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Ahora que sé de lo que mi vida está hecha
No es fácil abrazarse a los árboles,
A la orilla de un cuerpo,
A la noche que quisimos pura,
Lluvia de nuestro antiguo dolor.
Es triste ir olvidando
Aquella ciega manera de beber
En las calles vacías.
Recordar el terrible fulgor,
El viento al regresar de madrugada
Sin dolor ni esperanza.
Las nubes de música y alcoholes
Desvanecidas para siempre.
No. No hace falta morir
Para que todo desaparezca.
La lentitud del altar
Es para el funámbulo
Afán inútil,
Alambre invisible del viento
Que cruzan príncipes despojados,
Palabras.
¡Adonde irá
el canto del gallo
en las antiguas mañanas!
¡En qué desolación arderán ahora
palabras de amor!
¡En qué regazo estará aquel niño
que preguntaba por la tristeza
de no saber!
¡Cómo podrá, tan lejos entonces,
volver a creer en la vida,
si nunca hubo respuesta
y la casa permanece vacía!
Cómo dejar de amar tus cosas
Si el odio es al revés oído
Y ningún odio
Procede de tal sentido,
Pues la ofensa no muere tras la escucha
Ni sin corazón la palabra incendia
La sangre sutil, los movimientos inacabados
De un ruido que se cree poema.
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Ahora llego a la casa del purgatorio
Hay quien ora o aúlla su miedo en la noche
Y cree en las farolas.
Su luz reza a un ser desconocido.
Con ojos de niebla espera voces lejanas
Junto al retrato del abuelo coronel.
El polvo cubre lo que muda, y guarda su recuerdo
largamente sagrado, en un espejo que nadie mira.
Noches que copulan con esfinges
ciudades lluviosas más allá del Atlántico.
pastillas luminosas que hacen olvidar
Los inviernos para siempre.
Traductores que gozan inútilmente
Con noches de lluvia griega.
Viejos imitadores
que suben por las esquinas de un mapa
de ciudades lluviosas
más allá del Atlántico.
Abatida por certeros disparos de cazadores
Pero sin temor
Confió en la luz antes de morir.
La luz le llevaría a la verdad,
A la ilusión de los árboles.
Nunca tuvo otra necesidad,
Más allá.
No hay vuelo sin luz.
Los pájaros no entienden
La sed de los humanos.
El ahogado no piensa en la lluvia,
Espera de la luz ser salvado
No un vaso de agua.
© Roberto Loya