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Separar, cortar, romper...
Cruel la duda punza el lecho del absurdo,
quién
puntual sonríe mentiras,
obtendrá el sacro entierro de su verbo.
El día pasa mientras…
El sol disfraza al recuerdo.
Sensible a la oscuridad,
el rayo veló fotogramas,
inconsciente exposición,
a la incandescente luz, tu luz
Tiempo, revelador,
resigno texturas y gamas,
torno grises e interiores,
las primeras imágenes.
Contactos escondidos,
intangibles en sueños,
lejanos y etéreos,
como colores esfumados.
Trasciende el punzón, al corazón,
el lamento de vaginas asesinas,
¿dónde se escondió tu hijo hoy?
La cortes cordura,
recorte de postal repetitiva,
sal sobre negativos,
que no llegaron a fotografías.
Desde la torre de signos,
caen cartas en botellas,
que el suelo
suele acuñar.
El mensaje llega,
puedo leerlo, bien…
a pesar de tu ausencia.
Pero el pulgar opacó,
el timbre de tu voz…
mis oídos, tristes bostezan.
Tengo tanto para decir,
pero si estás ahí,
tan lejos de acá…
mi carta nunca llega.
El pensamiento en cuartos,
rehén de ignotas paredes,
paseará por
los jardines,
y beberá el flujo de la mente.
El disparador nacerá oculto,
en el instante que perece,
se moverá, pero sin moverse,
se sumergirá en la misma fuente.
La corona de espinas,
yuxtapuesta en las sienes,
provocará dolor suficiente,
para abrir la percepción nula.
Me abuso de los sentidos,
oigo, toco, degusto, huelo y veo,
y me siento nada… nada de nada.
Me ofusco por algo,
detrás de los huesos,
y afuera quieta la nada,
dentro… nada de nada.
Me asfixio, me
afeito,
me acuesto en madera sellada…
y nada, aquí no pasó nada.
Voy a irme por la puerta grande,
antes de que el humo se acabe,
sin forma y efecto, arte.
Voy a guardarme joven, esbelto,
antes de lucir arrugado y mojado,
como un libro sumergido, añejo.
Voy a recluirme espontáneo,
antes de que las palabras adquieran sentido,
antes de convertirme en sujeto,
y por qué no, predicado.
Voy a dormir plácido, sereno,
antes de que los sueños se vuelvan reales,
antes que alguien compruebe lo opuesto.
© Nicolás Arévalo