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 Es
mejor decir adiós e intentar mañana
Como
una insoportable hemorragia, las lágrimas brotaban de su mirada
cansada, achinada por el amanecer, casi perdida; el pelo
desarreglado, la pintura corrida, los gestos lastimados, los ojos
hirviendo. Preferiría calmar su estado insoportable, aunque
realmente nada más le importaba ahora. Sólo necesitaba escuchar
palabras dulces de promesas firmes, pero comenzaba a perder las
esperanzas una vez más.
Ella
conocía qué habría al final del camino, no había otra
alternativa, otra vez le tocaba perder. Con lo último que tenía, lo
miraba firme a los ojos para que sólo salieran de su boca
realidades, su mirada no lo deja mentir. Pero las palabras que
escuchaba eran verdades de la razón que el corazón no entiende, que
a ella no le servían. Era como una sentencia en su contra que no
quería oír. Es que ya había pasado por situaciones similares, ya
había sufrido el doloroso proceso de intentar olvidarlo un tiempo
atrás. No quería volver a juntar los pedacitos de corazón
dispersos y desgastados, porque sin él su reconstrucción no estaría
completa.
Y
él la mira, a veces a los ojos, le limpia las lágrimas, luego la
mira a las manos. Pero no se entregó a ella como soñaba escuchar.
Entonces, como
un diario que toca las llamas, ella se empieza a quemar por
dentro, sin saber qué hacer, en quién pensar mañana cuando se
levante, a quién imaginar mientras duerme, con quién proyectar un
futuro, si él no está.
Que
la quiera como ella desea es su única obsesión, desgastante y
perturbadora. Es adicta a su presencia, amante de sus maneras,
estudiosa de sus intereses y enferma de su amor. Pero así no puedo
seguir, se despide esta vez ella. Con tus reglas no puedo seguir
jugando, fue lo último que le dijo antes de cerrar la puerta del
auto y empezar a cerrar la de su corazón.
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