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uno
Ahogado por la rutina, quizás ésta fue la culpable de todo, o simplemente sucedió por que tiene que suceder, sin culpabilidad, sin motivos, sin excusas. Todo ha de ocurrir cuando ha de ocurrir. Como en cualquier esquina con su sorpresa, con su acontecimiento, con lo que podrá proponer, con lo que dejará de exponer. Enfrascado en ese hábito en el que el día presente se parece al anterior, todo parece repetido, haber hecho del instante un chiste contado ayer, y el cuál ya no resulta divertido, hacía transitar Marcel su existencia.
La cotidianidad de las cosas produce un absurdo que intima con la necesidad alborotada de anhelar un imposible, una resolución que desarme la regularidad, la educación de tanto momento ordenado. Ya sabemos, la comodidad y el ser humano. En esas inclinaciones se ejercía. El trabajo, luego su casa, su casa, luego el trabajo, y alguna vez la barra de un bar donde hospedar la rutina. Los minutos que transcurren, las horas que se disuelven, días que no presentan sino su definición semanal en el almanaque, meses acoplados a una tarea de cobros y pagos, estaciones que fundamentan el estado atmosférico que puede brotar o que pueda diluir, años que aceleran un acercamiento hacia la nada o hacia el todo. Su cuerpo parece haberse olvidado de otro pronunciamiento fuera de toda esa constante. En ese transcurso sus sensaciones, sus sentimientos, sus impresiones, se han vaciado, o han impugnado la posibilidad de acaparar algo nuevo que no comparta dichas directrices.
El sol no daba en aquella oficina, oscura en las esquinas, alumbrado en el casi todo por unos alargados focos de varios bombillos. Era un mundo aparte, una diferencia del todo, una mentira a la agradabilidad. Todo retomaba en un deambular de números contables, que dividían, multiplicaban, rellenaban. Folletos que confirmaban el derecho de alguien sobre algo, o que perdían dicho derecho, papeles que defendían el objeto, la idea o la suspicacia de algo o alguien dañado.
La misión de Marcel consistía mera y exclusivamente en resolver la parte administrativa para con la buena disposición de todo. Ya llevaba muchos años trabajando para el mismo jefe, y aunque la relación con este no trascendía de otra cualquiera, la ahogada intención siempre agobiante de hacerle trabajar más de las horas establecidas en su contrato, era un punto de referencia que no establecía una agradabilidad para con él. En esta cuestión la actitud de Marcel era una alusión siempre a decantarse por hacer ver mediante la palabra o frase, la imagen o indicación que mostraba el reloj. El jefe durante los años que llevaba allí nunca le dejo entrever el final de su jornada diaria mediante alguna corta expresión que podría marcharse a casa, así que él acostumbro su instinto a difundir que se iba, cuando algunos minutos sobrepasaran la hora propia de salida. Y aunque siempre fue una persona que mantenía una buena capacidad de trabajo, y que incluso si había que quedarse algún que otro día para acabar algo, se quedaba, circunstancia que ya había hecho frente en alguna ocasione, no quería de todos modos acostumbrar al jefe, a la empresa, en cuestión, aunque su tiempo se gastara en callejear por el argumento de algún libro, al alargamiento de su horario, pues necesitado algún día de salir a esa hora, sería recriminado por tal conducta, pues la costumbre indica una alusión siempre a la creencia de que interrumpirla es una rebeldía, una declinación hacia la desobediencia, o una postura de soberbia.
La empresa como elemento primordial de la sociedad le había inducido sobre el misterio de muchas actitudes de la propia globalidad que solo conocía por ese deambular en los libros, o por oídas interpretaciones de otro. La mentira, la hipocresía de engañar para alargar el tiempo que se gastaba, o que ya gastado se exigía por parte del cliente la solución a sus propuestas, asignadas ya con anterioridad, y en las que la demora ya no parecía excusa. Hay una progresión por el discurso con la finalidad de convencer, una hipocresía a medias, al que se llega sin ningún motivo real o bajo las circunstancias de muy variadas impedimentos, que complementan por uno y otro lado la tardanza en el desenlace, o solución de lo pedido por el cliente. Dentro de esta conducta creada bajo motivos obligados, es la desesperación de la práctica, la que produce el temor en la incógnita de Marcel, no quizás por el efecto desempeñado durante y en varias excepciones, sino por lo que puede llegar a acomodarse en su propio ser. Es decir, la implantación casi sin querer de obrar de dicho hábito y aún más trágico, el no conocimiento o no llegar a notar la diferencia de un argumento a otro en si mismo. Luego tras esta tragedia puede aparecer elevada de nivel, tras un gran periodo en el uso de otra conducta, hablamos del arte de la retórica en su perversión, la prescripción de deleitar, persuadir o conmover pero bajo la sofisticación de motivos que no traen referencia a nada de lo acontecido, y que encaminan con la delicada mentira en el convencimiento sobre algo.
