primera audiencia. Este y su letrado, aunque de muy mala gana, aceptaron la propuesta de la mediadora. Nadie podía decirle que no a Lucía.

             Para mi sorpresa, a la semana siguiente recibo en mi oficina otra citación para asistir a una nueva audiencia de mediación en el estudio de Lucía. Y a la semana siguiente, otra.  Daba la sensación de que Lucía se había convertido de la noche a la mañana en la única mediadora de la ciudad.

             En cada nueva audiencia, la atracción se incrementaba. Ya habíamos pasado de darnos la mano a saludarnos con un efusivo beso en la mejilla y en cada nueva oportunidad que nos veíamos, Lucía me parecía más hermosa. Recuerdo que también llamó mi atención que cada vez que yo tenía una mediación en su estudio, ella se encontraba sola. Ni siquiera estaba Vicky, la secretaria que había conocido la primera vez que fui a su estudio.

             La cuarta vez que fui a su estudio como consecuencia de una nueva citación, Lucía se encontraba completamente sola. Ni siquiera había concurrido el requirente ni su abogado. Mientras esperábamos su llegada, Lucía me ofreció un trago. Acto seguido, desconectó el teléfono y se sentó junto a mí, colocando su mano sobre mi pierna. Sin decir nada, empezó a acariciarme por sobre la camisa, y poco a poco fue desabrochando uno a uno los botones para colocar ahora sus manos sobre la vellosidad de mi pecho. Después de las caricias siguieron los besos y finalmente el encuentro sexual fue inevitable. Hicimos el amor una, dos, tres veces. En el sillón blanco de la recepción, sobre la mesa de la mediación y hasta en la pequeña cocina del estudio. Estuvimos toda la tarde juntos y después nos despedimos con la promesa de volver a vernos.

             Mientras conducía mi automóvil por la Avda. Corrientes en dirección a la Avda. 9 de Julio sonó mi celular. Era Lucía. Me dijo que me extrañaba y me confesó que en realidad la mediación había sido una excusa, que a ella se le había ocurrido inventar una citación para encontrarnos a solas. Me reí por su ocurrencia y la felicité por su audacia. Así era Lucía, una mujer siempre dispuesta a dar el primer paso para conseguir lo que se proponía.

             Llegué a mi casa, me duché y cené con mi mujer. Hicimos el amor, pero seguía pensando en Lucía.

             Al día siguiente llamé a mi mejor amigo y confidente, Ernesto Zaldivar Márquez. Sí, ese mismo que años atrás había tenido sus cinco minutos de fama después de pasar por la Cámara de Diputados y tener un affaire con la mujer del Vicepresidente de la Nación. Con lujo de detalles le conté todo mi encuentro con Lucía. Como era de esperar, Ernesto me felicitó. Yo me sentía con mucha culpa por haberle fallado por primera vez a mi mujer, pero Ernesto, que precisamente no era un ejemplo de lo que se dice un buen marido, me dijo textualmente que me dejara de joder y que disfrutara el momento. Quizás, en el fondo yo quería escuchar eso y tal vez por eso fue precisamente a él a quien elegí para contárselo. Ernesto también era abogado y me contó que conocía a Lucía de nombre, pero que nunca la había visto, aunque había escuchado comentarios acerca de sus dotes y encantos.

             Al tiempo, Lucía y yo nos habíamos convertido en amantes. Una o dos veces por semana nos encontrábamos en su estudio porque Lucía no quería ir a ningún hotel. Ella también era casada y prefería mantener las formas, aunque sospecho que su marido se encontraba al tanto de la situación y que prefería soportar y sufrir estoicamente en silencio los frecuentes amoríos de su mujer, que  perderla para siempre.

             Un viernes quedamos en encontrarnos más tarde que de costumbre porque habíamos planeado irnos un fin de semana a Mar del Plata con la excusa de asistir a un Seminario sobre Derecho del Trabajo que se estaba llevando a cabo en esa ciudad. Llegué al edificio donde quedaba el estudio de Lucía alrededor de las ocho de la noche. A esa hora ya no quedaba nadie porque la mayoría de sus ocupantes eran abogados, mediadores y algún que otro psicólogo. Como era viernes y empezaba un fin de semana largo, todos habían abandonado sus lugares de trabajo muy temprano.

