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La memoria ya a mis ochenta años de edad me gasta muchas faenas, pero es hoy cuando no se si producto de esas vilezas que se introducen en mi mente, o por algún sueño extraño que me ha traído la noche, me parece estar allí con mis treinta años, esperándote en la estación de autobús. Era mi última oportunidad, nuestra última oportunidad, para emprender algo nuevo, hacer brotar la continuación de un sentimiento que ya había surcado bastantes instantes desde su inicio.
La claridad del día, el sol con sus deslumbrantes rayos se mostraba a través de los ventanales de la estación mientras intentaba incorporarse dentro, acapararlo todo, incluso la felicidad con que expresaba mi epístola de presentación aquella jornada.
Desde la semana anterior cuando nos decidimos a abandonar el barrio. Ahogados por los sucesos, unos y otros, otros y unos, que tanto habían amenazado nuestra relación, parecía que nuestros rostros habían sido dibujados de nuevo, realzando en este nuevo boceto la luminosidad, el albor, el gozo, el agrado. Adjetivos tantos años olvidados, tantos días desterrados.
Hoy observando tras esta ventana, como ya he dicho antes ya a mis ochenta años de edad, en esta habitación vacía, y cuando los días en su vertiginoso transcurrir me ha traído las canas a mis pocos pelos, estas arrugas que cada hora importunan más, y los dolores que de arriba abajo, de abajo a arriba, recorren mi espalda, mis piernas, mi cintura, vuelvo a poseer entre mis manos, que ahora tiemblan, y tras esos rayos, ese sol, que vuelve a ser el de aquel día, tras este pequeño ventanal, el sobre negro, tu sobre negro conteniendo una despedida.
Tal cual había ensayado el regate, le fue propuesto por las circunstancias del partido, la consecución de él, y así bajo la mirada atenta de la improvisación y con permiso del talento se deslizó entre dos contrarios como una serpiente agilizando un estilo inconfundible como el que había adquirido tras miles de horas, observando, admirando la clase de su admirado Garrincha. Eran aquellas horas, con el mando dirigiendo la aceleración hacia delante y hacía atrás, parándolo, las que le habían cubierto de su semejanza en el dribling, su arrogancia elegante para no soltar el balón. Se pegaba a la banda para activar el placer de sus regates en el público, era su narcisismo egoísta el que envolvería toda aquella algarabía de costumbres y detalles.
Siempre fue extraña su admiración por alguien, a quien no había visto jugar en activo, sino en las cassettes de los videos, esos que paran el tiempo y cronológicamente nadan en la nostalgia.
Muchos comentaban una expresión o idea sobre aquella admiración pasionaria, que yo ahora mismo les haré saber. Es negociable ansiar, desear, algo que está en peligro de extinción o que por su rara localización en el presente, nos destape la búsqueda en el pasado. Aquella indisciplinada belleza de Garrincha denotaba un agrado de inacabable pureza creando una relación niño-hombre dentro del terreno de juego para elevar a la locura máxima de lo impredecible, en cualquier sencilla jugada, el tarro de las esencias. Es indiscutible, y si alguno precisa que no, que reclame la discusión, en voz baja, por supuesto, no sea que la gravedad del ridículo lo deje en fuera de juego. Siempre molesta el fuera de juego. Comentaba que era indiscutible, bucear por el rincón de los jugadores de fútbol presente y albergar alguna posibilidad en la consecución de alguien de semejanza igualada a la de Garrincha. ¡Quizás por eso!. Si, seguro que por eso. El descubrimiento de amparar algo inexistente, siempre ha provocado una masificación de búsqueda. Refresco la frase, si la presencia de jugares como Garrincha hubiera engrosado el curriculum del fútbol de su tiempo en el cual se sentía en englobado, seguramente ésta ubicación no hubiera acudido al pasado. esta intención de ubicarse, de presenciarse en otro lugar para encontrar lo que se alberga, es intuitivo, sin carencia de buscarlo en sí, y encontrándolo quizás por casualidad. Pero una vez en frente, se siente la curiosidad, y atrae el misticismo y la complejidad del todo. Es entonces cuando se deslumbra la idea de haberlo encontrado, pero como ya predije antes sin sentir la obligación o la necesidad de tener que buscarlo.
