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Durante los años de la universidad pasé un hambre bárbaro. Tenía un laburo de mierda que me ayudaba a pagar la pensión, los gastos mínimos necesarios que requería la carrera que estaba cursando, los cigarrillos, pero una sola comida decente al día. Ni siquiera era muy decente. Yo iba a comer a la casa de una vieja que trabajaba precisamente con estudiantes o personas solas que preferían que les cocinen. Había dos tarifas, una más cara que incluía mejores platos y especialmente carne, y otra de menor categoría que, desgraciadamente, no incluía carne o lo hacía a cuentagotas. Mis recursos no alcanzaban para la primera opción, y ni siquiera para dos platos al día. Sólo iba a almorzar. Después me las arreglaba con mate, cigarrillos, galletitas, boludeces. Por eso, cuando llegaba a la pensión al término de las clases en la universidad, cerca de medianoche, tenía un hambre bárbaro. En la pensión había otros estudiantes, un cana, y algunas personas que por cuestiones de laburo debían permanecer sólo unas semanas o unos meses en la ciudad. En el comedor de la pensión había una cocina, pero sólo para calentar agua, no se permitía cocinar. Los pocos víveres que cada uno tenía se guardaban bajo llave, porque casi todos, en mayor o menor medida, no comíamos frugalmente, y los pequeños y mutuos robos eran comunes. Lo único que se compartía era el mate, porque la yerba siempre fue barata, pero ni hablar de las galletitas, la leche en polvo, el pan y eventualmente uno que otro salamín o fiambre. Se robaba en forma disimulada, aprovechando el descuido de algún pensionista que se olvidaba de poner llave al ropero donde se guardaban, además de la ropa, los eventuales comestibles. Mi compañero de cuarto tenía siempre una lata de leche en polvo que usaba en el desayuno o antes de ir a dormir, y cuando yo podía le afanaba unas cucharadas tratando que el faltante no se notara. Las acusaciones y peleas, no obstante, eran habituales. Día por medio algún pensionista gritaba: ¡quién me afanó las galletitas! o ¡quién me sacó un pan!. Unos se echaban las culpas al otro y generalmente no se descubría al culpable.
La comida de la vieja siempre consistía de dos platos: el primero, sopa, y el segundo, variaba de los fideos al guiso, de la polenta a la tarta de verdura. A veces había fruta y, para tomar, agua o jugo. Extrañaba como loco las comidas de mi vieja y en especial la carne: un buen asado, un bife, milanesas, platos de ese tipo. Una vez me ilusioné cuando la vieja me puso en el plato una enorme y luminosa -así me parecía- milanesa. No lo podía creer. Prácticamente me temblaban las manos cuando realicé el primer corte con el cuchillo. Pero resultó que cuando mastiqué el primer pedazo algo fallaba. El gusto no era de carne. Pensé que el corte había coincidido con un pedazo de grasa. Pero no. Se trataba de una insípida milanesa de mondongo, que me costaba encuadrarlo como pariente de otros cortes vacunos. Mi felicidad mayor en esos días hubiera sido un buen bife, chorreante de sangre, que me permitiera mojar el pan en el plato. Pero tendría que seguir esperando a que cambiara mi suerte.
Una vez, durante el otoño, la vieja me preguntó si no quería limpiar el techo de la casa, que era de chapa. Como tenía grandes árboles en el patio, que volcaban sus ramas sobre la casa, se habían acumulado muchas hojas sobre el techo que además obstruían los desagües que canalizaban el agua de lluvia. Me dijo que me podía dar unos mangos o descontármelos de la mensualidad que le pagaba por la comida. Yo contraoferté diciendo que no había problema, que le limpiaba el techo, pero que me lo tenía que pagar con un asado y un buen vino. La vieja aceptó. Al día siguiente, como era sábado y no trabajaba, la vieja me facilitó una escalera, un cepillo y una escoba, y me puse manos a la obra esperanzado en el asado que comería al mediodía. Hasta ese momento lo único que conocía de la casa de la vieja era el comedor donde servía la comida. Así que parado sobre las chapas con una escoba me puse a mirar el patio y las casas adyacentes. Algo llamó la atención en el patio de la casa vecina. Era todo de tierra, casi sin árboles. De lado a lado había un tendero con algunas sábanas y ropas que se secaban al sol. Lo extraño eran los cueros de animales estaqueados al suelo. Por el color de las pieles, pensé en un primer momento que se trataba de conejos, es decir, animales que habitualmente se usan para hacer tapados baratos. No obstante me llamó la atención que eso se hiciera en una casa común y corriente; se suponía que esa actividad era propia de talleres, pequeñas fábricas, lugares rurales, no en plena ciudad, de manera tan artesanal. Después percibí que los cueros no tenían forma de conejos, ni las pieles el color de estos animales. Se trataba de... gatos. No cabía duda. La forma de los cueros, el tamaño, los dibujos característicos del pelaje de esos animales: con manchas, atigrados, barcinos. Me sentí un poco horrorizado. Me parecía una práctica repudiable la matanza de animales domésticos. Me costó