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La playa esa mañana de sol estaba desierta.
María permanecía ahí sentada mirando el mar. Podía sentir en sus manos
la arena caliente y como el deseo de entrar en contacto con el agua se
iba apoderando de su cuerpo. No es nada sorprendente que en un
acontecimiento así, en los momentos previos a que una persona ingrese a
un mundo de sal, peces, tierra, piedritas, corales, sienta mucho
miedo por tener que meterse en ese misterio y más cuando ella no sabe
nadar. Cada ola que rompe se vuelve a reconstruir hasta caer sobre la
orilla, así llegaba el impacto visual que más la obsesionaba. La
monotonía del oleaje para ella no tenía sentido y solo sabía que, en
caso de meterse al mar, era algo que empujaría su cuerpo y podía
hasta llegar a ahogarla fácilmente en cuestión de segundos. Sintió como
sus pantorrillas se tensaban al imaginar la escena. Permaneciendo
todavía inmóvil sobre la extensa playa, no le pareció conveniente morir
ahí sola, sin un rescatista que pudiera intervenir para ayudarla. María
ya no podía representar a una mujer valiente, solamente a una que
quería tostar su cuerpo. Con el retraso de haber dejado una fantasía
insatisfecha en un lugar y sin haber emprendido el viaje pequeño en el
agua, se levantó para irse de la arena. |
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Guillermo Chulak
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