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¡Vamos a hablar de amor de otra manera!
ambiciosamente feroces por bocado,
carnalmente comprometidos hasta la médula!
¡Vamos a ser tiernos, pero realistas!
desafiantes más que el cuchillo y las conspiraciones,
más que el lugar común y el sentimentalismo.
Sí, hablemos del amor,
del que tiene nacimiento y etapa y destino
y dolor y esperanza.
Amor que es realidad, objetiva presencia
de memoria y proyecto y coherencia continuada.
Si bien el amor ha sido una palabra vaga
que busca lo anhelado,
rodavía es concretamiento prestigioso
y se escurre del chantaje cotidiano
y estremece a la emoción humana.
Yo estoy hasta el hígado en pedazos
por atrapar, ajeno al amor nominalista,
(no su más allá de luces fatuas que me han llenado la cara
de empalago y coqueta menudencia de rituales),
sino su aquí y ahora de estímulos, su afirmativa certidumbre.
Renuncio a sus formas oscuras de gesticulaciones
y extravíos, a sus cenizas apagadas,
a sus llantos soterrados <br>o públicos gemidos de luna timbalera,
a las ínfulas que urden lo mismo que el capricho
a las picardías frívolas, pasajeras, ilusorias
como poca monta y cuenta rendida de corazón,
entrega y sacrificio, al estéril embeleso
de portada y farandulería, a la mística ovogénesis
o secuencia virtual de saltacama.
¡Me da vergüenza este mero hablar de amor!
Decir soy recto y monógamo
y sólo entre dientes, cálido, amoroso,
llevar flores en mano y en cita de callejón de lobo,
mentir como un locuaz lleno de letras
y vibras de trasnochado lirismo aprendido,
crédulo de toda frase gastada, aún cuando oculto
que soy apasionado y un mulo convencido
de que la carne es deliciosamente traicionera.
Tengo el gaznate seco,
sediento estoy por descubrir amanaceres,
y temo que vayan a echar a perder
la noche de mi éxtasis, el parto fértil, hijo de tu epinefrina,
el ángel de mis péptidos, el asombro de mis días.
Me dejaría morir en la palabra
diciendo amor, súbitamente, ufano de coraje
y de celo, con auténtica soledad por falta de mi oyente
y aquella igual, que ya desertó del amor de pose,
no verificado,
pero que, de repente, está atrapada salvajemente
de un no sé qué, medular e inmarcesible.
¡Ay, amor de penurias me fastidias
y, con el mismo temor del amor de temporada,
escozor de los séptimos años, me atacas y desvelas
y ella, que es mujer y hembra, ya ni admite alarde,
y maldice al sicko, al amor de panderetas
y de hostias en su más allá de grumos
y tedio tendencioso y petardos de hueca hombría!
¡Amor de rosas secas, tiestos plomizos y cursilería,
amor de manos frías, de turba vengadora,
de palabras tímidas, de silencios cobardes,
no te consultaría ni pagado ni gratis,
ni en el tabú ni en los amuletos,
ni en la fiambre de la grata mano amiga
ni en el monótono déficit de los desalientos!
¡Amor de monoaminos y glucocorticoides,
de carencias hormonales, de pánico y de histeria,
me aburres, me hiedes, me lastimas!
pero tú, amor discreto,
socialmente lleno de pupilas,
orejita que estudia a los fracasos,
tú que vas y vuelves en friega
negándote a morir a pesar de que el otro
se marcha y se endurece, siempre estás al tiro
y yo a veces solo, te veo y te amo
porque contigo se está siempre acompañado,
aunque no estés presente y se te siente
nutriciamente alerta, rica, cómplice,
sujeta a un mismo padecer que el mío,
invocable como el primer día que el amor
dice: -Quiero, soy, me gustas...
¡Vamos a hablar de la realidad
-no de lo que has sido-,
de lo que puedes ser, a pesar de todo,
lo que eres...
y la distancia afectiva que te burla
y el proceso necesario
de ser, contra la expectativa, que tiene tu encuentro
si la esencia permite porque ya no hay sombra
ni discurso ni fondo por rebasar
ni sementalidad de simulacro!
Aquí, cuando te nombro, ya existes sin interpretatividades
y curas y solves y eres verdad y honra
del ser mío, el ser-acompañante,
aunque siempre hay quien ama más
y alguno que ama menos.
© Carlos López Dzur