La cotidianidad de Marcel mantenía su disciplina quizás en parte por el desconocimiento de otra forma de existencia. Había nacido bajo una familia donde siempre le albergaron un sustento, y una expresión liberal para con sus ideas, pero quizás abolido por ser hijo único, el cariño se interpuso ahogándolo. La pretensión de sus padres no era pues dicho ahogamiento, pero en esa prestación de que todo fuera bien, sin la problemática de cualquier tragedia física, moral o de otra condición le atribuyeron la formalidad en la actitud de dicho asfixiamiento. Su crecimiento en los estudios fueron bastante adecuados y en una línea muy sobresaliente, aunque ya desde entonces sus corrientes días fueron bastantes fáciles de definir. Pasó toda su época del instituto y la universidad enmarañado en libros, tanto los oficiales en su aprendizaje, como otros que el mismo seleccionaba. Y una vez que terminó la carrera de empresariales entró a trabajar donde se encuentra ahora, en "RODRÍGUEZ y BERGES, abogados".
La oficina estaba ubicada en la parte baja de un edificio de cinco plantas, donde su esquina, era la esquina de la propia calle. En un lateral se encontraba la mesa de Marcel, cerca a un metro la ventana que mostraba la calle, por la cual la luz no respiraba su debida presencia debido a la altura que habían llegado a ocupar los edificios más cercanos, ocho y diez plantas. Había un oscuridad durante todo el día espantada gracias a las bombillas que colocaban una penumbra de luz y sombras. Todo ello producía un aislamiento casi total de la luz natural de fuera.
Entraba a trabajar a las ocho de la mañana saliendo a la una para almorzar y luego regresar a las cuatro y salir a las ocho, con lo que la única comunicación que tenia con el sol, se producía en el ir y venir del almuerzo. Los fines de semana, no trabajaba pero se envolvía durante el día en su propensión por la lectura. La noche, tanto días laborales o no, le proponían la visita a algún que otro bar de la zona, y recurrir en la contemplación de la actitud del ser humano como particular. Siempre fue un gran observador, hábito que llegó a pensar como una mala costumbre, el procurar la expectativa de lo que los otros insinúen o presten conducta, aunque siempre le fue muy adecuado.
Debido a su niñez pasada en el campo donde lo extenso del horizonte presentaba el cartel de infinidad, al venirse a la capital tanta presión y agrupamiento de gentes, edificios, solares, automóviles, etc.. le llegaban a producir en algunos instantes un agobio ambiental, claustrofobia, aunque en el transcurrir de los años, incitado seguramente por la rutina, experimentó en las veces que iba de vacaciones a casa de sus padres, en el campo, el escalofrío de tanta extensión abierta sin un lugar donde ocultarse, donde apoyarse ó un punto de referencia para continuar, en definitiva el lado contrario. Quizás una de las escasas sensaciones admitidas durante aquellos, aunque realmente esta tampoco fue admitida, fue impuesta, pero la valoración pensó que era de otro modo. El hábito crea nuevas conductas, actitudes, preferencias devaluando otras, en su propia reiteración, aboliendo las anteriores poco a poco.
