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El creador de sueños

     Siempre supinos que la carga que su corazón soportaba, iba más allá de lo que cualquiera de nosotros hubiese podido resistir, pero no de lo que nos podríamos imaginar. Sobrellevaba con altanería su cargo, elegante en la austeridad del oscuro rincón de su despacho, vigilante, astuto y sagaz, dispuesto a hundirnos en la miseria con un simple toque de su pluma, llevarnos a la horca, o alzarnos como reyes en nuestro pequeño trono de la Villa. Su pasión consistía en robar espacio al papel con su tinta, desdeñar las horas de sol para hundirse en la noche sobre el raso de su nada pulcro escritorio. Donde se confundían los informes y edictos, las cartas y recomendaciones, él planificaba viajes y sopesaba destinos, cortejaba a alguna dama en edad de merecer o incluso se dejaba mecer por el viento. Aquella singular pluma sobre su avejentada mano nunca temblaba cuando se dejaba llevar por su imaginación, excepto la víspera de su marcha.

     Su nombre, patrimonio de risas y chistes en aquellos entonces, acabó olvidándose de nuestras mentes, no así su rostro aguileño ni sus claros ojos. Su sombrero de ala ancha había ocultado un bonito rostro antaño, según confesaban las ancianas de la Villa, pero la figura que ahora escondían sus flotantes ropajes negros, encubrían un cuerpo enjuto, consumido y descarnado. La primera vez que crucé palabras con él, me pareció una voz surgiendo de lo más profundo de una iglesia y que crecía al alcanzar una gran bóveda. Sois aquel que sembré y vengo a recoger mi fruto, dijo. Dios sabe que entonces desconocía el trasfondo de aquellas palabras, y menos que se pudiese referir a mi insignificante persona. “¿Queréis probar?”,le musité iluso de mí, pensando que querría comprarnos alguna de las frutas salvajes. Por aquella época estival, los niños del lugar solíamos recoger vallas en el bosque y venderlas por unas cuantas monedas en un rincón de la plaza. Jadón “el marino”, el dueño del mesón, nos dejaba llevarnos una de las mesas a cambio de no molestar a la clientela más selecta en la terraza. Nadie supo decirme jamás la razón del seudónimo del mesonero. Jadón nunca cogió barco alguno ni se alzó a la mar, de hecho, a mi corta edad, aún no conocía a nadie que hubiese viajado a otras tierras. Quizás debido a ello y a mi desmesurado interés por las cosas desconocidas, siempre gocé de una capacidad innata para la imaginación. “Cualquiera de vuestras monedas será bien recibida por nuestra bolsa” . Continué.

   El hombre sonrió, o al menos el rictus reflejado bajo el ala de su sombrero, podría haberle parecido a un niño inocente como yo, algo distinto a lo que realmente formaban sus cansadas facciones.

   Aún recuerdo perfectamente ese día, el único en el que se dignó a pasear bajo el cielo azul. Varias horas después me encontraba en una de sus sobrias habitaciones de invitados, sorprendido, emocionado y un tanto asustado, aquel hombre tan atrayente y extraño me había elegido como aprendiz, pero, ¿aprendiz de qué?

   Los años pasaron con la misma rapidez que yo arrancaba las hojas del almanaque. Mi maestro dormía prácticamente todo el día encerrado en su habitación y en las noches se introducía en aquel habitáculo que él llamaba despacho.

