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Quise desaparecer,
me eclipse despacio,
en una nada substancial.
Desnude el vacío,
descubrí la piel,
percibí en mi,
el sinsabor de ser.
No florece todavía
el elixir ni la medida,
para probar el gusto,
de lo esencial.
Abandoné descalzo,
el mundo real,
y fui dejando,
lo tangible detrás.
Nadé sediento,
en sueños para alcanzar,
la frágil levedad.
Pulsan y se pierden,
detrás de finas pestañas,
el día y la noche,
y toda la vía láctea.
Nubes pintan el cielo,
de color algodón ligero,
y de un azul tan claro,
como tibia luz del alba.
El sol vanidoso,
con manos de terciopelo,
abraza con calor sincero,
a las flores que se levantan.
Y el mar paciente sonríe,
con olas como gestos,
para luego volverse reflejo,
de su blanca
luna amada.
© Nicolás Arévalo