Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Habría ofrendado mis ojos

Ese cuerpo se enmoheció, esa sangre se agrió. Ese Dios fue devorado por las polillas de su altar.
Denis Diderot, Pensées Philosophiques
Mahalia Jackson y Duke Ellington,
in memoriam

I

¿Cuántas puertas se cierran a tu paso desde el principio?
Las bocas de los muertos cantan en la boca del rey
aferradas al sollozo de un niño carcomido en la ceniza.

Los días son erróneos y juegan a traición
la insaciable vestidura de las apariciones.

Llega el profeta desnudo con su agujero magnífico.

Aire que me escribe,
ya no comprendes el camino, la sanguijuela arrastrándose
hasta donde empieza la plegaria.

Entonces hablo.

¿Y quién avanza en la casa del oscuro?
Bajo estas plumas apoyas tu cabeza
como una desgarradura, un pan salvaje, un torbellino de vidrios
sepultados en la enajenación de la historia.

Voy a pasar.

Habría ofrendado mis ojos blancos.

¿Dónde incendia la sangre su navaja, sus huesos rotos,
el ácaro ramificándose en zumbidos, en burbujeos,
vampira savia en los tendones del alarido?

El sol del primer día me enceguece.

Su caverna de lluvias como deidades
testifica por el que fui en la hora de la servidumbre.

Es helada la osadía,
quebrado el lamento como la mascarilla de Azur.
 

Acaso me resistiera a la humedad del invierno
que extiende su herrumbre sobre la piel del mono.

Tumbas extrañas, criaturas opulentas,
¿qué escapulario nupcial ha de desenterrarte de los vivos?

Aúllas donde nadie ve, proclamas para siempre
a un rojo ejército de un solo hombre, y sin embargo guardas
el precioso alimento de tu especie.

II

Entonces hablo.

Dócil, ninguno deshabita la pena y su emboscada
hacia atrás, como en el viejo principio de las viejas crónicas.

¿Qué devoción por esta mano golpeando en la pared?
Me entregan el reino y sus dominios.
  

Ahora bajas a la anchura del fuego
con lágrimas de infierno vaciadas del graal de la condena.

¿Te ofrendan en la fiesta como un perro crujiente?
Voy a pasar.

Pliegues de objetos que hacen y rehacen su impostura
se exaltan para el vacío de los sueños.

¿Fue en la sequía cuando destemplaste el asco
de haber nacido en este mundo?

Injurias, moscas en medio del despojo.

Nadie las reclama. Nadie te reclama,
aun a costa de perder lo poco que te queda.

“En aquella hora se amargaba tu vientre”, dijo el alucinado.

¿Hasta dónde subir y gritar ayes y probarse las corazas del amor
sobre la hierba fugaz?

¿Y no es éste el hijo del hambre?

Las langostas vuelan con sus coronas de oro.
Tiembla el cautivo.
En el primero de los días, veré la desintegración o el triunfo.

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Del que clama en el desierto

Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase
por delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un
tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.

Apocalipsis, 12, 14
A Bartolomé Adrover Guerrero

...Raposa dijo Él con voz de ciprés cubierto en nubes, con sobrehumana voz que oíste a través del espino. Las ciudades caían. La codicia caía. Las estrellas caían. La lumbre omnipotente del temor caía entre los bosques convertidos en plumas. El légamo brillante caía en las ventanas. El poseso caía en residuos de silencio. Las aves caían pastoreadas por la muerte, como anunciara el psalmo de los hijos de Coré. Caían los cuerpos primitivos del deseo, el duro corazón de los apóstatas, el despiadado círculo de la revelación en un establo. Una lluvia de llagas caía aquí, creciendo en la perfecta batalla del luto enardecido.

Ritual, tu mismo amanecer.