   El tiempo transcurrió de igual modo para mí, convirtiéndome en un joven apuesto y bien vestido, alimentado y educado, galán de las jovencitas de mi edad y líder de mi grupo de amigos. Sin embargo, en todo este tiempo ninguna enseñanza especial recibí de aquel hombre que pagaba mi sustento. Cada vez me cruzaba menos con él en los pasillos de aquella vetusta mansión, y mis salidas se fueron reduciendo por orden suya. El aburrimiento hizo mella en mí, así que comencé a fijarme más en el lugar que me rodeaba. Numerosos cuadros adornaban las descoloridas paredes, en la mayoría de ellos se mostraba una mujer de hermoso rostro, en otros, la infantil imagen de una niña en jardines utópicos. Las pinturas eran de gran calidad, pero parecían demasiado descuidadas y polvorientas, de hecho, las cortinas parecían polvorientas, la chimenea parecía polvorienta, mi habitación parecía polvorienta, toda la casa parecía haberse sumido en pocas semanas en el olvido y la dejadez, o quizás siempre se mantuvo así. Jamás me había preguntado antes quién se encargaba de la limpieza, de plancharme los trajes o de preparar la comida. Él seguro que no. Pero entonces fui consciente de algo, que durante aquella larga década junto a mi maestro, nunca vi a nadie más en aquella casa.

    Una   terrible curiosidad me invadió. Mientras mi maestro dormía, me introduje en una de las habitaciones prohibidas, su despacho. Multitud de papeles consumían la estancia. El suelo, las estanterías, los armarios y los sillones, todo mobiliario aparecía cubierto de papeles escritos en una tinta negra que brillaba con los rayos solares, centellas que penetraban en la estancia a través del ventanal. Me acerqué con intención de tocar el escritorio, sin embargo, rehice mis pasos cuando en uno de los papeles cercanos visualicé un nombre, “Rosalín”. El nombre de la muchacha más hermosa y dulce de la Villa, sus ojos me habían encandilado tiempo atrás.

   Rocé con mis manos cuidando de no estropear el fino papel y comencé a leer. Aquellos escritos hablaban de la misma Rosalín que caminaba conmigo los domingos a misa, jugueteaba con sus rizos dorados y me sonreía tras su abanico en los festejos. Agarré otro papel a mí cercano, Lastax, Hujin, Marlenio, Jadón, todos ellos tenían su reflejo en los pliegos y en todos ellos se relataba algo de sus vidas.

   La ventana se abrió de manera brusca y el viento voló algunos papeles. Tras la colina se retiraba el sol, tardaría poco en anochecer y la decisión de continuar allí no parecía mejor que la de volver en otro momento.

   Así lo hice, todos los días atravesaba como un ladrón a hurtadillas la ruidosa puerta de roble que me separaba de aquel cúmulo de historias. Comprendí entonces que mi maestro relataba las experiencias de mis vecinos, algunas demasiado íntimas como para que él las conociese. Seguí rebuscando, incluso hallé la narración del día que mi maestro me acogió en su hogar, pero no sólo eso, mi nacimiento, mi cumpleaños, mi primer beso a escondidas, todo aquello se había plasmado por su mano en aquellas hojas. Hasta que un atardecer conseguí algo más. La tinta aún permanecía fresca, leí asombrado y cree al sonido las últimas palabras plasmadas, “La esperanza no es más que un vano intento de mendigar paz.”

     Mi curiosidad se transformó en una enfermiza desconfianza. Una noche me decidí a entrar en su habitación mientras él escribía en el despacho. La habitación se encontraba en el ala oeste de la mansión. Las sombras cubrían todos los pasillos, pero no me atreví a encender vela alguna que descubriera mis intenciones. Escuché tras la puerta del despachó. Silencio. Continué. Caminé sigiloso, ansioso e imprudente hacia la alcoba de mi maestro, paseando sobre la culpa de ser extraño en aquella casa y ladrón de suculentas intimidades.

   Me introduje. Dos candelabros presenciaban la estancia sobre un enorme escritorio de madera reluciente. Ninguna cama sobre la pared o armario que guardase ropa. Allí no había más que un mueble en el centro y multitud de más papeles junto a uno de los pies de la mesa y otro montoncito encima de la tabla. Algo más llamó mi atención, el retrato de una familia enmarcado en nácar destacando entre los dos grupos de velas. En la imagen sobre el satén, un hombre apuesto y de ojos claros rodeaba con sus brazos a una mujer y a una niña, parecían muy felices.