El día se presentaba como otro cualquiera, lleno de papeles, de números ejerciendo su autoridad, clientes que obligaban con las prisas y montones de papeles que se acumulaban en la mesa. El teléfono no procuraba el descanso y sonaba una y otra vez para colmar el barullo. Todo se asemejaba con gran exactitud a un caos. De repente cruzó ella por la parte de fuera de la ventana que comunicaba con su mesa de trabajo. Puede ser que su visión fuera ya presenciada en otro momento, u otro instante, seguramente puede que más de una vez, la presencia de ella hubiera con toda seguridad ubicado el mismo ambiente o lugar donde se encontrara él, e incluso su separación hubiera solo propuesto algún metro de distancia, pero su comparecencia esta vez posiblemente en la culpabilidad del momento, le procura una diferencia en su observación para con las otras veces. A través del cristal durante precisos segundos que parecieron extensos, la observó hablar con otra señora, ésta última bastante mayor. Descubrió el pelirrojo y suave pelo que balanceaba el viento echándolo hacia delante hasta cubrir parte de su rostro, mientras con su mano izquierda lo remitía hacia atrás. En ese proceso su cobrizo pelo cortado a media melena dejaba entrever el desnudo del cuello, algo que mitificó como belleza Marcel. Había un resplandor de hermosura, algo de lindeza, como diría en este último adjetivo cualquier centroamericano. Aquel desnudo del cuello produjo una herida en el sentimiento que adormitado suena en la mayoría de las ocasiones tras cualquier mirada. Marcel sentía como algo rasgaba su interior al tiempo que apreciaba, y adoraba dicho traumatismo. Seguía en la comprobación de la circunstancia que sucedía en el exterior. Ella seguía en su particular duelo con adecuarse el pelo al tiempo que el viento volvía a revolvérselo. El rostro desprendía una pasividad insinuada bajo un velo de tranquilidad en el reposar de la vida, así como su cuerpo delicado y narcisista mostraba maneras de ligero coqueteo, una conducta hecha parte de los movimientos, quizás comenzado en un principio como una forma de ser y luego instituida en una irreversible manera. Mantenía un figura atractiva, sin la extremidad de la delgadez ni la agrupación de masa. Todos sus líneas ejercían un buena pronunciación, así como su rostro no propagaba ninguna saturación en los cosméticos usados. Se presentaba todo bajo una frescura que ningún otro momento anterior había observado con verdadera profundización, si es que realmente había llegado a obtener la contemplación expuesta en una misma ubicación ambiental, como estaba ocurriendo en aquel instante.
De repente y sin previo aviso, nunca hay una preliminar señal, sonó el teléfono con su indignante y agobiado proceder. Marcel atendió la llamada, despegando la vista de la ventana y por tanto de aquella mujer. El interlocutor preguntaba por el jefe, por Don Julián, a lo que Marcel inmediatamente pero comprobando antes que no estaba reunido u ocupado, hizo pasar la llamada al desviarlo pulsando varias teclas, al teléfono del despacho de Don Julián. Una vez colgado, volvió la mirada a la ventana en la búsqueda de aquella mujer pero no la descubrió. Había desaparecido en la muchedumbre de gentes que correteaban sus prisas de un lado para otro. ¿Quién era? ¿Dónde había ido?. ¿Sólo sería ella una ilusión óptica?, ¿un delirio de su propia imaginación?. ¿El fruto o la resolución de su propia necesidad de albergar algo diferente?. ¿O quizás, la presencia de una alucinación bajo los efectos del mismo proceder agobiante del hombre cansado, hambriento y con deseo de beber, en las arenas de cualquier desierto al imaginar diferentes oasis, en todos los emplazamientos al cual la visión engañadora hacía presencia real de lo que se cree apreciar?. ¿Es pues la duda la que presencia en esos instante la realidad de una observación o la mentira de haberlo creído?. Vuelve en esos instantes el retazo a su cabeza, la ironía ocurrida de algo parecido en la lectura de algunas de las historias que propagan sus libros. ¿Podría ser todo, la locura fragmentada de tantos libros retozando con sus narraciones y relatos?. ¿Y la confusión, la que no distinga entre la realidad y el espejismo?. Rememoraba de esa numerosidad de libros varias cuestiones que le mantenían muchas indecisiones, en algún lugar la pronunciación de lo que había ocurrido, procuraba una definición para esta situación que se le presentaba. La fantasía podría jugarle una mala pasada haciendo creerse así mismo de forma adulterada para su propio yo interior, el deseo de algo anhelado y no logrado con anterioridad, y que ahora fabricado por su propio consciente sería pretender la sensación de soñar despiertos, cosa que al fin y al cabo, todos en alguna que otra oportunidad hemos fabricado, pero ¿cómo saberlo? ¿cómo descubrir el control de lo resuelto, o el descontrol de la confusión? ¿Y si todo es producto de la fantasía creada desde su interior para ser participe, protagonista de la ausencia de una aventura, una andanza de la que carece desde hace bastante tiempo? Y aunque parezca, situación del absurdo ¿si le está ocurriendo lo mismo que a Don Quijote con los molinos de viento?. Puede incluso que no sea nada de todo esto, sino simplemente una mujer. ¿Pero quién?. ¿Y por que esa intensidad ahora por saber quién era? ¿Y por que aquella nuca, igual o parecida a otras tantas se planteó un agrado tan complaciente?.