             Insistí una o dos veces con el portero eléctrico pero nadie respondió. Al cabo de unos minutos, una chica salió apresurada del edificio para encontrarse con un hombre que la esperaba dentro de un auto mal estacionado sobre la Avda. Corrientes. Aproveché este momento para escabullirme dentro del edificio. Con el apuro, la chica ni siquiera se detuvo a cerrar la puerta con llave. Me pareció que de esta manera podía darle una sorpresa a Lucía. Me dirigí directamente al séptimo piso y encontré la puerta del estudio entreabierta. Como pensé que Lucía seguía aún ocupada con alguna audiencia, la llamé por su nombre profesional, pero nadie respondió. Entré. Cuando llegué a su oficina me encontré con un cuadro espeluznante. Nunca en mi vida creí que algún día iba a ver un espectáculo semejante. El hermoso cuerpo desnudo de Lucía, ese mismo cuerpo que había sido mi perdición y mi locura, se encontraba ahora totalmente mutilado y expuesto, para mi horror, sobre la mesa donde se desarrollaban las audiencias de mediación que Lucía presidía. Entré en pánico. Como un niño, sólo atiné a arrodillarme en un rincón. Mientras lloraba, me tapaba los ojos con los brazos para no mirar. Cuando me sobrepuse, me acerqué al cuerpo de Lucía y descubrí que a su lado había un papel doblado en dos. Lo tomé con la punta de mis dedos y lo leí. No podía creer lo que estaba leyendo. Alguien me culpaba a mí del asesinato de Lucía. Rompí el papel, lo metí en mi bolsillo y salí corriendo del edificio. Me metí en el auto y aceleré a fondo hasta agarrar la autopista. No podía volver a casa y decirle a mi mujer que el Seminario se había suspendido. Tampoco iba a poder disimular mi estado. Por eso, preferí alejarme unos días y estar solo. Huir lejos. Tenía mucho miedo. Mientras conducía, metí la mano en el bolsillo de mi saco para comprobar que los pedazos de la nota que me incriminaba aún se encontraban allí. Me tranquilicé, pero la imagen de Lucía muerta se había instalado para siempre en un rincón de mi mente, y de ahí no se iría jamás.

             Los días pasaron. Recuerdo que salió publicada una pequeña nota sobre el asesinato de Lucía en los diarios. Algunos noticieros también se hicieron eco de la noticia, pero a los pocos días, como siempre, se olvidaron del tema. Por suerte nada se dijo acerca de mí ni de nuestra relación. Me tranquilizó pensar que no se había hallado ninguna otra nota aparte de la que yo tenía. Aunque había alguien que sabía de mi relación con Lucía y quería hacerme daño.

             Muchas personas del edificio nos habían visto juntos besándonos en el subsuelo donde Lucía estacionaba su auto, y varias veces noté que Ricardo, el portero, me miraba con una sonrisa cómplice como si intuyese algo. Me vino también a la mente el momento en el que nos encontramos cara a cara Lucía, su marido, mi mujer y yo en un intervalo en el Teatro Colón, durante una representación de La Bohème . Verónica y yo estábamos tomando un café cuando Lucía se acercó para saludarme. Inmediatamente se la presenté. Lucía le extendió la mano por compromiso, pero la ignoró por completo durante el breve diálogo que mantuvimos. Fue una situación muy incómoda porque Lucía no me dio la mano, sino que me besó en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. El marido de Lucía permaneció a su lado, pero no emitió palabra. Me llamó la atención que Lucía ni siquiera nos lo haya presentado. Por suerte, a los pocos minutos tuvimos que regresar a nuestros asientos, pero antes de despedirnos, Lucía me recordó que al día siguiente teníamos una audiencia de mediación que en realidad no existía.  Era una clave para decirme que tenía ganas de acostarse conmigo. Supongo que eso que llaman “instinto femenino” funcionó a la perfección con Verónica porque a partir de ese momento no me dirigió más la palabra por el resto de la noche. Antes que se apagaran las luces para dar comienzo al tercer acto, el marido de Lucía clavó sus ojos en los míos. Su mirada me inquietó. Sentí su odio al instante.

             Mi cabeza no paraba de pensar. Eran muchas las personas que de un modo u otro sabían o sospechaban de nuestra relación y había por los menos ya dos personas que querían vengarse. No podía imaginar a Verónica cometiendo semejante asesinato, pero al Juez Antúnez Rocha, el marido de Lucía, sí.

