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-Debes de haberte vuelto loco. Gorka abrió sus ojos saltones, levantó las manos y
comenzó a reír falseando un temblor. Se miraron en silencio. Hacía un calor espantoso,
el sol brillaba en lo alto del cielo. Gorka
levantó la cabeza y dirigió sus ojos hacia el
astro rey. Colocó una de sus manos sobre la
frente, para apreciar mejor los rayos del sol;
después bajó la cabeza, levemente cegado y con los
ojos rebosantes de lágrimas. Gorka dedicó una intensa mirada hacia las
alargadas sombras de ambos chicos que permanecían
inmóviles, pegadas en el suelo. Iñaki se movió y
la sombra que le correspondía se agitó, imitando
sus movimientos. Gorka rompió a reír. Gorka estalló en una sonora carcajada y se
apresuró a encender un cigarrillo. Ofreció el
paquete a su amigo, pero Iñaki lo rechazó con un
movimiento brusco de cabeza. Gorka agarró el cigarrillo con los labios y cogió el clavo. Lanzó a Iñaki una mirada socarrona y se acercó a la sombra que proyectaba el cuerpo de su compañero. No lo dudó ni un instante. Hundió el clavo en la tierra, justo en la rodilla.
Los dos rieron. Gorka entonces sacó el clavo. Se sentaron y charlaron sobre cosas que sólo ellos encontrarían interesantes. Gorka encendió otro cigarrillo que devoró en un par de minutos. Iñaki lo observaba cuando desvió la cabeza y su rostro se cubrió de una sonrisa. Gorka sintió interés por ver qué es lo que había provocado aquel gesto. Sacó un cigarrillo y lo encendió mientras miraba a
la persona que se estaba acercando. Saludó con la
mano. La chica miró primero a Gorka a través de sus ojos
azules, después obedeció a Iñaki sin preguntar
nada y permaneció de pié. Su alargada sombra se
extendió a lo largo del suelo e Iñaki la observó
con desmedido interés. Cogió el clavo y con ayuda
de la piedra que había encontrado Gorka, se
arrodilló junto a la sombra, a la altura de la
cabeza. Ante el asombro de Mary y las muecas
burlescas de Gorka, Iñaki clavó el trozo de acero
en la sombra de la chica, de un solo golpe, y el
clavo se hundió en la tierra, totalmente. -¡Ya está! Veinte minutos después la chica se despidió y se
marchó. Los dos amigos pegaron sus ojos en el
trasero redondo y apretado de Mary. Se miraron y
rieron a mandíbula batiente. Los dos chicos permanecieron charlando casi
durante una hora para después despedirse y
alejarse el uno del otro. A la mañana siguiente, Iñaki se despertó hacia las siete. Desayunó ligeramente y se puso ropa cómoda. Se colocó unos cascos para oír música y salió a la calle, con la intención de caminar un poco, rutina que llevaba haciendo desde aproximadamente un par de meses. Nada más poner el pie en la calle, notó el fresco de la mañana pero miró hacia el cielo y lo vio completamente despejado. Hoy iba a hacer un día maravilloso. Anduvo durante hora y media y cuando pretendía regresar a su casa se acordó del clavo que había hundido en la sombra de Mary y, con media sonrisa cubriendo su rostro, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba. No es que creyera demasiado en ello pero, por si acaso, pretendía sacar la punta de la tierra, para evitar que su amiga sufriera algo más que insoportables dolores de cabeza. Encontró sin mayores dificultades el clavo enterrado y se agachó para extraerlo, pero con sus propias manos no pudo hacerlo. Buscó por el suelo un objeto que pudiera servirle para arrancar el clavo y a varios metros encontró algo que tal vez pudiera facilitarle el trabajo. Cuando lo fue sacando, no sin esfuerzo, sus ojos se abrieron mostrando una mezcla de asombro y estupor. El clavo estaba manchado y hasta que no lo sacó del todo no advirtió de qué se trataba. El pequeño trozo de acero chorreaba un viscoso líquido rojo que desprendía un intenso aroma que a Iñaki le pareció dulce. Tocó aquél líquido con sus dedos y se lo llevó a la nariz. -Sangre.