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Aquella noche el cielo crepuscular amaneció con una máscara distinta. Se encontraba impregnado de furor oscuro, puesto de manifiesto por gruesas bandas rojas izadas en las alturas. De fondo, el horizonte azulado olía a lluvia. El agua invisible estaba condensada en nubes prestas a estallar. Como prólogo al aguacero, la humedad reinaba sobre el ambiente. La escasa luz sobreviviente emprendió una honrosa huida y, de repente, las tinieblas se proyectaron tiranas, como si un ojo soberano se hubiera cerrado. Poco a poco, el viento aceleró sus pulsos y arremetió rabioso. El gesto adusto de la tierra cambió por una sonrisa, volviéndose suave durante esas horas. Las condiciones climáticas estaban dadas.
Las condiciones subjetivas, humanas son más difíciles de precisar. El momento justo,
la elección certera, están siempre expuestos a factores cambiantes, imperfectos.
Que además, el accionar pueda llegar a buen término, resulta aún más improbable.
Sin embargo, entre aceptar los sometimientos o combatirlos con la rebeldía, conviene resistir, continuamente. Estos interrogantes se insinuaron aquella noche. Lo más importante eran las puertas que abrían, las posibilidades inexploradas que el apetito pedía.
Cuando se inició, el suceso pareció lejano, ajeno a la constante cotidianeidad del lugar. Pero negar su presencia se volvió, muy pronto, imposible. Cómo se originó, será siempre un misterio. Con las primeras gotas, comenzó a concentrarse gente en el centro.
Unos pocos los observaron, sin darles importancia. Prefirieron creer que no veían, imaginar una representación cabal de lo que ocurría. Muchas horas después, mientras las turbas que llegaban de las afueras se volvían incontenibles, se jactarían de su inocencia.
Esa gente, al principio, no hacía nada. Se sentía como desconcertada, insegura de lo que los había unido. Cuando la oscuridad ya se cernía completamente, comenzó a llover con más fuerza de la que anunciaba el cielo. La tormenta aclamó su poder, como ramificación del diluvio bíblico. Rápidamente, el agua veló todas las miradas y las ráfagas de vientos indomables templaron sueños. Entonces, uno a uno, se miraron y asintieron entre ellos. Lentamente, empezaron a moverse en dirección a la plaza principal. Algunos gritaban, otros saltaban, era como si la locura se hubiera apropiado de esas personas respetables. No se sabe quién prendió el fuego, ni quién dio vuelta el primer banco.
Mientras tanto, en las zonas más alejadas de la ciudad, nuevos grupos surgían. La gente se reunía y constituía estrechas filas que marchaban hacia el epicentro de los sucesos. En el camino, las columnas iban creciendo, hasta terminar formando enardecidas multitudes. Extrañamente, las fuerzas del orden no pudieron intentar ninguna contención. En un principio, se había tomado la medida de reprimir, pero cuando el número de insurgentes creció tanto, hubo que desistir de hacerlo. El poder estatal se encontró ampliamente superado.
La madrugada llegó con el fuego iluminando el cielo. Ruidos desacostumbrados y gritos la volvían extraña. La ciudad, por esos momentos, parecía saqueada. En medio de ese caos, la inmensidad silenciosa de las estrellas contrastaba irreversiblemente. La quietud previsible se había trastocado por psicodelia irrazonable. La fachada de los edificios mutó hacia nuevas formas. Ya las ruinas anunciaban los próximos cimientos, engendraban las bases difusas. La tormenta había menguado, misteriosamente, y el viento atemperó sus arrebatos neuróticos.
Tras estos movimientos, el éxtasis comenzó a aquietarse. Acabado el orgasmo, se abrió paso una sensación de alivio y el latido punzante decreció en los corazones. Fue el instante de la duda. Esos eran momentos cruciales, que definirían el futuro.
La muchedumbre, cansada, detuvo su cólera. La violencia abandonó sus cuerpos, una inmovilidad absurda los absorbió. Volvieron a mirarse, como la primera vez, pero no se les ocurrió qué hacer. La calle era un páramo con vida. Esparcidos sobre ella, había todo tipo de elementos, desde residuos volcados hasta partes de automóviles. Ya nadie alimentaba el fuego y los múltiples sonidos que inundaban el ambiente desaparecieron. La madrugada retomó su forma habitual. El aire frío regresó, de un día libre, a su trono. El delirio extinguido había durado demasiadas horas.
La gente, extenuada, se sentó a descansar. La multitud seguía allí, concentrada, pero nadie hablaba. Hasta que uno, que tenía frío, propuso irse. Luego otro, alegando estar enfermo, lo siguió. Pronto aparecieron los que estaban cansados, los que no tenían tiempo, los que... De a poco, el centro fue quedando desierto. Lo que momentos antes había sido un ardor gigantesco, ahora era una llama inofensiva. Los últimos, los que más habían sufrido la transformación, los que intentaron permanecer inmóviles a cualquier precio, también se alejaron. Dejaron todo esperando que alguien limpie los resquicios por la mañana. Dejaron todo para volver al mundo racional, para seguir por la senda de la normalidad, pues el llamado de la liberación (oficialmente, verdaderamente) nunca ha sucedido.
© Sebastián Galdós