             A las dos semanas de ocurrida la muerte de Lucía recibí una citación para asistir a una audiencia de mediación. Cuando miré el remitente no lo podía creer. Era de Lucía. Me di cuenta porque era uno de esos sobres que ella utilizaba, con su nombre impreso en letras plateadas. Inmediatamente pensé que se trataba de una citación que había sido expedida antes de su muerte, pero la fecha era posterior. Cuando abrí el sobre, comprobé que en su interior había un anónimo escrito en letras mayúsculas y con los verbos en plural, como si fuesen varios sus autores. Alguien estaba utilizando los sobres de Lucía. Seguramente, los habían sacado de su estudio. No quedaba otra posibilidad.

             El texto del anónimo era el siguiente :

             SABEMOS QUE FUISTE VOS EL ASESINO DE LUCIA. NUESTRO PROXIMO PASO SERA CONTARLE A TU MUJER. SERIA MEJOR QUE TE SUICIDES, PORQUE EN LA CARCEL LA VAS A PASAR PEOR.

             Me desesperé. Llamé a Verónica pero no estaba en casa. Me atendió Carmen, la mucama, quien me inquietó aún más porque me dijo que Verónica había salido de la casa muy apurada, después de recibir un llamado telefónico. Pensé que Verónica ya estaba al tanto del asunto.

             Los anónimos se sucedieron a razón de uno por semana durante todo un mes. Cada vez que salía de casa o cuando llegaba corría hacia el buzón para impedir que Verónica abriera las cartas. Yo no había cometido ningún asesinato y tampoco podía contarle de mi relación con Lucía. No quería que Verónica sufriera por mi culpa y además estaba seguro de que no me iba a perdonar.

             Al tiempo, recibí otro duro golpe en mi vida. Eran las cuatro de la mañana. Sonó el teléfono. Me sobresalté. Al otro lado de la línea la voz de Mercedes, esposa de Ernesto, sonaba confusa. Entre sollozos me dijo que Ernesto, mi mejor amigo y confidente, se había suicidado. Me quedé paralizado. Verónica, que se había también despertado, al enterarse de la noticia me abrazó y comenzó a llorar desconsoladamente. Nunca pensé que a Verónica podía afectarle tanto la noticia. Después de todo, siempre criticaba las cosas que hacía y decía Ernesto.

             Más tarde supe que Mercedes había viajado a Punta del Este para encontrarse con Ernesto y que cuando llegó a la casa de vacaciones que ambos tenían se encontró con el cuerpo de Ernesto tendido sobre la cama. Se había pegado un tiro en la cabeza.

             Después del funeral, Mercedes me llamó. Dijo que quería verme en su casa.  Fui solo porque Verónica no quiso acompañarme. Sorprendentemente para mí, la muerte de Ernesto la había afectado mucho. Mercedes me pidió algunos consejos relacionados con la sucesión de Ernesto y después de un rato nos despedimos. Antes de partir, me entregó un sobre cerrado con mi nombre escrito en tinta negra. No había duda que era de Ernesto. Era imposible no reconocer sus trazos hechos con esa vieja estilográfica de tinta que inexorablemente se rehusaba a abandonar. Ver la letra de mi amigo ahora muerto me emocionó. Mercedes me contó que antes de suicidarse, Ernesto había dejado varias cartas. Una para ella, otra para su hija, una para su madre y otra para mí.

             No pude abrir la carta por varios días. Todavía estaba shockeado por su muerte.

             Un día, después de trabajar, me fui a un bar. Aún no había leído la carta de Ernesto. En cuanto la abrí, comencé a llorar.

Querido Amigo:

Me mato porque no soporto más esta culpa que me consume. Amo desesperadamente a Verónica y no puedo soportar que ella no quiera estar conmigo. Intenté por todos los medios posibles destruir tu pareja, convencer a Verónica de que te abandonara, pero todo ha  sido en vano. Te ama más que a su propia vida. Hasta donde ha llegado mi obsesión y mi locura que intenté que te suicidaras culpándote de un crimen que no cometiste... Sí, querido amigo. Ese soy yo. El monstruo que mutiló y asesinó a Lucía. Utilizá esta carta sólo si algún día los investigadores de su crimen llegan hasta vos, pero si no resulta necesario te pido que calles. No por mí, ya que no puedo pedirte nada más que perdón, sino por Mercedes y por mi hija. No pierdas a Verónica. Con afecto, Ernesto.  

             Corrí a casa. Busqué a Verónica, la abracé. Ella comenzó a llorar desesperadamente y en un acto de valentía, eso que precisamente me faltó a mí, me contó su historia con Ernesto. La abracé aún mas fuerte y le dije que se quedara tranquila. Que no llorara. Que todo había terminado. Que ya todo estaba bien.

( FIN )

© Marcelo Fabián Quallito