   Bajo una extraordinaria pluma, cuya punta artesanal aún permanecía manchada de tinta, halle   su secreto. Leí las páginas, una tras otras, enlazando mis torpes dedos con el rugoso pliego. Cada párrafo narraba acontecimientos de un futuro cercano, pareciese como si cada uno de los ciudadanos de aquella Villa tuviese su destino allí plasmado. El próximo catarro de uno,   la boda de otro,…

   Tiré las hojas, no logrando comprender que macabra diversión ocupaba el tiempo de mi maestro, entonces, una voz cansada y lejana habló tras de mi. No te asustes por lo que ven tus ojos, dijo mi tutor con un tono indistinto, indiferente. Él se acercó. Avergonzado por mi intrusión y su inesperada aparición, retrocedí por instinto, sintiéndome ridículo ante aquel individuo al que sacaba dos cuartas. El dueño de la habitación cogió el pequeño retrato confesándome que en algún tiempo las cosas no fueron así y que todo había cambiado a causa de ella. ¿Ella? Después su voz se apagó por unos instantes. Pretendí que me explicara la razón de toda aquella absurda historia. Quería enfadarme, pero la congoja me atrapaba y lo único que conseguí de él fue un vago asentimiento. Pasaron varios minutos hasta que se atrevió a comenzar, tiempo suficiente para que yo me relajara. Y con voz parsimoniosa, cansada pero constructora de palabras que danzaban en mi cabeza, comenzó su narración:

     Son los sueños lo que nos hace vivir. Las metas suponen un lazo entre la vida y la desesperación. El abandono no es más que la huella que deja la falta de estímulos, el hueco que provoca el olvido de uno mismo, la sinrazón. Sembramos una semilla y la regamos, deseando que ésta crezca y florezca, pero cuando pasa ese instante, dejamos de alimentarla, porque nada cambia, nada es más bonito que ayer. Yo no sabía de qué diablos me estaba hablando pero el continuó, gimiendo mientras rozaba con su esquelético dedo el rostro dibujado de la mujer del retrato. Yo la amaba. Siempre le habían gustado mis poemas, mis cuentos y novelas. Decía que llegaría muy lejos. Una noche de luna plena y baile de estrellas, le grité…gritamos. Yo quería viajar, tenía aspiraciones, sueños que cumplir, lugares que visitar y gente a la que conocer. ¿Cómo iba a ser un buen escritor si no conocía nada del mundo? Pero ella no lo comprendía, adoraba la Villa y su vida sencilla, quería que nuestra hija creciese en aquel lugar pequeño y alejado de cualquier sitio. Una madrugada marché, demasiado temprano para el canto del gallo y demasiado tarde para que nadie pudiese interrumpir mis pretensiones. Pronto el deseo de verla se calmó con la visión del mar y el suave traqueteo de los carruajes, las enormes extensiones de llanura verde y los formidables edificios de la gran ciudad. Me olvidé, he de reconocer, me olvidé que la amaba, y que ella era y siempre había sido mi principal sueño, mi principal ilusión, el germen de inspiración. Todos los diarios escribieron sobre el acontecimiento. “Una loca incendia un pueblo y después se suicida. No han quedado supervivientes.” Pero ella no era ninguna trastornada. El loco fui yo, ¡yo era el maldito que le había llevado a la muerte! Mi Rosalín. Rosalín, repetí en mi mente, y entonces me asusté por el asombroso parecido que tenía la mujer del retrato con mi joven amada. Tardé varias semanas en llegar a la Villa. Todo estaba devastado, todos se habían ido, se habían muerto, incluida mi pequeña hija. Vagué entre los troncos quemados y las calles arrasadas hasta llegar al que fue mi hogar. Y allí lloré, grité, peleé con mi alma, maldecí y me odié, me odié porque yo era el causante de toda aquella catástrofe . Se alejó de la luz de las velas, acercándose a la ventana, permitiendo que su imagen se reflejara en el sucio cristal. Finalmente caí rendido sobre lo que había sido nuestra alcoba de matrimonio, justo donde pisamos ahora. Abrió los brazos, señalando toda la habitación. Y cuando desperté, me encontraba en mi hogar, sin destruir, en esta otra habitación . El hombre se encaminó hacia una puerta que me había pasado desapercibida hasta entonces. La abrió, y como si fuera obra del diablo, aquella abertura comunicó con el despacho de mi maestro, ubicado en la otra zona de la mansión. Sobre mi escritorio encontré una pluma de escribir y un bote de tinta. A los dos objetos los acompañaba una nota : “La esperanza son pequeños retazos de vidas que queremos sentir, de sueños que deseamos cumplir. El olvido es un candado que cierra los corazones humanos. Los recuerdos una llave que habré las heridas del pasado. Te ofrezco el dolor y la puerta a la esperanza, pero también la redención y la paz”. Firmaba Rosalín. En un principio no comprendí aquel mensaje y el porqué la casa estaba en pie. Pero comencé a escribir y todo se aclaró.