-murmuró sobrecogido. En ese mismo instante, Mary estaba desayunando en su casa. Había dormido perfectamente y se había puesto unos pantalones negros y una blusa blanca. Se iba de compras con algunas amigas, pero antes estaba el desayuno. En cierto momento, poco después de que su amigo Iñaki extrajera el clavo del suelo, Mary recibió una fuerte sacudida en la cabeza, como un potente balonazo que le hizo inclinar su cuerpo hacia delante de manera violenta, chocando su cabeza contra la mesa y haciéndose una grieta en la frente. Aulló de dolor, pero su sufrimiento no había acabado aún. Iñaki, sorprendido aún por el clavo que tenía en su mano, limpió con su jersey la sangre y comenzó a asustarse al descubrir que por mucho que limpiara, el clavo seguía chorreando sangre, como si el pequeño trozo de acero tuviera una pequeña hemorragia. Preocupado, introdujo de nuevo el clavo en el agujero, hasta el fondo. El cuerpo de Mary sufrió otra sacudida. La chica abrió los ojos, que estuvieron a punto de salirse de sus órbitas, y notó un intenso dolor en el interior de su cabeza, como si la hubieran perforado con un taladro hasta llegar a su cerebro. Vomitó sangre sobre la mesa y se levantó, aquejándose de un agudo dolor. Sacó el clavo de nuevo e Iñaki comprobó que incluso el agujero estaba repleto de sangre, intento hacerlo más grande, para descubrir de dónde salía. ¿Habría algo enterrado? Con ayuda del propio clavo, fue agrandando el agujero. Mary rodó por el suelo con las manos agarradas a la cabeza mientras aullaba de dolor. Sentía un fuerte suplicio en su cerebro, notaba como si le estuvieran hurgando en su interior, como si le mordiera una rata que pretendía alimentarse de su masa cerebral. Cada vez el agujero del suelo era más grande. Iñaki estaba tan excitado que no se percataba que se había formado un charco de sangre que le estaba salpicando la ropa y le manchaba las manos; incluso tenía gotas de sangre sobre la cara. Siguió haciendo más grande el agujero, tratando de encontrar el origen para la irrupción de tanto líquido rojo. La sangre le salía por los oídos y Mary dejó de gritar al vomitar de nuevo, esta vez trozos coagulados de sangre oscura. Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar y percibía la impresión de que su cerebro se estaba agujereando. Iñaki dejó de cavar cuando vio que su tarea resultaba imposible. Un gran charco de sangre como única respuesta, El chico metió los dedos. La sangre estaba caliente. Hurgó en el interior, tratando de descubrir algún animal enterrado. El dolor cada vez era más insoportable. Su garganta rugió como un animal conducido al matadero y trató de ponerse de pie, pero a Mary le fallaron las piernas. Sus ojos se volvieron del revés, la oscuridad comenzaba a avanzar, penetrando por el gran agujero que debía tener en su cabeza. Estuvo a punto de perder la conciencia cuando, de pronto, el dolor desapareció, repentinamente. Iñaki levantó las manos y se las vio completamente manchadas de sangre. Excitado y azorado, miró el charco de sangre y después el clavo. Recogió este último y lo lanzó lejos de allí. Después, respirando con dificultad, bajó la cabeza para mirar de nuevo el charco rojo. Vio algo entre la sangre, algo que le llamó la atención. Lo tocó con los dedos, parecía un amasijo de hilos. Sin dudarlo, lo aferró con la mano y tiró fuertemente. El escalofriante alarido de Mary resonó en todo el edificio, haciendo temblar sus cimientos. Todo aquel que lo hubiera escuchado sabría, perfectamente, que aquél grito era desgarradoramente diabólico. Mary quedó tendida en el suelo, sin vida. De su cabeza manaba un reguero de sangre aderezada con trozos grises y verduzcos pertenecientes a su cerebro. Iñaki levantó la mano triunfante cuando por fin consiguió sacar el manojo de hilos ensangrentado. Lo examinó con atención y pronto descubrió que no se trataba de hilos. Era un manojo de pelo. Lo soltó horrorizado cuando reconoció los graciosos rizos de la cabellera rubia de su amiga Mary. Observó de nuevo el charco de sangre y se levantó. Huyó del lugar, convencido de que algo trágico había ocurrido. Minutos después, la sombra deformada de Iñaki se arrastró por el suelo y persiguió a su dueño. |
© José Manuel Durán Martínez
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