Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Sintonizador

...Un espejo es como televisión en directo de uno mismo.

Yo conocí una vez a una chica que se pasaba horas y horas mirando el espejo. Casi lo espiaba de reojo.

Aunque a veces era solo paisaje de la desordenada habitación, ella seguía mirando el cristal esté su cuerpo copiado en él o no.

Reposaba la mirada en los pliegues de las sábanas, en las florcitas pedorras del cubrecama, se preguntaba durante largos minutos el porqué de los sinsentidos.

Mabel en realidad tenía miedo de estar demasiado cerca de los espejos. Cuando iba al baño, entraba con la cabeza gacha y tanteaba de reojo el espejo para nunca posársele de frente.

Tenía cierto temor de mirarse a sí misma a los ojos. No confiaba en sus propias pupilas salidas del cristal.

Prefería mantener su propia visión del mundo, esa que sale de la cabeza y permite reconocer sólo las extremidades del cuerpo.

Cuando tenía alguna fiesta o un cumpleaños, y quería maquillarse, se iba a la peluquería del barrio para que alguien lo haga por ella. Tenía que confiar en el gusto de la chica que la pintaba porque cuando le decían : “listo, mirate a ver si te gusta así o querés más rosado”, ella empezaba a respirar fuerte y se agitaba, con los ojos desorbitados de pánico. Le transpiraban las manos. Pagaba con indignación y se iba casi corriendo.

Pobre Mabel. Detestaba el nombre con que la habían bautizado, pero eso no viene a cuento ahora. (A muchas personas las castigan con nombres que suenan a vieja. Hasta que un día llegan a ser realmente viejas y el nombre les encaja fantásticamente con las arrugas, los olores a colonia barata y las cejas delineadas con lápiz.).

Igual Mabel no llegó a ser vieja. Qué tristeza. Ella no era para este mundo de imágenes transmitidas en directo. O al menos eso creía.

A la edad de veinticinco años era preciosa y ni ella lo sabía. Tal vez no le daba demasiada importancia a esas cosas.

El pelo naranja hasta la cintura levemente ondulado, los ojos grices , los labios carnosos y acolchonados totalmente besables. Era como una señorita antigua con rasgos de princesa.

Los hombres caían fácilmente ante su belleza y, cuando conocían sus atisbos de locura, la amaban aún más. Porque dentro de esa nacarada y suave imagen había filosos y perversos deseos.

Sólo una vez accedió a salir con un chico. Su nombre era (o mejor dicho es porque creo que sigue vivo aunque un tanto perturbado) Isaac. Vivía en el mismo edificio que Mabel y la había invitado a salir un mínimo de 50 veces. Aceptaba las respuestas negativas de ella con un gesto amable y a los pocos días volvía a intentarlo. Le tocaba la puerta y ya sabía de antemano la respuesta, pero el hábito de proponerle paseos se le había hecho deporte y, además, estaba obsesionado por ella.

Fue el 19 de marzo pasado cuando él, caja de chocolates en mano, tocó a la puerta y le habló de tomar un café.

-“Bueno, me pongo un abrigo y vamos”, le dijo ella decidida.

Isaac parpadeó, pudo contener las ganas de saltar y gritar, pero se le escapó un gestito de triunfo con el puño cerrado, al que ella contestó con una pequeña sonrisa.

Resumiendo la cuestión, a la semana siguiente también se vieron, y a la siguiente también, y la otra, y la que sigue, y la otra también.

Iban a un cafecito en la calle Rosabustos y Carreño. El diálogo era entrecortado y profundo. Se sentaban en una mesita que daba a la calle y permanecían allí unas tres horas. Charlaban de posibles viajes, se contaban anécdotas, y miraban la gente pasar.

En la cuarta salida, al llegar al portón de madera antiguo del edificio, él logró arrancarle un beso húmedo que detuvo el tiempo para los dos.

-“¡Sos tan hermosa Mabel!”, le decía él. Y ella le repreguntaba “¿de verdad?”. Parecía una loca histérica en busca de halagos. Pero ella nunca se había mirado el rostro. Sólo algunas partes sueltas digamos.

En uno de los tantos encuentros ella no soportó más y le contó a Isaac de su temor a verse reflejada en un espejo. Después de eso se sintió mejor, podía ser del todo ella. El mundo que necesitaba era cómplice ahora de su fobia poco social.

Poco a poco, lentamente, se enamoraron. Isaac le reclamaba, siempre que podía, un encuentro un poco más íntimo. Y sí. Es que ya estaban en ese conocido punto donde un beso es poca cosa.

Y así como la convenció del café...bueno, la convenció de llegar hasta ahí. En realidad una noche se estaban besando apasionadamente y la cuestión salió a la luz de manera evidente. Mabel ya no le bajaba la mano cuando él probaba de pasear por su camisa. Era la señal. Tal vez.

Comenzaron a caminar en busca del telo más cercano. Isaac ya tenía uno en vista desde la primera salida pero se hizo el desentendido y la llevó como quien no quiere la cosa.

Ella también quería entrar. Había imaginado ese momento una y mil veces cuando él la dejaba en la puerta de su casa y ella se iba sola a dormir.

Les dieron la suite con hidro Nº 23. Iban por el pasillo escuchando al pasar gemidos y alaridos ajenos y se sonreían, cómplices de amor y verguenza.

Abrieron la puerta e inmediatamente empezaron a besarse y sacarse la ropa como si quemara. Los dos gritaban de placer, danzaban, se arrancaban la piel rumbo a la cama.

Estaban en el momento de mayor éxtasis cuando ella, acostada debajo de Isaac, divisó su propia cara entre la cabellera de él. Un segundo y sus pupilas estaban frente a frente en el espejo del techo. Ojos como puertas. Quedó pasmada unos segundos.

Acabó en un grito, sonrió, y murió de un paro cardíaco.

© María Alejandra Ostrofsky