Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Así como los escritores públicamente dominantes parecen ser aquellos que están bastante al margen del canon -por haber estado al margen, en su momento, de la necesidad de innovar- y que están también al margen del margen -por haber carecido siempre de ese privilegio de escapar a las casillas, a la familiaridad-, también las bandas de rock "alternativas" son las que dominan el espacio público, y su alternatividad no se define por el potencial innovador ni por su rareza orgánica, sino simplemente por el hecho de dominar. Es tan difícil pensar el uso y abuso que el Rock hace del término "alternativo" que, en definitiva, sólo queda aplicar un criterio estadístico: una banda es "de otra naturaleza" cuando triunfa, porque lo "natural", teniendo en cuenta la infinidad de bandas que salen a escena o no llegan a salir de la sala de ensatyo, es fracasar.

Desde que existe el Rock, existe también un canon para el rock, compuesto por bandas que transforman lo dado y que no llegan necesariamente a la consagración masiva -podemos pensar en la Velvet Underground o, desde acá, en bandas como Crucis. A su lado existen otras bandas marginales -Dead Can Dance, Soldado Midi Carrasco- que no llegan a los suplementos o que, cuando llegan, son forzosamente adjetivados para entrar en "algo" que se parezca a una categoría. Pero al ser, desde el punto de vista de la recepción, mayor el peso social de la música sobre los jóvenes que la literatura, la idea de canon y de figuras marginales es un poco más vaga, también más encubierta, más fingida. Hay un margen mayor para el chantaje con las categorías.

El que va a la literatura va en gran medida solo, es menor el sistema de mediaciones que le dicen de qué naturaleza es tal obra y por qué tal otra es de otra naturaleza, alternativa. La escuela, con sus falencias, y un mínimo espacio en los suplementos para jóvenes, pueden decírselo. El rock, en cambio, abunda en mediaciones. Abundan las intenciones. Por eso lo "alternativo", que es lo dominante a corto plazo, no se puede pensar desde la idea de canon y marginalidad, sino desde esas intenciones que median la producción y la aceptación de una banda. Todos los días oímos hablar de lo alternativo frente al mainstream sin saber en qué corriente ubicar a una banda que acabamos de escuchar por primera vez, y de la que algo leímos. Esto último permite pensar que el gusto o la elección individual por un tipo o una banda de Rock/Pop está sujeto, en definitiva, a dispositivos de discurso que hacen visible a una banda, por medio de notas en los suplementos o de sugerencias radiales, e invisible -inaudible, inaudita- a otras. Y si hablamos de dispositivos de discurso, estamos hablando de retóricas, de persuadir hablando. Volvemos entonces a Sábato, a Bukowski, y nos alejamos un poco más de lo literario, eso que es ambiguo, extraño, vago en sí. Eso que no convence a nadie.

El Rock -dije que habría que demostrarlo- no va a la Literatura. Y, lo que es más grave -de ser así, de ser demostrado así- , tampoco va a lo literario. Pero vayamos por partes.

La literatura, planteada desde las letras de las bandas del rock nacional actualmente dominantes, así como el pasado literario del rock, se reduce a un juego de marcas, de impresiones. No existe un devenir, ni de la literatura canónica ni de sus márgenes, ni de la de uso público, dentro del Rock/Pop en tanto diálogo. No se crean líneas de fuga, puntos de partida, intensidades. No hay un tránsito de ideas, ni reelaboraciones; no hay desacuerdos, incomodidades con tal o cual planteo fuerte de un escritor o una banda. Ni siquiera hay lecturas impresionistas, incorporaciones en la letra escrita que respondan a un sentimiento, a un pathos -un enternecerse, por ejemplo, con la soledad de Sábato, una identificación con la alegría hollywoodense de los mártires de Osvaldo Soriano, o al menos con el miedo "joven" de la poesía de Pizarnik. Todo esto está ausente -ya sé que no tendría por qué estarlo, pero lo cierto es que también está ausente el diálogo con las grandes figuras del rock argentino, y hay sin embargo un coqueteo con autores de culto que no es un modo de discutir a esos autores , de hacerles preguntas, sino de dejarse marcar por eso que puede ser una marca de autoridad (snob, bizarra, etc.) . Es lo que ocurre cuando Fito Páez llama a Bukowski, o a Andy Warhol: está llamando a ese prejuicio masivo alimentado por la publicidad, repite sus eslogans -"todo el mundo tendrá su touch de gloria"- y por ellos se deja marcar.