Las ofrendas fueron vanas en bocas de la usura o del desprecio. ¿Qué ofrenda no roza jamás el piso adamantino de su manicomio? La criatura llenaba de cadáveres los ahuecados troncos donde se regocija el sol de los misterios por venir, este sauce crujió por los huesos del relámpago. (Llenar la desnudez es atar con carne y luz a la palabra.) Estos humillados desmenuzaban las rotaciones de la sangre de los padres -hilo tras hilo, semejante a las fastuosas mareas del día oscuro-, vertiendo asco sin saciar en vasos rotos. Nunca hubo muerte más muerte sobre la piel de Adán, el heredero. ¿Cuándo se deshizo -semidormida- la máscara de buey para ahuyentar a los ladrones? ¿Ya sientes cómo explota el polen carnal en la fiesta del engaño?

Raíces desplegadas en suspenso sobre las cunas de los no nacidos. Las paredes frías del imperio caminan al derrumbe. Oímos la voz de esa criatura. Se arrodilló el éxtasis como una fragancia, como un ángel derramado en la noche del crimen.

Ahora ¿quién hablará de redención cuando ha visto la ruina de la especie? Lagartijas arrastradas por las olas y tajos de bilis seca en el cerebro y hormigas diminutas hay en los límites del presente miserable. ¡Acércate, vástago de multitudes, rehén de tu promesa! Cualquiera lamerá la apatía de su lucidez. ¿Guardas para él acaso una hilacha de la destrucción? El dadivoso mundo echó a correr entre las hojas, traspasando el archipiélago de una historia que no se detiene. La flamante anunciación echa redes en la jungla. Exhumo el calidoscopio de piedra que conjetura tu infancia vuelta poco a poco un puñado de vidrios, que cose las ceremoniosas estrías de la muerte. Siempre era de noche en las tiendas de campaña.

Ritual, tu mismo amanecer.

Esta cara se ofrece a los espejos desertores de un sacrificio sin ganancias. He aquí el llamamiento: un cráneo que muge, hacia los bordes un niño bailando entre chozas y déspotas. El mediodía salmodia la traición de los nombres en vuelo de la noche. Escarnecen al que hostiga con sarcasmo tan desnudo, voluntad de lo ínfimo y persistencia del llanto en cada gesto. ¿Por qué un refugio para la pérdida de Paraísos que nunca verán los hombres? ¿Es de hierro esta ley que expulsas por los labios?

Ritual, tu mismo amanecer.

Entonces habría que descifrar
el sudario palpitante
vuelto ojos,
ratones fantasmales,
sorbo en el plato nómade,
levaduras de piedad baldía,
grimorio y claustro
para el hijo de fuego.
¿Qué muladar?
¿Qué desagües donde salir de sí mismo?
¿Qué aserraderos imantados
por el pan de la angustia?
¿Cuántas lavanderías
desbordándose en el torbellino?
¿Qué tatuajes giratorios
para cantar el nacimiento?

Ritual, tu mismo amanecer.

Amamantabas al joven moribundo del sueño: sin examinar, apenas, los tejidos de la simulación, apagando las lámparas terrestres. Antes me petrificaban en la ebriedad del grito. Me levanto ahora con amuletos encarnados en esta lengua encarnada. He llegado a desnudarme en el bosque tenebroso, novicio bebiendo en la escarcha su vinagre estéril.

Déjame en el tálamo, muéstrame el ungüento voraz, la cuidadosa posesión de la huida. Déjame, al fin, con este cráter. Resinas mustias. Brotes inagotables de placer. Heces del mundo. Yazgo en los pozos de combate que me apartan de mí mismo con el sarcasmo del perdón, esa Gorgona jactanciosa. ¿Qué memoria no es cómplice de la cautividad y de la espuria?

Un venerable dice por mí las palabras que prometen el pequeño grano de infierno. Hurgo en el hastío de la plegaria. Advierto a los vendedores de heridas bajo la lluvia. Señalo al despojado animal que vomita sus tripas, las tripas y el veneno.

Ritual, rugido indócil. Todo fuego celeste.

© Manuel Lozano