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Durante toda la noche Delfín Sotomayor se
dejó arrastrar por la desesperación. En los pocos momentos en que el sueño le
quitó la conciencia se vio atormentado por retazos de pesadillas. Con dos
enormes ojeras, el pelo desarreglado y las manos temblorosas, se enfrentaba al
nuevo día que nacía.
Mabel Fenzel, su mujer, le sirvió el desayuno a disgusto, torciendo el
rostro en un mohín de fastidio. El notó la violencia solapada de su esposa, y
sus nervios maltrechos, debilitados por la falta de sueño, predispuestos a los
ataques exteriores, sacudieron su cuerpo como una ráfaga eléctrica. El café,
humeante, dulce, le trajo al cuerpo un alivio momentáneo.
Apenas se levantó de la cama, los objetos del mundo, insignificantes o
evidentes, tomaron de pronto una relevancia inusitada. La suavidad de las
sábanas de raso, las ondas de las cortinas de lino, la luz de un nuevo día, el
paso solitario de una hormiga junto a sus zapatos, la forma del humo que subía
del café, todo parecía vivo y reclamaba su enfermiza atención. Todo le traía a
su espíritu una extraña inquietud.
Se tomó todo el café, pero no comió nada. No tenía hambre. Tampoco tenía
ganas de hablar.
_ Hace varios días que no hablas ni duermes - dijo su mujer -. Desde que
tu General perdió las elecciones.
_ Todavía esto no termina.
_ Mañana se termina - dijo la mujer con expresión rencorosa -.
Mañana.
Fue a la ventana del salón de recepciones y espió la calle y la plaza.
Su mirada fue hacia donde se erguía el busto de Pedro de Valdivia para ver si
su cuerpo yacía acribillado por las balas. Suspiró con alivio. Pero luego su
mirada volvió a moverse. ¨ Como siempre, ahí está ¨, pensó mientras miraba el
taxi destartalado, parado enfrente de la iglesia. Desvió otra vez los ojos
hacia el busto de Pedro de Valdivia, detrás de dos hileras de tilos, y sintió
que entre el y el conquistador había una afinidad de destinos, que ambos habían
entregado sus vidas para civilizar a salvajes
ingratos.
Salió a la calle. El micro de las siete y media que provenía de Puerto
Errázuriz pasó frente a sus ojos con destino a Villa Bulnes. El chofer, un
hombre de bigotes, no le alzó el brazo en señal de saludo. La enemistad áspera
de su mujer y la indiferencia del chofer confirmaron sus presentimientos. ¨ Se
empieza a avinagrar todo ¨, pensó, suspirando con desaliento.
De su boca, semicubierta por una bufanda, subía un vapor tenue. Los
pájaros, bulliciosos, se agitaban felices, y él se sentía ajeno a esa alegría,
a ese movimiento, a ese nacer palpitante de la naturaleza. Sus pasos eran
lentos como el andar de las carretas de bueyes que venía de los campos,
cargadas de leña o carbón. Avanzaba con desconfianza, temeroso de percibir la reacción
del entorno.
Ahora comprendía. Diecisiete años de impunidad lo habían vestido con el
ropaje ilusorio de una divinidad pagana. Ahora, sin la protección del uniforme
militar, se sentía desnudo. “Desconfíen de los privilegios terrenales porque en
la comarca de los iguales la ira puede no ser un mal atributo”, había dicho el
padre Severino de Andrade, con su verborragia oscura, en el sermón del último
domingo, y él, el alcalde de la dictadura durante más de tres lustros, sabía
que esas palabras atacaban su investidura y cargaban una amenaza. El peligro se
ramificaba. Ya no había lugar para estar seguro.
Cruzó a la plaza. A poco andar, frente a la iglesia, estuvo cerca del
taxi de Graco Zamora, el marxista andrajoso. Pasó sin mirarlo, sintiendo la
presencia pringosa llena de burla y consuelo en su espalda. De adentro del taxi
se escapó el ruido apagado de una carcajada, al menos así le pareció. Un
escalofrío le recorrió la espalda como agua hirviente. Luego, tieso,
inmovilizado, desvió la mirada hacia el taxi. Sentado tras el volante Graco
Zamora sonreía. El alcalde escudriñó de reojo el parabrisas. En un papel pegado
con cinta adhesiva leyó:
Que llueva sobre lo informe,
Estremecido, el alcalde vio el perfil sonriente de Graco Zamora. Cerró
los ojos un instante y apretó las manos para reprimir el temblor. Contra esa
insolencia no podía luchar. Comprobó, con horror, que en su último día de
mandato ya no tenía poder, ya no amedrentaba a nadie. Cualquiera pisoteaba su
orgullo, se cagaba en su dignidad de enemigo en retirada. Un escalofrío le
hormigueó en la espalda.