Hay que tener en cuenta que el rock argentino nace vinculado a experiencias literarias universales, o que al menos esas experiencias representaron un horizonte o espejo de las expectativas que nuestro rock pedía para sí. Una banda de los comienzos, tal vez la primera, elegía como nombre propio el mismo que tomó esa generación literaria contemporánea: los beatniks. El nombre funcionaba como una contraseña en una Buenos Aires que en ese entonces ni pensaba en la posibilidad de dar oportunidades institucionales al rock. La contraseña, en ese entonces, tenía sentido: Buenos Aires no era la ciudad de la furia, ni mucho menos de la furia racionada, Unificada según variantes fijas. La gente del rock accedía, a través de códigos como éste de la literatura beat, a algo que ya era sentimiento, pero todavía no era lugar. La relación rock-literatura en los sesenta era inversa si la pensamos en comparación con los noventa : en esos años el boom de la novela latinoamericana producía revistas, audiciones, mediaciones para llegar a la literatura, mientras que las mediaciones para el rock eran escasas en la esfera social.

Una vez armado el mapa del rock, convertida esa esfera naciente en "circuito" , diez años después de su nacimiento, tal vez en B.A.Rock, definitivamente en l982, inventados los lugares, se reinventan las contraseñas, adaptadas ahora a esos lugares fijos, a esa ciudad de discotecas, bares, plazas y estadios. Las contraseñas ya no necesitan aludir a una literatura, a un cine, a un espacio poco accesible en el aquí y ahora de los saberes urbanos; pierden en tanto signos de algo secreto, algo que hay que descifrar. Ganan en cuanto a espacios públicos y privados: nace para el rock la necesidad de los patovicas -temible ironía: la contraseña se banaliza en un "decíme de qué banda sos y te dejaré pasar".

Se puede hacer, junto con la historia del rock, una historia de las contraseñas, de los nombres de las bandas, y también una historia de esos lugares que nacen a medida que le rock se institucionaliza. Por ejemplo, una breve historia de los nombres de los lugares para el rock nacional empezaría tal vez por La Cueva (y en "cueva" resuena una connotación de movilidad, de estalactitas y estalagmitas, de circulación de agua que se filtra) y llegaría hasta esos dos espacios que dominan los ochenta y los noventa, ubicados estratégicamente en los extremos norte y sur del mapa urbano: Cemento y Obras . La idea de "petrificación" en Cemento, de "saneamiento" en Obras Sanitarias, son un poco el símbolo de ese proceso que llevó al rock a un plano institucional.

Otra banda de los comienzos que lleva desde el nombre propio un guiño literario es Los Abuelos de la Nada -el guiño es una imagen de Leopoldo Marechal. Y ya no en los nombres sino en las mismas letras se enriquece la historia del rock ligada a lo literario.

Un caso evidente es el de Spinetta, veinte años atrás, que tomaba como modelo estético e ideológico a Artaud, y más tarde a Jung, luego a Foucault. El modelo entonces no era una marca sino un eje conceptual, un punto de partida para "tocar temas" como la crueldad, la superstición, la violencia, la belleza.

Por su parte, también Charly García cantaba a fines de los setenta, desde Serú Girán, "Alicia en el país de las maravillas", reinterpretando la historia de Carroll en una lectura lúdica, plena de nuevos sentidos, sugerente.