    Aquel hombre estaba delirando. ¿Cómo pretendía que creyese tan absurda historia? Pero aún me quedaba más por escuchar. Me relató que el pueblo siguió como si nada hubiese acaecido sobre la Villa. Sus calles limpias y sus gentes sanas y alegres. Pero mi maestro soportaba un deber, la obligación de ofrecer a aquellas personas lo que él tanto había reivindicado, sueños, motivos por los que despertarse cada mañana. Todo aquello que escribía se cumplía, capaz de escuchar sus pensamientos y sus conversaciones, corroboraba así que se plasmaba en sus vidas lo que él establecía a base de pluma y tinta. Durante mucho tiempo, -el saco de la vida y de los años pendía sobre él-, disfrutó jugando a ser Dios, pero le surgió una duda, deseaba descubrir qué soñaban sus marionetas cuando dormían, cuáles eran sus inquietudes. Entonces fue consciente de su error.

   El hombre se agacho, recogiendo un papel que aparentaba gran antigüedad. Yo quise saber –un poco más interesado en el imaginario cuento de mi maestro-, qué descubrimiento levantó el velo de su error. Aunque si su intención consistía en probarme y atraparme en su juego fallaría en el intento. Me resistía a creer toda aquella historia, sin embargo, reconozco que no hubiera existido relato creíble   para explicar lo hallado en las dos estancias. Sus pesadillas . Soltó realizando una mueca en un amago de sonrisa, una sonrisa lacónica y triste. Contó cómo descubrió que las gentes moldeadas a su antojo tenían sus propias ilusiones, y no precisamente grandes cosas como mi maestro les designaba, sino cotidianos deseos: el ver crecer a un hijo, llevar un bonito vestido a la fiesta de Pascua, compartir un bizcocho con sus amigos o disfrutar de un buen día junto al río. Esos sueños que él les imponía, anulaban los que debieron de haber tenido, convirtiendo los deseos propios en resquicios del subconsciente, mortificándoles cuando dormían. Sus visitas nocturnas se hicieron habituales, mientras disimulaba que escribía en el despacho espiaba sus pesadillas, y por la mañana plasmaba su futuro. Sin embargo las pesadillas no cesaban y nunca cesaron, porque ellos estaban muertos, y jamás cumplirían sus sueños. Me confesó que aquello le confundió, si es que no lo estaba ya por completo.

   Seguí a aquel hombre que para mí era aún más desconocido de lo que siempre fue. Nos introdujimos nuevamente en la habitación de los dos candelabros. Tuve miedo de preguntar algo que me corroía por dentro, ¿quién era yo?