reanudar y concentrarme en la tarea de limpieza de las chapas del techo. En la cabeza imaginaba a un tipo con la peor apariencia física y un mameluco blanco manchado de sangre, como el que usan los carniceros, aferrando un gato con una de sus manos, y con la otra cortando el cuello del animal con una gran cuchilla. Cuando terminé el trabajo me sentí con el estómago revuelto, y esto no lo mejoraba el pensar que en apenas un rato podía estar comiendo un asado. Por el contrario. Me decía: "pelotudo, ahora que podés comer carne después de no sé cuánto tiempo, te sentís descompuesto por unos cuantos cueros de gato". Cuando me senté a comer y la vieja trajo a la mesa una fuente con una tira de asado y achuras, acompañado de una ensalada, lo primero que hice fue preguntar por los cueros de gato que el vecino tenía estaqueados en su patio. Había pensado que quizás la vieja no sabía nada de eso, porque de lo contrario tendría que haber denunciado la situación. Sin embargo, la vieja me contestó con naturalidad: "Mi vecino saca más plata con los gatos que con la jubilación que tiene. Muchas veces le dije que me gustaría asociarme porque gatos en la ciudad es lo que sobran, pero no quiere saber nada, quiere todo el negocio para él...". No podía creerlo. A la imagen que me daba vueltas en la cabeza de gatos pasados a degüello, se sumó la de carne trozada de gatos en los guisos de la vieja, o quien sabe... sobre la parrilla. Me puteaba yo mismo por tener tanta imaginación, pero lo cierto es que se acentuó el malestar estomacal y el sólo ver la carne asada me provocó arcadas. La miré a la vieja y no le dije nada; no me sentí obligado a explicarle porqué no iba a comer el asado. Simplemente me levanté y me fui, y no volví nunca a esa casa.
Por un tiempo mi alimentación empeoró, porque como ya no tenía un lugar fijo para comer por lo menos un plato decente, me las arreglaba con fiambres, picadillo, algo de fruta. No había lugares para comer con una tarifa accesible como tenía con la vieja. Pero tuve suerte. Una noche de sábado me fui a un boliche con otros compañeros de la universidad, y allí conocí a una mujer con un físico bastante respetable, aunque un poco veterana para mi edad. Una cuarentona. Me pareció que estaba como 'de levante', tomando una copa en la barra y mirando cada tanto en forma insinuante hacia los costados, esperando que alguien la invitara a bailar o se acercara a charlar. Aunque primero pensé que no me iba a dar bola, porque suponía que estaría buscando un tipo de su misma edad, la cosa es que me senté al lado, le sonreí, le empecé a preguntar boludeces: si estaba sola, cómo se llamaba, cosas triviales; y resultó que todo marchó bien. Al rato estábamos charlando animadamente, bailamos un rato, y hasta me pagó un par de copas en el rato en que estuvimos en el reservado tocándonos y besándonos un poco. Bien entrada la madrugada me invitó a la casa, porque resultó que vivía sola. Se había separado hacia unos cuantos años, no tenía hijos, y sólo aceptaba parejas ocasionales. Supuse que por la diferencia de edad, sólo quería sexo esa noche y nada más. Sin embargo, además del sexo quiso que me quedara hasta el otro día y realmente ese domingo fue para mi estómago uno de los mejores que recordaba. No sólo desayuné con una gran taza de café con leche, tostadas y mermelada, sino que almorcé unos ravioles espectaculares, con abundante salsa con pollo, y un buen vino tinto, botella de 3/4. La cuarentona, que se llamaba Estela, vivía en una confortable casa casi en las afueras de la ciudad, y durante unos dos meses solucionó mis preocupaciones sobre cómo alimentarme. Me daba una vuelta por su casa casi todos los días, y como se esforzaba en agradarme y servirme, siempre me preparaba de comer en forma abundante, retándome incluso porque -según ella- no me preocupaba en alimentarme y terminaría enfermándome. Estaba implícito que la relación se basaba en un intercambio: la iba a ver a la casa, teníamos sexo, y ella a la vez me alimentaba. Para un joven estudiante que trataba de bancarse solo, la situación no podía desaprovecharse; además, debo decirlo, todavía no tenía un currículum sexual muy destacable, así que la experiencia en la cama con Estela, que todavía tenía un cuerpo unos años menor al de su edad, era lo mejor que me había pasado. Lamentablemente la relación terminó abruptamente. Un domingo soleado nos sentamos en el patio del fondo a tomar mate y se me ocurrió chusmear un poco a los vecinos. Al mirar por arriba de la cerca de ligustrina vi en el patio contigüo al de Estela numerosos tenderos de alambre, pero en lugar de ropas secándose al sol, había pieles de animales... pieles de gato. Los mismos colores y formas de aquellas pieles estaqueadas en el vecino de la vieja donde antes comía. Al fondo del patio había un galpón de chapas sin paredes que cubría algunas máquinas de coser, pero más grandes que las hogareñas, como las que usan los zapateros, y a la vez hacía de depósito de tapados de pieles que se encontraban amontonados unos arribas de otros. Le grité a Estela:
-¡Qué hace tu vecino!...