En los ochenta, autores como Luca Prodan se permitían el plagio, el vagabundeo por una imagen poética cuyo creador era ignorado en el medio local -el "hasta que choque China con Africa te voy a perseguir", que es la traducción gauchesca de un pasaje de Auden-. Una letra de Virus podía decir "la noche soy’ sin que se sepa que es un verso de Alejandra, aunque la Pizarnik ya era una "marca" en el medio local, sobre todo para la subcultura dark.

Es en estos años, los ochenta, que surge la necesidad de historizar el rock argentino, de establecer períodos. Los músicos de rock encuentran los espacios públicos a partir de la decisión de una junta militar de paliar todo lo que de inglés hay en las radios. Y así como, ante esta decisión, todos los historiadores del rock han reconocido un soporte institucional muy fuerte, también hay un consenso en todos los músicos de rock al reconocer que la música joven en Argentina ya es ni más ni menos que una Tradición. O sea que el pasado es motivo de nuevas actitudes : por un lado, historizar el rock; por otro lado, reelaborarlo estéticamente. Homenajearlo. Parodiarlo.

Nace el canon nacional -Los Gatos, Almendra, Manal y muchos más. Y nace la literatura sobre el rock desde el rock. Los primeros ochenta son los años de la parodia: Virus se burla de las imágenes spinettianas, Los Twist del imaginario de Sui Generis. A fines de esta década, y ya claramente ante una Institución, una banda como Los Telépatas hacen del primer ideal del rock argento, el ideal del naufragio, el centro del disparo más mordaz que hasta hoy salió del rock hacia sí mismo: "Con mi balsa yo me iré a Pinamar".

En los noventa, ¿qué desaparece? Ante todo, la fascinación, por lo que dijo otra banda. En segundo lugar, por lo que dijo o dice la literatura. Desaparece el alimentarse en directo o rumiando una frase ajena, una construcción de sentido ajena, una sintaxis que descoloca por su novedad aun cuando en su armado no haya nada extraño. Lo que está, en cambio, es la marca, el eslogan. La idea de Warhol que retoma Páez y que mencioné antes -la del "touch" de gloria- no es una lectura sino claramente una reproducción de algo que constituye la vulgata de un creador, la "gran idea"repetida hasta el hartazgo. Lo que está, también, es la sintaxis de la publicidad, eso que nos pasa cuando vamos por la ruta y se nos mezclan las pocas palabras de varios avisos, eso que es un "entender" por contigüidad de superficies, de marcas, esa gramática en un solo nivel, la yuxtaposición de sustantivos que se muestran y que no demuestran nada en virtud de su soledad, de su autosuficiencia como signos, de su orgulloso totalitarismo. Es lo que se nota también en las letras de los Divididos, una yuxtaposición de sustantivos con frecuente inclusión de marcas -donde entra la palabra Borges como una marca más, sin comentario.

Se sabe, por razonamiento y también, lamentablemente, por contigüidad de eslogans que no dan para pensar -pienso Mc Luhan pero también la nueva versión del just do it, "Soberbia"- que en la publicidad no hay mensaje, sólo hay mostración. La vieja idea de mujer, que mostraba (su cuerpo, sus marcas) frente al hombre que demostraba (sus ideas, su profundidad) corresponde ahora al sistema publicitario. El lector-hembra que imaginó mal Cortázar es el hombre que adquiere marcas, en una casa de deportes o en un recital de rock (¿también de jazz, Julio?). Aquella imagen de los Beatles atareados frente a una multitud femenina es impensable hoy, cuando el rock se hace duro o conceptual básicamente para hombres que se consideran inmersos en esta o aquella Unidad, y que pagan su identidad de acuerdo al lugar del cuerpo en que hay que llevar esa categoría, el pelo, los pies, la espalda, las muñecas, también el cuarto de uno como prótesis carnal.

"Cuando me muera, quiero una tumba con grabador, para seguir escuchando a los Redó".

Tumba con grabador, curiosa síntesis, tal vez espectacular, de aquella vieja dicotomía civilización/barbarie. Curioso territorio: tumba. Tumbas de la gloria. ¿Ya no hay necesidad para el rock de redefinir el territorio, de consolidar una identidad? La imagen, en tanto poética, es grossa.

