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Vamos a tener que ir al bar de la esquina a ver el partido, me dijo una calurosa tarde de abril cuando se cortó la luz en todo el edificio y el plan era un partido amistoso de la Selección frente a Chile. Faltaba todavía un buen rato para la hora señalada y, como no había televisión ni computadora disponibles, no tuvimos casi alternativa que charlar un rato, de la vida. La excusa, fueron los mates; o viceversa. En fin, esa tarde noche en el balcón se presentó ante mí otro Enrique, poco parecido al que saludaba todas las mañanas antes de irme a la facultad y que casi no respondía, con el que sólo hablaba de mujeres, deportes y música –casi superfluamente- y a quien deseaba muchas veces no encontrar o ver salir para disfrutar mis ratos de soledad, que debido a su personalidad introvertida, callada y a veces excluida, sobre todo en época de parciales, se daban a cuentagotas. Después de una pava de mate compartido y de de casi dos años y medio de convivencia, me informé acerca de sus proyecciones luego de terminar la carrera, de su conflictiva pero hasta ahí -para mí- casi enigmática relación a la distancia con su novia, de sus verdaderas opiniones; en definitiva, de su personalidad, su otra cara. Apurate que ya empieza y tengo hambre, bajamos por el ascensor sin conversar de nada y otra vez volvimos a ser casi dos desconocidos. A diferencia del primer acercamiento de aquella tarde noche en el balcón, la segunda vez que pareció producirse fue iniciativa suya. ¿Estás llorando?, me preguntó cuando me vio entrar con una bufanda en el cuello y una campera de lluvia, proponiendo que me sincerara ante él implícitamente. Sorprendido un poco por la pregunta, le conteste que hacía mucho frío afuera y tal vez por eso no había percibido que mis ojos estabas llorosos, cancelando toda posibilidad de un nuevo acercamiento. Ninguno de los dos buscaba conocer al otro, o por lo menos no se lo proponía como meta aunque ambos estábamos abiertos a la posibilidad de que se produzca por natural decantación. Aunque, por mi innata manera extrovertida, impulsiva y hasta despreocupada de ser, él estaba más al tanto de mis actividades y humores que yo de los suyos. Pero en cuestiones más profundas, se refugiaba en Lucas, que vivía a tres cuadras del depto sobre Pueyrredón, y yo tampoco me sinceraba ante él porque no lo sentía y prefería hacerlo con otras personas que, por ésas cosas de la vida, no viven cerca de Buenos Aires. Su humor le cambiaba explícitamente cuando faltaban horas para las salidas nocturnas con amigos y previa reunión en nuestro depto, tal vez porque el resto de los días los pasaba saturado de estudio –a veces con resultados frustrados- o a veces envuelto en contrariedades poco felices con su madre, en menor medida. En esos momentos, cuando se jugaba al truco por quién lavaba los platos luego de que Nico se haya encargado de las compras y Maxi de la cena y las canciones viejas y trilladas (sumadas a las muchas botellas ya vacías de cerveza) hacían que contáramos todos a coro, en esos momentos Enrique era feliz o al menos eso me parecía a mí. Pero ya era lunes o domingo o jueves y la vida de obligaciones continuaba. Por conversaciones que compartíamos casi solamente cuando un tercero nos visitaba o en reuniones de amigos, sabía cuándo Enrique estaba por rendir. Luego de una noche de ésas noches de jueves con Lucas, volví al depto tarde y él se estaba levantado para estudiar aprovechando las últimas horas previas a rendir. Al despertarme pasado el mediodía y después de almorzar, escuchaba las noticias por tevé sentado a la mesa cuando lo vi llegar con los ojos rojos de bronca y las lágrimas apretadas. Asintió con la cabeza y sin mirarme a los ojos cuando le pregunté -en voz baja- si había rendido mal, por preguntar algo, si ya conocía la repuesta. Nervioso, incrédulo y a punto de estallar, se sentó inclinado con los codos apoyados sobre la mesa y las palmas de sus manos refregando sus ojos. Me levanté y le serví un vaso de agua, acompañado por una palmada en su hombro que significó mucho para los dos a pesar de que fue sólo ese gesto. Su descarga la realizó en la habitación donde dormíamos los dos, con la puerta cerrada hablando por teléfono a gritos con su mamá, dejando soltar un llanto desgarrador. Pasada la tormenta, esa misma tarde, fuimos a jugar al fútbol, ambos del mismo equipo, y como en un acuerdo espontáneo, estuvimos conectados otra vez. Pero ya era martes o viernes o miércoles y la vida de obligaciones continuaba. Hasta que decidió realizar un viaje fuera del país por casi diez días con su madre mientras yo disfruto de mi soledad en el depto. Me pregunto si volveré a conocerlo cuando me muestre las fotos de las ciudades o playas o monumentos que conoció hasta que otra vez sea martes, jueves o lunes. |
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Fabricio Cardelli
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