-¡¿Cómo, qué hace tu vecino? - me repreguntó.
-¡Tu vecino hace tapados de piel de gato! -exclamé.
-¡¿Cómo que tapados de piel de gato? - dijo-. Hace tapados de pieles desde hace años. Pero nunca pensé que fueran de gato.
- Son pieles de gato - le aseguré y le hice señas con la mano para que ser acercara a mirar -. Fijate, esas pieles que están en los tenderos son pieles de gato. Los colores, las formas... No hay duda. Y estoy seguro a quién se las debe de comprar.
Estela dio media vuelta y volvió al sillón, en clara señal que no le importaba mucho el tema.
Al sentarse, me dijo:
- ¿Y qué si son pieles de gatos?. Serán tapados más baratos, pero tapados al fin. ¿Qué te importa?.
Y agregó sonriendo:
- Sólo espero que si alguna vez me querés regalar algo así, compres uno de mejor calidad.
Yo no le contesté la sonrisa. Me puse muy serio y le pregunté:
-¿Te parece bien que maten gatos para hacer tapados de piel? Un animal doméstico... No puedo creer que te parezca una cosa sin importancia..
Estela puso cara de no entender una escena por un tema que consideraba medio trivial.
-¡¿Qué se yo?! ¡¿Qué me importa? - dijo levantando un poco la voz-. Nadie va a andar vendiendo tapados de piel diciendo que son de gatos. Dirán otra cosa. Que son de liebres, de nutrias... ¡¿Qué se yo?! A mí no me va ni me viene. Que cada uno tenga el negocio que quiera. Después de todo no me gustan los gatos. Es un animal como otro y hay de sobra por los barrios. Vos acaso no comés pollos... vacas.. Todos son animales.
No podía entender que comparara una vaca con un gato, ni que creyera lícito que se vendieran tapados de piel de gato.
-Los gatos son otra cosa- le dije, poniendo una cara que indicaba que era idiota si no comprendía eso -. Como los perros o los caballos. Me descompone, me causa repulsión que alguien mate esos animales.
-No seas boludo. Olvidate...
-Lo voy a denunciar. Ya una vez ví algo similar, en otro patio de donde seguro vienen estas pieles, y no hice nada. Ahora no lo voy a dejar pasar...
-¡Estás loco! - volvió a levantar la voz -. Es mi vecino. ¿Qué te calientan gatos más gatos menos?...
No le contesté y me fui. Hice la denuncia y nunca regresé a la casa de Estela... a pesar de los ruegos de mi estómago.
Al momento de recuperar en la memoria situaciones en las que me comporté como un estúpido, no puedo evitar sentirme nuevamente un estúpido. Que el color suba a mis mejillas y transpire copiosamente. Que el tratar de hablar, tartamudee.
Soy de esas personas que seguirán torturándose toda la vida por boludeces. Porque no se trata de situaciones en que uno cometió errores graves; que haya lastimado de forma imperdonable a otra persona o causado una impresión negativa, imposible de borrar por las personas que tomaron parte del hecho. No. Nadie más que yo seguirá acordándose de esas situaciones en que me comporté como un estúpido.
Lo peor, quizás, es no sólo repetir sentimientos desagradables, sino que de tanto hacerlo esté afectando gravemente mi salud. La ciencia da por hecho que el angustiarse por situaciones de este tipo puede generar un cáncer, un eccema, impotencia sexual o vaya uno a saber qué enfermedad de lo más estúpida.
Sería paradójico, ahora que lo pienso, terminar internado o con dietas estrictas y pilas de remedios por esa manía de acordarme de situaciones en las que me comporté como un estúpido, cuando desde hace años me esfuerzo en cuidar mi salud y no retomar vicios que me acompañaron durante toda mi juventud.
Sería grotesco que, en lugar de agarrarme un cáncer de pulmón por la nicotina acumulada en los años en que fumaba como un búho Particulares 30, me surgiera un tumor por aquella vez en que me agarraron en un supermercado robando, como un chico travieso, una pequeña caja de caldos, o esa otra en que me puse nervioso por la inesperada desnudez de una mujer en una primera cita y no supe qué decir ni excitarme.
