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Yo a veces
me complico la vida
persiguiendo un nombre, el tuyo,
una palabra señera que describa
tu mancebía de tronga, Ella,
y cómo de la vida tomas la esencia
que te place, me pregunto.
¡Y no te sacias, troglodita silenciosa!
Sacas vientre de mal años y exiges más
y más y más ¿serás, mujer?
De una dicha precisa, nada dejas,
sólo caspucias, migajillas, fatua luz...
¿Y qué importa? busco tu ser,
tu nombre, tu intención de olvidarme,
tu tálamo venal, garito concupiscente.
En la escena que tuvo por espinos
el verbo y su garganta,
lo dulce y permanente de otro ser
hasta que llegas, tronga de andurriales,
me sospecho y palpo
tu hediente y sorda contextura;
tu carne impiadosa, otarra rancia
de intertextualidad...
Son langostinos que saltan de tu red,
peces por insaciable apetito transformados
y que oscurecen, se fijan tiesamente
al regodeo de la tristeza mía, se pegan
a las horas que sucumbo contigo...
La feroz madrugada vibra
el ciego holocausto de la aproximación;
me voy cuando ya tú me sueltas,
te dejo, pero me has sustentado en agonía
(y, si me has mutilado, qué ojos lo dirán, no sé).
Estuve al habla con una pena inmunda y nueva
que ajota hambre de ser
y prisa de aguacero, repentino e intenso,
y muina de barro y godeo de celo y mujer.
¡Ay, qué pena de tronga,
ardiente, lujuriante, caprichosa!
¡Que arrastre sobre los vientres
y vientos que han devorado un mal soñar,
con los maderos viejos, leños de mal arder
y el mal dolor del trinqueval, con dos ruedas,
repetido, deslizado, resbalante y sepulto al fin,
allí en la ribera de uverillos que florecen
en abril, y luego secan, ajenos de río y de mar!
¡Qué pena de advenir y carrusel,
de noria y giros de Samsara,
de lástima por mí, por todos,
por los nunca de hoy
y los siempre de ayer
en medio del desgaste del ser-en-otros
y en Uno-ser y en Nadie-ser, espaciados
en inmensidad maravillosa.
Huérfana de palabra, Ella satisfecha en mí
y mi incrédulo yo, satisfecho en ella...
Yo me complico, en fín,
por la sospecha de saberme nadie y poco,
todo y nada, cautivo de su nombre...
El recuerdo se encarga
con su sed de olvido de matarla, reducirte
pero... ¡ay! me hallas, te veo, te solicito
y con qué ojos percibo lo que seas
no sé... .
En tristeza impersonal, yo la desnudo.
En cohecho de noria y carrusel, Ella y yo
fornicamos.
© Carlos López Dzur