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La Maga en coma
(Fragmentos sobre rock y literatura en Argentina, hoy)
Monstruo de tres cabezas, trenzadas, entrelazadas, alzándose una -cualquiera de ellas- a pesar de las demás, dos más. Trepanando una a las otras, cualquiera.
Música. Letra. Gestualidad. Cada una, con respecto a las otras, pudo haber sido entonces injusta, desajustada, profana. Los antiguos trepanaban los cráneos de los enfermos para intentar curarlos. Los antiguos -Hendrix, Reed, Bowie; Moura, Spinetta, Prodan- hacían sus orificios en esas tres cabezas quizás con un único fin -digo, si el fin del arte es curativo- pero con medios que siempre cambiaban. Que cambiaban en su interior, en su composición, desde lo particular. Transformaciones químicas: estilísticas, políticas, también geográficas. Desplazamientos: del rock crudo al progresivo, de Londres a las sierras cordobesas, de una casa con diez pinos al suburbio industrial.
La música, la palabra y el gesto no eran Unidades. O, en todo caso, formaban una Tríada donde cada cabeza devenía otra cosa, en particular. A pesar de las otras, y no gracias a las otras. Siempre en cambio, el cruce de las tres cabezas en un momento -un simple, un disco- definía una identidad, una trepanación, momentánea, arbitraria, una pompa de jabón abandonada una vez que la máquina de hacer pompas -la propia máquina, más allá de sus operarios- recombinaba su material.
Puedo hablar, por ejemplo, de Diversas letras sumadas a Una música y Pocos gestos (Dylan); de Pocas músicas sumadas a Un gesto y una Múltiple discursividad (David Byrne); de Un gesto junto a Varias letras y Diversas músicas (Sumo); del Cero gesto de Una música de letras Infinitas (Los Redondos); de Varios gestos -virus gestual- en Algunas músicas de Una letra (Virus, y no importa que sean letras colectivas, o sí importa: su unidad de mensaje es una combinación más). Y, sin embargo, mi planteo es arbitrario; con respecto a estas bandas, cualquiera puede no acordar -Cualquiera puede no acordar. Además, mi planteo no resiste el paso de un disco a otro, de un período a otro. El problema es que en el rock de los noventa es más fácil pensar las bandas según un esquema de combinaciones fijas, donde las tres cabezas forman Unidad. Y es más fácil que Todos acordemos.
Una vez que el rock hace de esas tres cabezas una Unidad, se institucionaliza -o al revés, y acá realmente no importa quién violó a la gallina, si los músicos o la industria cultural. A tal banda, cuya música es exceso de samplers, le corresponde un mensaje exclusivamente lírico y una pose señorial. A aquella que canta contra la discriminación racial, sólo le calza una puteada parecida a una sonrisa y un ritmo al palo pero hasta ahí nomás. El virtuosismo de las guitarras de diez minutos no tolera un virtuosismo de la pose o la vestimenta al estilo Bowie. El que odia el universo no puede o no debe manifestarlo en un ritmo afro ni en eso que se llama world beat, pero puede cantar su odio siempre y cuando adopte un hábito -una imagen- a todo odio en todo canal. El rock -eso que, nos enseñaron, siempre está transformándose- deja de transformarse para sí en el nivel de lo particular, de cada banda, a medida que se saturan y se hipercanalizan las posibilidades estéticas en un nivel general, con toda esa gama de prefijos para la palabra rock que semana a semana nos ofrecen los suplementos jóvenes de los diarios.
Especialización e ignorancia, como en la medicina. Pero lo importante es evitar la mala praxis, la mala imagen a la hora de tocar, de desenchufar.
Sería bueno evitar las afirmaciones y las negaciones rotundas, y aceptar en cambio la Posibilidad, lo hipotético, lo condicional. Dejar el Sí y el No por un
Si (eso, sin acento). ¿Y si escuchamos heavy metal jamaiquino? ¿Y si mezclamos lirismo y denuncia social? ¿Y si com-ponemos?
Hablaba de trepanaciones. Cuando el rock deja de hacer orificios, empieza a "romperte la cabeza". Deja de agujerear, de hacer huir algo -un líquido, una solución, un sistema- por un agujero deliberado, y comienza a martillar. Deja de ser un monstruo de tres cabezas, tres seres vinculados entre sí pero sin formar una Unidad. Deja de ser una Tríada, y pasa a ser una Trinidad. Se catequiza. No hay gesto sin hábito (Marilyn Manson, también la inalterable pose "satisfaction"de Los Ratones Paranoicos). No hay letra sin idea fija (el "say no more"con que Charly García cierra y abre cada reportaje). No hay música sin clasificación-ritual (nosotros hacemos grindcore y el hardcore nos parece aburridísimo). Pasa a existir Un gesto adecuado a Una letra y Una música. Incluso cuando se habla de pluralidad (de estilos) hay esa Unidad encubierta, conformada por determinados ritmos estética, políticamente, adecuados a la imagen de determinada banda -es el caso de Los Fabulosos Cadillacs, cuyas transformaciones rítmicas no son un devenir sino un adecuarse a lo vendible que cambia mínimamente cada temporada.
© Cristian De Napoli