Todo aquel día en el quehacer diario de la cotidianidad le llevó a alternar el recuerdo de aquella imagen y las preguntas sobre aquel acontecimiento, junto a las tareas desprendidas de su trabajo. Incluso espabilo su pensamiento discutiendo con su interior la posibilidad sobre la importancia que había dado a aquella visión. Seguramente no la poseía. Era una mujer de treinta y tantos (eso era lo que había calculado sobre su edad) y no había más magia que la que su propia idealización de la necesidad había procurado. Aunque entre tanto reconocimiento, no desbarataba la percepción de su cuello desnudo, resplandeciendo su piel blanca, y al tiempo que sobrevenía esa representación en su mente la herida abierta en su interior volvía a desgarrarse un poco más, aunque lejos de sentir cualquier clase de dolor, lo convertía todo en una deliciosa satisfacción. Normalmente el cuerpo desnudo desnuda también el rostro, las manos, los ojos, las orejas, todo lo que a simple vista parece desvestido de cualquier prenda. Ocurre que no notamos la desnudez de partes del cuerpo que normalmente no van tapadas, sino cuando las presenciamos en el desnudo total. En este caso Marcel daba cuenta a su interior, de lo contrario. La agitación del viento con el revuelo del pelo de ella, y la conducta por volver a echárselo hacia atrás, dejando descubierto el cuello y un lado del rostro, sugería el desnudo no solo de su cuerpo sino también del alma. En tan pequeño instante llegó a tener la sensación de conocer de toda la vida, de toda una eternidad, sus proverbios, sus idealizaciones, sus opiniones de cualquier cosa, así como las preferencias, odios, deseos, negaciones de aquella mujer. Y mientras, la herida continuaba desgajando la envoltura de algún sentimiento en su interior.
(dos)
Aquella noche antes de acostarse como cada noche se sumía en la lectura de algún libro, haciéndolo casi siempre desde la propia cama. Lo recogía de las enormes estanterías, en las inmensas aglomeraciones tanto horizontales como verticales de libros que poseía. El último en el que se encontraba inmerso era un ensayo sobre la actitud del ser humano en la sociedad. Su procuración mientras leía era la desviación de su pensar en aquella imagen, en aquella mujer. La ausencia de una total concentración en el libro y su contenido era un reflejo constante, pues tras varios párrafos, auguraba la sensación de haber entendido nada, con lo que volvía atrás, al principio, donde su mente había dejado el limite entre el final de lo comprendido, digamos pues de lo que hasta ese instante le había quedado claro, evidencia sobre lo tratado, y donde comenzaba el desconcierto, la perdida de la alusión a lo que se argumentaba. Desorientado, decide al fin cerrar el libro, dejándolo sobre la mesa de noche al lado del despertador y entre un retrato de él mismo y una pequeña lámpara.
Volcó todo su pensamiento en la aglomeración de incidencias que puedan elevar una situación imaginaria en la que ella, y él ocuparán un mismo lugar, donde un vinculo ya nacido, desarrollado, protagonizará el acontecimiento. Todo esto envolvía su pensamiento al tiempo abrigaba su cuello y parte del rostro con las mantas de la cama, buscando un modo y postura adecuado para letargo. La luz pequeña de la mesita permanecía encendida. Muchas veces amanecía en dicho estado. No era parte del despiste, ni la alusión a una determinación de miedo por la soledad, era la tristeza de mucho espacio vacío sin prestación al ejercicio del sentimiento, calor, cariño. También en varias ocasiones, era el sonido musical, de cualquier emisora de radio, la que despedía al durmiente y le daba los buenos días, dejada, eso sí, como con la luz de la lámpara en la intención de acompañar.
