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Muerte: ¿principio o final de la
vida?
Martes 13 de agosto de 1956. ¡Qué fecha!. Día especial: para los supersticiosos y para mi familia. Ese día lluvioso (como no podía ser de otra manera) nací yo.
Una mezcla de mi mamá, de mi papá, de mi abuelo, de mi tía abuela, de mi tatarabuelo, y hasta de la cuñada del sobrino de mi primo... A pesar de todas estas similitudes (que solo ellos me encontraron), yo era simplemente yo; pero a pesar de que tenía virtudes, había algo que me caracterizaba, y no precisamente por ser bueno: esto era el miedo a la muerte.
No sé bien por qué pero esa especie de “fobia” estuvo siempre presente en mí... ¡y encima había nacido martes 13!... ¡Qué destino me esperaba!
Así pasaron varios años de mi vida... entre preguntas que me hacía a mi misma y que a veces me animaba a decirlas en voz alta.
En algunas ocasiones, escuchaba que los grandes decía: “¿Para qué vivís?”... y ahí nomás me agarraba la desesperación: “Si no sé para qué vivo, ¿me muero?”... otras veces, escuché que decían: “Me mato laburando”... después de esta frase reveladora opté por el abandono y no por vaga (a veces sí), sino por el inmenso terror que le tenía a lo desconocido.
Martes 13 de agosto de 1963. Cumplía 7 años. ¡Qué alegría! (¡¡¡había llegado a los siete años!!!).
Me lo festejaron en la casa de mi abuela; y de repente en el momento de soplar las velitas siento un pinchazo, como si hubiese sido una pequeña aguja justo en el cuello... al principio pensé que como era tan parecida a todos mis familiares, había heredado el dolor de cuello y de columna, pero no... Enseguida cayó una arañita al piso y se fue subiendo al marco de la ventana. Mi cara se puso pálida, la temperatura me empezó a subir y apareció el sudor en mis manos. Traté de disimular, pero no pude... ahora lo único que me quedaba era esperar; en unos minutos vendría a buscarme y me llevaría sin que nadie supiera porqué (solo yo había visto a la causante de mi muerte).
Pero bueno, me alegré... pasé por la “mejoría” de la muerte... festejé mi último año de vida y se podría decir que el primero de mi muerte.
Sin embargo, las horas pasaban... pero mi hora no llegaba.
Todas las noches me iba a dormir pensando que el veneno de la araña iba a hacer efecto; que cada día que pasaba, cuánto más tejía su telaraña, más se iba apagando mi vida... pero esto no ocurrió...
Pasaron los años, los psicólogos, los tratamientos, y casi todos mis miedos (exceptuando el de la araña peluda de patas cortas, que de vez en cuando aparecía en mi cabeza).
Pero aprendí a sobrellevarlo...
Martes 13 de agosto de 2042. Hoy cumplo 86 años. Vivo en la casa que era de mi abuela; y mi pieza da justo a la ventana en donde la araña teje su tela. Hoy estoy enferma. Hoy estoy vieja y mi miedo a la muerte se transformó en una sensación de paz. Mi único entretenimiento es ver a esa araña laboriosa y agradecerle... sí, agradecerle...
Para
algunos, fui una persona fóbica que no supo vivir.
Para otros, fui una amargada
irremediable.
Pero, seguramente, para Dios y en especial, para mí, fui una “enamorada” de la vida, una persona que no se quería morir porque aún tenía mucho para dar.
Le agradezco a la araña (ahora que la veo con otra al lado) y sé que la muerte es la continuación de la vida; porque fue ella la que me hizo vivir cada día como si fuera el último... y no estoy tan de acuerdo conque para vivir hay que olvidarse de la muerte, para mí... hay que tenerla siempre presente para que nos demos cuenta que la vida es corta, y que cada día puede ser el último.
Miércoles 14 de agosto de 2042. Fríamente, una noticia en un diario, anunció la inexplicable muerte de una anciana de envenenamiento por la picadura de una araña.-
© Ana Belén Margherit