Faltaban tres días para el encuentro final de aquel torneo. Su equipo se disponía a valorar toda la temporada en aquel el último partido. Para él, era la despedida de una galopada inmensa a través de los años, por miles de campos, rozando el limite de los extremos, la intensa distracción de la victoria, o la extensa impresión de la derrota. Me gustaría pararme, siempre con el permiso del lector para diferenciar y explicar las dos ultimas frases relacionada con los extremos nombrados anteriormente. Utilizo "intensa distracción" para la victoria. Intensa por lo grandioso y pasional que siempre nos parece hasta enfermarnos. Distracción, por que siempre distrae, es tal integración que nos envuelve que siempre nos parece corta. Volviendo al otro extremo escribo "extensa impresión" para la derrota. Extensa porque al revés de la victoria esta siempre nos parece larga, como inacabada sin final. Impresión, ya que nunca es un deseo su búsqueda, y nos llega siempre empapada en el último tramo gritando a la conciencia en el interior la "no apetencia".
La llegada de aquella última representación teatral para él, anestesiaba cualquier otra circunstancia que pudieran sucederle en aquellos días previos. Siempre, o así le ha parecido todos estos años de confusas anécdotas con el balón que los días anteriores, de una obra grande, se recolectaban en un solo minuto. Un minuto que promulgaba muchas inventivas, muchas incineraciones de malos partidos anteriores, una nueva puerta hacia otra cosa. Un minuto antes siempre se despliegan los sueños, las ilusiones, momentos agradables de lo que podrá ser . Visiones interiores de individualidades, de jugadas y goles en conjunto, y como no con el protagonismo particular del individuo en beneficio del conjunto. La distancia en el grado de la imaginación suele ser infinita, se iguala a la capacidad sin razón de cada individuo, ó a las ganas de agradar por efectos externos, que nos motivan unos días diferentes de otros.
Suelen aparecer goles de gran estimación popular unida a un protagonismo dramático que activa la alegría del conjunto. Las jugadas suelen gritar al individualismo del protagonismo, para un reconocimiento, antes no reconocido o en vías de extinción por algún suceso en el pasado algo cercano.
Un minuto después, en una de las diferentes situaciones que nos pueden sobrevenir, la realidad suele hacer silencio. Silencio que cubre la mayoría pero no el particular. Las dos partes nunca suele abogar el mismo sentido de justicia y de valor que encumbre. Los goles del minuto antes que manaban de las ilusiones o suelen aparecer en el felpudo de la realidad. En el trono de los gestos se desbocan los "casi" o los "...si en vez de...". Actitudes que nos despliega un aspecto de incomodidad y de rabia que desaparece solo con nuevas expectativas de creatividad para un futuro próximo.
El minuto después, aspira a la desilusión. En esta desilusión no siempre es reciproco el conjunto, con el particular. El conjunto alude a la mayoría de las particulares, pero no a su particularidad como individuo, sino a la parte que le liga a la cadena formada para la unión. El particular suele resquebrarse en la no ambición, invitando al egoísmo puro y sano del individuo como uso en sí. La vanidad es una característica adquirida en la competición más insignificante.
El ruido reventado de aquel partido se hacia sonar en los bares en días antes, como era usual. Como también lo era la aniquilación de las expectativas de unos aficionados contra otros, hospedando defectos y virtudes. Rezando una sabiduría más afianzada por un fanatismo que por la complejidad de los conceptos sabios adquiridos en sí. La pronosticación de la quiniela augurada para el partido, que se iba a disputar, era otra razón del bullicio que se despachaba en las barras, confundidas en alcohol y refrescos.