Ahora se daba cuenta de algunas cosas. Ahí estaba Graco Zamora, altivo
sobre su enclenque resistencia. Ante sus ojos impotentes esa valentía cobraba
una dimensión descomunal. El tiempo había pasado muy rápido. Diecisiete años.
El, en cambio, sabía que sólo era capaz de una resistencia organizada, junto a
individuos que defendieran sus mismos intereses, en la perspectiva segura de un
triunfo. Despreciaba la voluntad romántica y la lucha indefinida; de ese
profundo desprecio emanaba toda su cobardía. No por nada era parte de un poder
nacional, un poder que él creía invencible y que podía ser defendido con todas
las armas de la nación. No menos dolido que enfurecido pensaba que el General
claudicaba de una manera indigna, acosado por los marxistas, él, que con sólo
alzar la mano podía sacar los militares de los cuarteles. El, que podía dejarlo
otra vez al frente de la municipalidad, para castigar a los subversivos
andrajosos, como el abúlico taxista.
Siguió caminando. El miedo le revolvía los intestinos, le helaba la sangre.
Le hacía imaginar que los comunistas lo tenían vigilado y esperaban el momento
oportuno para matarlo. Anoche soñó que Graco Zamora, junto a un grupo de indios
revoltosos, lo llevaba bajo el busto de Pedro de Valdivia y lo fusilaba sin
contemplaciones. El miedo se mezclaba al odio y juntos apuntaban a la figura
del taxista Zamora, reducían a un hombre de carne y hueso la forma insondable
de un enemigo multitudinario.
Por fin abrió la puerta de la municipalidad y entró. Adentro de su
despacho sintió un mareo. Afirmándose en el escritorio se dejó caer en su
poltrona. Estuvo unos minutos acosado por las náuseas.
Una vez repuesto del mareo, se fue a asomar a la ventana del balcón.
Eladio Zamora seguía sentado en su taxi. Delfín Sotomayor sintió que en los
diecisiete años de gobierno no había actuado con suficiente mano dura contra
los salvajes. Igual que el infortunado Pedro de Valdivia.
El escritorio se extendía ante él como una tarima impersonal. La bandera
tricolor colgaba lánguida, sin vida. El retrato del general, tan bizarro en
otros tiempos, adoptaba ahora rasgos caricaturescos. La misma poltrona recibía
sus nalgas con una dureza de madera quemada.
En la debacle de su espíritu una idea cruzó su mente. Tenía que matar a
Graco Zamora. Era el fin para él, pero también lo sería para el taxista
inmundo. Tenía que matarlo.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó un revólver. Era un Smith and
Wesson, calibre 38, con seis balas. Lo contempló un momento y se lo metió en el
bolsillo del abrigo. Allí esperó con los ojos entrecerrados, saboreando la
agonía cruenta de su enemigo ideológico.
En su mente se desarrollaba la situación. El taxista, con los seis
disparos en el pecho, yacía recostado tras el volante. La sangre le salía a
borbotones. Los olores de la sangre, de
la bencina y del aceite quemado enrarecían el aire. De detrás de los tilos de
la plaza aparecía Mabel Fenzel, su mujer, corriendo aterrorizada, y desde la
iglesia cruzaba la calle el padre Severino de Andrade, para recriminarle su
locura. El horror de los demás sería su consuelo.
Quince minutos estuvo así, jugando con su imaginación. Cuando su acto de
venganza imaginario ya no le trajo alivio, se propuso actuar. Fue hasta la
ventana y miró hacia la calle. El taxi de Zamora estaba aún allí, sucio,
destartalado, exponiendo a la mañana luminosa los versos subversivos.
Acariciando el revólver en su bolsillo bajó la escalera hasta la planta baja.
Salió a la calle en el preciso momento en que la misa de las diez terminaba.
El taxista miraba lánguidamente, apoyándose la nuca con las dos manos.
Cuando lo vio abrir la puerta, tocado por un providencial instinto, se enderezó
en el asiento y accionó las llaves del encendido. El taxi se sacudió entero y
el taxista se desatendió del llamado de dos viejecitas con cofia que le pedían
sus servicios. Aceleró a fondo, pasó junto a Delfín Sotomayor y sacó la cabeza
por la ventanilla para gritarle:
_ ¡La vida no se da para levantar a un muerto!
El alcalde se quedó inmóvil en medio de la calle. Se sentía aniquilado
por el desaire. Su venganza, su postrer desquite contra todo lo que más odiaba,
no se iba a realizar. El condenado taxista había huido. Cerró los ojos,
frustrado, y echó a caminar. Mientras pasaba junto al primer tilo sintió un
dulce cansancio que le subía por los huesos y un vacío que le amedrentaba los
pensamientos. En el torbellino de ese fugaz alivio extrajo el revólver de su
bolsillo y, aún caminando, se descerrajó un tiro en la sien. |
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Jorge Carrasco
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