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Domingos
y caracoles
Antes
había caracoles en el jardín.
Eran domingos de guayabas o
naranjas, de manzanas y mísperos, de zapote o cajeta. Llegaba cada
cuando a encontrar alguno perdido en las ramas de un árbol o en la
hierba caído y verlo. Avanzando lastimosamente, con una permanente
mirada triste y dejando un rastro imperceptible en el pasto, en el
antiguo bosque que se levantaba en el jardín. Domingos de juegos,
que por más que fueran siempre los mismos, nunca llegaban a
aburrirme. Sin embargo los caracoles ahí siguieron por mucho tiempo
moviéndose en secreto por entre el pasto, en la tierra casi siempre
mojada de los pequeños arbustos que con el tiempo se empequeñecieron
hasta convertirse en simples hierbas y raíces. Que con el tiempo
olvidaban a los caracoles, hasta hacerlos desaparecer.
Domingos
de azotea y escalar, de conquistar muros vecinos y romper ventanas y
regaños. Jugábamos futbol o saltábamos sin razón, dábamos
vueltas hasta terminar boca arriba con el cielo girando a nuestro
alrededor y las nubes por todos lados, corríamos toda la tarde y
nadie quería irse. Los caracoles estaban ahí a nuestro lado,
siempre donde el sol no los tocara y mojándose con la lluvia de la
que nos obligaban a separarnos. Normalmente iba yo solo, a veces
alguien me acompañaba y nos movíamos en la espesura del pequeño e
inmenso jardín, encontraba a alguno colgado de una hoja, a punto de
caerse, lo salvaba. Nunca me atreví a tocar la babosa, porque era
fría y los caracoles no eran fríos. Ahora lo son porque el tiempo y
dónde.
Pero siempre los mayores: el caracol avanzaba
tranquilamente, y yo tirado en el pasto a lo mejor hablando o
pensando, incrédulo. Un pie o una
mano y la concha destrozada.
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