¿Las bandas de rock habrán dejado la responsabilidad de la creación literaria a sus fanáticos? No es, sin duda, el caso de Los Redonditos de Ricota. Hay algo, sin embargo, que se deja llamar tumba, y que está relacionado con lo literario.

Trato de mostrar que el rock actual no va a la literatura sino que, cuando va, va en todo caso a ese estatuto de marcas literarias, de eslogans, de figuras que tienen mucho que ver con las prerrogativas del "reviente" (Bukoswi, también Henry Miller en "Primavera negra" de Los Caballeros de la Quema) y que en la mayoría de los casos no hay diálogo, no hay intertextualidades.

Un caso curioso: El disco "Rosas rojas", primero de La Portuaria, está dedicado a Borges, y sin embargo nada más lejano del imaginario borgiano de esas rosas rojas que Diego Frenkel entona con acento andaluz y en un ritmo que tiene mucho de íbero y poco de americano -nada más lejano, también, de Borges, que España. Hubiese sido un acierto intertextual dedicarlo a Manuel Puig.

Otro caso curioso: en "Maderita", último disco de Los Visitantes, reaparece casi como idea la "pampa", palabra que Palo repite insistentemente. Pampa es territorio, es identidad. Pero si no puede ser redefinida por el rock, si no existe un aporte significativo para comprenderla y en cambio se canalizan las ternuras del tipo "quiero estar en la pampa" o "me gusta la pampa", el resultado nos lleva mucho más lejos de la poesía y de la realidad que Don Segundo Sombra.

"Maderita", se puede decir, fue compuesto algo más de ochenta años atrás; Almafuerte -en la versión de Iorio- es, a su lado, vanguardia.

Trato de mostrar que el rock, una vez institucionalizado, no necesita la complicidad de la literatura. Y que, tal vez, no necesita lo literario. Son poquísimas las letras que sugieren un sentido en profundidad, vislumbrable apenas por la ambigüedad de algunas palabras que funcionan como objetos discriminadores, portadores de una compleja significación. Si tomamos dos canciones, una de los ochenta -o sea del momento en que el rock comienza a ser historia, a institucionalizarse, en la etapa post-Malvinas- y otra de los noventa, y las leemos entre líneas, las diferencias pueden ser catastróficas. Voy a buscar un ejemplo que, aunque favorece mi hipótesis claramente, no es un ejemplo sacado de la galera: "Amanece en la ruta" de Suéter y "Costa" de Los Brujos, dos temas fuertes en su momento -mediados de los ochenta, fines de l996- interpretados por dos bandas recién lanzadas. En "Amanece en la ruta" la ruta y el auto que se prende fuego son símbolos que dejan leer entrelíneas una denuncia a ciertos procedimientos de la dictadura. En "La costa" como símbolo -"hay que saltar, hay que patalear, la costa va a llegar" , dice esta canción lanzada a las radios un poco antes del verano- lo que se puede leer entre las líneas es la promiscuidad comercial de los que ven la temporada de Gessell o de La Feliz como un rotundo negocio para el rock. Muy lejos quedó "La Balsa", el ideal rockero del naufragio, para el cual cualquier llegada a costa sería motivo de desprecio.

No hay redefinición del territorio. Tampoco hay esa desterritorialización, esa línea de fuga o devenir -geográfico- más allá de un porvenir -político- de propiedades sumamente establecidas. Lo que hay es una repetición "mongólica" de la geografía: pampa, pampa, pampa, costa, costa, costa.

Y es que el rock tiene porvenir -no es un impulso "natural" sino político el que hace que todo el mundo toque o esté por tocar en una banda- y, por lo menos hasta el año en curso, tiene suficientes espacios para canalizar la cantidad de bandas que surgen semana a semana.

Hablando de geografías, para los que tenemos veintipico y cierta afición-aversión a la literatura, más que con el , en cuanto a un instar a la creación poética, nos identificamos con el suplemento Rural -deseemos o no un paisajito.

© Cristian De Napoli