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Genealogía
de crímenes espléndidos
No
el regreso de un porvenir abandonado
sin
sosiego en los lechos terrestres.
No
el verano con un palpable resplandor entre
invasores,
y
otra herida creciendo como lenta enredadera
en
la piel del delirio.
No
el pequeño cadáver de mi infancia
flotando
(con su boca abierta) en la
inmensa
laguna.
No
el arcángel quemado, entre las maquinaciones del
espanto
y
la obstinada majestad del ruego.
No
las elementales maravillas del amor en la
hierba.
No
la profanada canción, la hoguera luminosa.
No
los
párpados fatídicos que devoran y resisten
la
desesperación de los otros.
No
el balbuceo de aquel dios en su cruz.
No
la incertísima tempestad del reposo.
No
las madrigueras de la piedad,
la
hambrienta cueva que empolla toda angustia.
No la precariedad del ojo en la distancia.
No
verdades habitables bajo el musgo de
sospechas,
ajenas
a mi carne y al olor diferente.
No
el alarido devastado.
No
las mansiones de razón: su más pura palabra.
No
un laberinto de alacranes en cautiverio.
No
el letárgico aroma de mis muertos mendigos.
No
las hembras de chacal junto al sudario.
No
este archipiélago hundido en mi memoria.
No
la implacable codicia del vicario.
No
la torpe desnudez entre las piedras,
aquélla
que no cava el deseo.
No
quien se inclina ante las jaulas
y
duerme según la herrumbre de cuerpos
mutilados.
No
el que nunca oyó a los ojos.
No
el visible matorral; siempre el oculto.
No
la fiebre que no sana.
No
el perverso matarife en este país de brumas.
No
la boca sin cesar del desterrado.
No
el estremecido inquisidor de los huesos.
Golpea la puerta.
¿Quién
permanece en el desierto heroico
con
las manos calientes?
¿Por
qué fui hijastro y huésped del infierno?
Te
hablo con la sangre deshecha de los hombres.
¿Quién escarba las huellas de un reino
perdido
en el agua de cenizas?
¿Quién, la sombra que vaga en un eterno
presente
en que pliego mis voces debajo de esta
osambre
hasta la última resurrección?
Tuve entre mis dientes la cabeza de Dios:
inmolé sus harapos.
Oí al almendro, al arce, gemir a las
sirvientas,
torturar a los locos, crujir hasta el
aliento.
Ciudad perdida en el relámpago, en su
frío:
algo rodó por el suelo.
¿Con qué fiebre de vigía infernal
abriste, desde mi noche, las puertas del
peligro?
El polvo de la fiesta es un adiós que no soborna.
¿Cómo pronunciaste los siglos que me traen estas
aguas,
una alimaña en la sangre del sueño,
la roja idolatría en que me deshabito, y
ardo,
y vuelvo con el resplandor de la muerte más
lejos.
Una malsana luz se encendió sobre mi cara
y no pude ya
respirar.
© Manuel Lozano