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 Mis
silencios dicen todo lo que yo, no sé decir
Observen detenidamente el interior del
mecanismo,
en
la siguiente escena doméstica (si tienen que ir al baño,
a
salvar el mundo,
o a tener un
bebé,
vayan.
Aquí no aprenderán nada,
y
el tiempo perdido,
se
echa de menos todo junto, dicen,
justo antes de
morir):
“-Te lo dije...tarde o temprano, te haría
llorar...”
Ella, completamente feliz, sigue regando los geranios del
balcón.
Siempre que riega los geranios, es completamente
feliz.
“-No soy bueno para
ti...”
Y
por supuesto, está preciosa.
“-No soy bueno para nadie”
Ni
caso.
Al
rato, me aburro.
Y
entonces el silencio,
una gran bola de plomo de unos 250.000 metros de
diámetro,
cae sobre mí,
y
me aplasta.
Cuando ya casi no puedo respirar,
Carmen María Marín López,
que es traductora de silencios y licenciada en no rendirse
nunca,
da
un triple salto mortal desde el balcón,
y
con sus manos de regar geranios,
estruja una espinilla anexa a mi nariz.
Si
no eres un puto héroe,
el
dolor que produce la presión de sus pequeñísimos
dedos,
sobre una erupción cutánea de tu propiedad-huele a
humo-,
va
acompañado, generalmente, de un par de lagrimones así de
gordos,
te
lo juro.
Y
va y me dice... “Te perdono...quiéreme”,
absolutamente segura,
de
que será ella, y nadie más, quien entierre mis huesos en la
tierra,
algún día.
Por cierto, ha establecido un protocolo:
Primero se asegura de que estoy indefenso,
y
luego-a humo como de...-,
me
unta en mermelada de naranja,
y
me come.
La
amaría aunque no existiera.
Moraleja:
Querido lector, creo, que se le está quemando el pavo al
horno...
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