Quisiera no tener que acordarme una y otra vez de las situaciones estúpidas que he vivido. Encontrar al cirujano que haga una lobotomía con la parte del cerebro que encierra todos esos hechos. Juro que de allí en adelante pondré el mayor esfuerzo para no volverme a comportar como un estúpido.
Me sirvo un whisqui con hielo y me siento en una sillón del comedor a leer con placer una novela del italiano Alberto Moravia que descubrí ayer en la biblioteca (El hombre que mira). Mientras leo plácidamente, sosteniendo el libro con la mano izquierda, con el dedo índice de la derecha revuelvo el hielo en el vaso que descansa en el piso al costado del sillón. Me dejo absorber por la historia hasta que el tacto de mi dedo hundido en el vaso me dice que algo ha pasado; que ya no siento el líquido y la dureza fría del hielo, sino la suavidad de la lana o, con más certeza, la tibieza de la pluma, el cuerpo de un pájaro. No me atrevo a mirar en forma inmediata. Pienso que por el tiempo que he tenido el dedo jugando con el hielo en el vaso de whisqui, éste se ha entumecido y eso ha causado la pérdida de sensibilidad. Debe ser así; creo, equivocadamente, que estoy tocando un pájaro, cuando en realidad nada ha cambiado, y a lo sumo el hielo se ha terminado de derretir. Con esa confianza miro a mi derecha en la dirección del vaso y descubro con asombro que en verdad las terminales nerviosas de la yema del dedo transmiten lo correcto: en mi vaso hay un pájaro, un pájaro vivo, parecido a un gorrión, que apenas si se mueve como disfrutando que mi dedo lo acaricie. No está mojado porque el whisqui y el hielo por alguna razón han desaparecido. A pesar de la sorpresa no reacciono con brusquedad, quizás porque lo inédito de la situación hace que lo tome con calma.
Trato de buscar alguna explicación lógica a lo que está pasando. Primero, estoy seguro que el whisqui no me lo tomé. Segundo, no hay ninguna ventana abierta en la casa por donde un pájaro podría haber entrado. Razono que a lo mejor estoy equivocado, que aunque las ventanas no estén abiertas, el pájaro pudo haber hallado alguna pequeña abertura para entrar. Luego se acercó lentamente al vaso y sin que yo me diera cuenta sorbió el whisqui con su pico. Terminada la bebida, se metió adentro del vaso y acomodó su cuerpo de manera que mi dedo lo acariciara. El whisqui lo debe haber embriagado lo suficiente como para no temer el roce de mi dedo y así comportarse como un pequeño animal doméstico. Por mi parte, razono que me encontraba tan atrapado por la historia de Moravia que no percibí que el hielo y el whisqui desaparecieron y que un pájaro se acomodó en el vaso. Pero, toda está lógica no me convence. Aunque soy muy racionalista, me siento tentado a pensar que ha sucedido algo mágico que no puedo desaprovechar. Me sonrío al pensar que fui agraciado de alguna manera.
Siempre tuve la seguridad que ser un buen lector era una inequívoca muestra de salud mental. Ahora tenía la certeza además que el hombre que puede llegar a leer acariciando a la vez un pájaro -que en algunas mitologías y para algunos filósofos simboliza el orgullo-, se convierte en un ser especial, pasa el límite entre lo que es y lo que puede ser el hombre.
Con esa sensación de agradabilidad, me arrellano un poco más en el sillón, acaricio el pájaro con toda la mano y retomo la lectura.
Busco un hueco donde ocultarme,
la grieta de una mujer,
la oscura pieza de Baudelaire
con su redoma de láudano,
el espacio tibio de la cama
que deja una sonámbula.
¿Porqué esta angustia y el
miedo pegado como abrojo?
Cuando no estás, vivo con una niebla
delante de los ojos.
Busco una capucha de luz de luna
que oculte los ratos de soledad,
tu voz muy suave diciéndome al oído
"te amo con tanta intensidad",
mi cuerpo obedeciendo el oleaje del mar,
la novela abierta ante el vaso de licor.
Busco viejos olores donde protegerme,
el juego barato de la lluvia,
la afición de contar las estrellas,
quedarme loco o confundido por el alcohol,
recogerte el pelo en dos trenzas
antes de que permitas el amor.
¿Porqué esta angustia y el
miedo pegado como abrojo?
Cuando no estás, vivo con una niebla
delante de los ojos.
Realizo un trabajo que me tiene harto,
pero nunca lo descuido.
A veces creo que podría hacer otra cosa,
pero luego me convenzo que, a excepción
de lo que hago, todo me sería desconocido.
Cada tanto se acercan las personas
e interrogan en qué pienso mientras trabajo,
pero no puedo responder.
Es imposible
que pueda pensar una sola cosa por vez.
Siempre mi cabeza está embrollada
en muchos pensamientos,
cosas del pasado se mezclan con las del presente
y no puedo atrapar algo de claridad.
© Claudio García