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Fin. Gira por la vereda de la avenida, el
boulevard está lleno de tilos florecidos, los autos con delicada
ignorancia siguen su curso, el aire esta un poco frío, y el sol empieza a
salir, es un día limpio, tanto como para seguir caminando. Ahí va, camina sin saber dónde,
lleva el mentón al cielo y cierra los ojos, extiende las manos hacia atrás y al
suelo. Los caminantes lo ven y cambian de acera. Se sonríe, y deja caer una
lágrima, ni de cuentos ni de novelas, una lagrima con más fuerza que la propia
ciudad y con más sencillez que los mismos tilos cuando
caen. Lo enviste un sentimiento de
energía y corre, por momentos; sigue su curso, ahora se tranquiliza, deja
fundir su cuerpo en un banco del boulevard y llora desconsoladamente, tomando
fuertemente la madera donde se sienta a la altura de sus
rodillas. La mañana se desboca a las 10:00 AM, solo se
refleja en su cuerpo la gravedad. Toma una mano con la otra como queriendo
exprimir sus propios dedos, el paso del sol sobre la copa del árbol que lo
cubre, muestra, ahora, su piel pálida. Sentado estira sus piernas y las cruza,
lleva sus manos a la cara y la tapa, solo ahora cubre sus
gestos. La quietud lo invade y lleva sus ojos a una
baldosa, vuelve en si, se compone, se para y estira la piel de su rostro,
planchándola con firmeza hacia atrás, un gesto de rudeza envuelve desde su
cabello hasta sus piernas, y retoma el camino de regreso por donde
vino. Un hombre más caminando por el centro de la
ciudad, se detiene a comprar cigarrillos, rompe el seguro del atado, se apoya en
la pared de la casa vecina, un cigarrillo esta en su boca mientras las manos
buscan automáticamente un encendedor, su vista quieta e inmóvil delante de su
cuerpo. Sigue caminando, fuma, sigue caminando, con
la mano izquierda lleva el cabello que cae en su frente hacia atrás. Un último
absorber del tabaco que luego termina debajo de la suela de su zapato y
entra. Me acerco a leer la chapa de la puerta del
lugar:
(Favor no enviar
flores). Hay quienes dicen “amor”, de la misma manera que pronuncian las palabras: autos, castillos, café, dilema, no, si… Hay quienes ya no sienten y quienes intentan recordarlo, quienes viven debajo de los relojes y quienes viven prescindiblemente. Están los hombres y mujeres que aseguran vivir en una ciudad, y hay quienes aprenden a disfrutar la inmensidad de sus posibilidades, quienes buscan fuera ya de tiempos y espacios, quienes pretenden aprehender al amor, y ya no solo nombrarlo. Vivir sintiendo y razonando cada latido es amar sabiendo que se ama. De cada espacio que tus pies tocan un infinito se abre, a cada segundo que parpadeas puedes ver lo que estas recorriendo, con cada sonido buscas el imperfecto equilibrio que necesitas, en cada trago absorbes los gustos que te hacen o deshacen y en cada caricia te haces humano. Con la tibieza de los maizales al
sol. Saboreando la dulzura, adulta de
mármol Con los cuerpos ofrendados a
Venus Con los puños que se
cierran, Llorando como
niños. Sin el deseo carnal,
Con paz. Si de tu boca
brotara |
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©
María Laura Sandoval
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