Hacia él iban dirigido la mayoría de los comentarios aglutinados por el profetismo de lo que iba a acontecer. Todos gritaban certeros planes de que siempre driblaría. Regatear era su mayor virtud y el problema mas grave que planteaba para cualquiera de sus rivales en la intersección que suponía su llegada al área contraria. Siempre regateaba. Todo los jugadores lo sabían, pero no habían conseguido nunca atajar uno de sus obras de arte, configurada con un balón en un terreno de juego.
La consigna del entrenador del equipo contrario era no distraerse con cualquier otro jugador, en la ubicación del propio área, que no fuera él. Había que ahogar sus incursiones, sus deslizamientos con el balón pegado a los pies, cualquier otra táctica declinaba hacia el fracaso.
El transcurso del partido se indujo ante aquella alternativa, había que robarle el balón antes que le llegará a sus botas. En esa pequeña distancia e instante desde el pase de un compañero hasta su localización, había que deshacer cualquier unión entre él y el balón que creará, tanta física como psicológica, una ocasión de peligro. Psicológicamente es la opción más peligrosa que se puede deducir, es la creencia que a cualquier instante, acontecerá alguna jugada desequilibrante. Se disparan miedos por no saber como actuar, como evitar una conclusión sabido de antemano, pero en el que las diferentes soluciones no parecen una ciencia cierta sino que invocan a más dudas. Si ciertas soluciones no lo evitaran, ¿como conseguirlo entonces?.
Volviendo al partido en el que hasta ahora el marcaje ha sido bastante acertado, pero no un marcaje al hombre, sino al balón en su complicidad con el individuo, y luego en su actitud cuando la posee. El marcaje al hombre ahoga a la inteligencia insultando a la improvisación en decadencia de la libertad. Si el balón circula en el medio campo de un lado a otro buscando un punto de destino, el jugador al estar encima ahogando al contrario simplemente crea un espacio tras de él, dándole ventaja. Esta inutilidad también nos lleva a la fácil improvisación que puede crear el contrario para desmarcarse con el cambio de ritmo, o una velocidad punta, teniendo en este caso el marcador una desventaja a la hora de recuperar el balón y de seguir con el marcaje. El problema en la obra que se trasluce en la lejanía de la portería a defender, no consisten en su todo de la recepción para con sí mismo, del contrario con el balón, sino en el comportamiento de este al jugarlo. Hay que jugar con el profetismo y la predicción de la idea que surca en la mente del contrario, anticipándose ante dicha actitud. Es la inteligencia rápida.
Faltaban veinte minutos para el final de aquella situación, cuando un sutil despiste involucro la complicidad entre él y el balón. La procesión dramática de driblar jugadores uno con el otro, estaba en su auge para el transcurso de los próximos minutos. Un compañero suyo entre por el centro, sin romper en el ambiente aquella sutileza que se predecía (estaba seguro que no recibiría el balón en forma de pase), pero con el único fin de despistar, quizás, a los contrarios, para que despoblaran aquel limitado espacio y darle más ventaja en su deslizamiento hacia la portería. Algunos cayeron en la trampa y se fueron a por él pero el grito desesperante y sonoro de su entrenador invocándoles a seguir donde se encontraban, destruyó aquella opción. Porque él siempre driblaria, aunque fuera difícil la captura de aquel balón sin derribarlo o desgarrar algunas de las reglas del juego, había que intentarlo.
Siempre driblaria, no paraba de replicar el entrenador. Todos sabían que driblaria, sus compañeros, los contrarios, los espectadores, aficionados cualquiera que hubiera presenciado alguno de sus partidos. El regate que se aproxima, hasta su conciencia, su intención sabia el fin en que acabaría toda, era la circulación de algo ya vivido y en el que todos sabían el final. Pero esta vez, su capacidad de improvisación para asombrar dejó entrever otra gran obra de arte. Driblo a sus compañeros, a sus contrarios, a los espectadores engañándoles bajo la mentira de la creencia que todos habían adoptado sobre cuales eran los actos que iban a suceder una vez, el balón alojado en su complicidad. Todos sabían que regatearía hasta el final. Entonces, simplemente dio un pase.
© Andrés Expósito