   Una noche recordé parte de la carta, algo que aún no te he contado. La tinta, todo el poder estaba en la tinta. La carta de Rosalín establecía que cuando el bote de tinta llegara a la mitad, el que había sembrado debería recorrer el dolor para poder olvidar. Fue cuando llegue a comprender las primeras palabras de mi amada. Los recuerdos, el dolor, los sueños y la esperanza. Me miró fijamente, apreciando mi anonadado rostro. Rosalín no me ofreció el paraíso, sino su particular venganza. Yo debería sufrir y sentir todos los sueños que les fueron negados a ellos. La Villa , lo que tú llamas tu hogar…no existe. Es sólo un triste reflejo. Tú eres el que yo había sembrado. Tú eres yo. Somos la misma persona. Su cansancio aumentaba de forma notable. Aunque ya no se que es realidad y que utopía, no eres más que el reflejo de lo que yo quise ser, incluso has elegido a la misma mujer que yo. Rosalín. Volvió a acariciar el retrato de su mujer.   Ella siempre ha estado conmigo en este… ¿lugar? En fin, tú eres por eso lo que yo sembré y has de cerrar el ciclo de esta maldita existencia, anulando lo que yo cree durante tantos y tantos años. La tinta hace días que roza su ecuador, ahora te toca a ti lo más difícil. El olvido es un candado que cierra los corazones humanos.

   Le miré interrogante. ¿Yo? Que sabía yo de maldiciones y lugares malditos, además, ¿no se suponía que no existía, que era un simple reflejo? El colmo. Demasiadas sandeces en una sola noche. Caminé hacia la puerta que conducía al pasillo, pero algo, supongo que el deseo de escuchar el final, o al menos entender en que radicaba mi misión, impidió mi oportuna huida. Repitió mi maestro las palabras de la carta “El olvido es un candado que cierra los corazones humanos. Los recuerdos una llave que abre las heridas del pasado. Te ofrezco el dolor y la puerta a la esperanza, pero también la redención y la paz.” Me dejó claro, con un tono cansino y mirada incisiva, que él había cumplido su parte y que me correspondía a mí abrir los recuerdos, el dolor del pasado y cerrar cada herida. Pero la perplejidad que me absorbía no casaba bien con dicho encargo.   Según sus palabras tendría que escribir cada uno de los recuerdos, de los hechos vividos, experiencias buenas y malas. Cada cosa que surgiera de la pluma dirigida por mi mano se olvidaría para los muertos, pero quedaría guardada en la mente de aquellos que nos quisieron en vida. Pero, ¿Qué pasaba con los muertos? Me inquieté, pero no hallé respuesta satisfactoria. Él se acercó. Nunca le había tenido a tan escasa distancia. Y entonces me dijo que eso lo descubriría cuando terminara mi tarea. El sufrimiento me acuciaría en algunos momentos, los recuerdos serían dolorosos a veces, aunque no estaría solo, Rosalín…

   Mi maestro se acercó a una de las esquinas más sombrías y allí quedó, sujetando el retrato de su familia. Cerró los ojos y suspiró, fue entonces cuando por un instante pude ver en su rostro la lozanía del hombre que fue antaño.

   Al día siguiente desperté en el suelo de la alcoba. De mi maestro no hallé rastro, salvo una anotación realizada con mano temblorosa y con la tinta especial sobre un pergamino muy antiguo, en la que decía:

                                “El cenit antecede a la luz, el mar a la tierra.
                        Para Él fue la última sombra,
                                pero nadie le vio desembarcar en la unánime noche.”

   Sin duda pertenecía a su último designio y también a su despedida.

   Agarré con delicadeza la pluma e introduje con ligero nerviosismo la plumilla en la tinta negruzca, eligiendo el primer recuerdo a ser borrado en este lugar maldito, y entonces escribí un nombre, su nombre, el cual fue olvidado para siempre.

© María Teresa Martín González