volutas que resuenan,
nada me dijo que vendrías.
Ni estos atardeceres,
latentes peldaños
aún cuando en los quicios bullían
mis hordas litigantes.
Hado de mi credo:
escucha estos trazos.
Cómo derriten
las sombras
en los muslos.
Cómo se derraman los arlequines
en las baldosas nocturnas.
un airoso geómetra
y terminó en la suerte
de un apagado teorema.
Conjeturaban las sombras
una especie
de laurel profundo
cuando los magos comenzaron
a
renacer
de la hoguera inminente
como el prefacio
de un espejo incontinuo.
Soy el Dios descalzo
de alguna insalubre apoteosis.
de un vendaval arrepentido.
Soy un racimo absoluto
De adverbios endilgados
en una esfera de ufana tinta,
en un ardid de ausentes
y ultravivos.
© Luis
Fermando
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