Su cuerpo debilitado por el transcurso agotador en el trabajo hacía vacilar los ojos, que discrepaban en los segundos que tardarían en cerrarse. Su mente transportaba su propia imagen la de el mismo, y la de ella hacia una playa. Un lugar cerca del propio piso de Marcel. No había en dicha localización, un argumento que explicará como habían llegado allí, aunque la misma mente, despreocupó dicha razón, estaban en aquel lugar y desde ahí quería partir el "yo interior" para crear el sueño. También fue eliminado el guión por el cual ya había un vinculo entre él y ella, aunque en realidad no fue eliminado, pues no había sido creado. Los diferentes elementos del "yo interior" al darse cuenta de dicha "no creación" en su más sugerente habilidad dieron al instante aludido del sueño, la presencia de algunos instantes vividos con anterioridad, como si los sueños necesitarán en sí una plataforma lógica y coherente.
Su conciencia había transferido el sentido de los dos alternando la existencia, pero ella su compañera no tenía conocimiento de definición, que es al fin y al cabo lo que son los nombres, una definición para distinguir la referencia con otros, luego nosotros los particulares agregamos a esa referencia algunas otras referencias como suplemento para evidenciar la particularidad del individuo, sujeto o a éste en concreto.
Así pues optimizado más o menos todo en su generalidad, la referencia que adjudico Marcel, para con ella fue el nombre de "Malena". Advirtió sin embargo para consigo mismo, dicha concesión como un alargamiento de esa pasión por la Argentina que tanto le promovía. Hubiera fomentado miles de otras sugerencias, desde cualquier otra disposición pero en su cuarto deambulaban varios carteles, que acercan su clásico rostro al país del tango, la pampa, los andes... El cartel que estaba colocado sobre la cabecera de la cama, disparaba la nostalgia sobre los limites cual poseídos en otro momento: una iglesia envuelta en sombras, en sus propias sombras que obligadas por el atardecer mantenían una oscuridad en tonos grises, junto a una plaza, y en ella dos bancos y algunas palomas posadas en ellas. En otro de aquellos póster, tamaño grande, se distinguía en toda su amplitud la figura de dos seres humanos, un hombre y una mujer, en plena actuación distribuyendo la armonía del tango. Diferentes palabras, nombres, anuncios terminaban de dar su toque de relleno. Fue la vista de este último la que entronó la aparición del nombre de Malena, en la relación tango-nombre de mujer que multiplico su pensamiento, con la activación en su propia memoria de sin saber muy bien donde lo escucho o donde lo leyó la letra de uno de los grandes tangos el de "Malena". "... tú canción tiene el frío del último encuentro, tu canción se hace amarga en la sal del recuerdo; yo no sé si tu voz es la flor de una pena..." ese tarareo mantenía la constancia en la memoria, cuando salpicó ese nombre como la referencia idónea para ella. Más otra frase también saltaba de vez en cuando alternando el anterior canturreo: ...Malena canta el tango con voz de sombra... Todo había quedado definido en la misma proporción que había nacido todo, en la intención de la casualidad.
La pasión de Marcel por Argentina distribuía muchas realidades o fantasías, coherencias o incoherencias, moralidades o inmoralidades. Aquel lejano lugar, aún en su no presenciada visita, pues nunca su cuerpo real piso dicho país, le producía el anhelo de una patria añorada, de un deseo extendido de callejear entre taperas y conventillos (tapera: casa abandonada y en ruinas; conventillo: casa de vecindad, de aspecto pobre y con muchas habitaciones, en dada una de las cuales viven uno o varios individuos o una familia) observando pasear a las paicas, o descubriendo el ahogo de los reos en su propia vía batallando contra la mishiadura.(paicas: muchachas; vía: en el desamparo, en la pobreza; mishiadura: pobreza). Aunque todos estos a primera vista desastres, dramatizaciones no definen la globalidad de la realidad del país, si incluyen en el deseo de Marcel el calor del ser humano, la lucha de la constancia, la muerte por la palabra dada, la efusión en cualquier proposición, actitud de la vida, esa impregnación por el todo, equiparando la emoción hacia la propia y única realidad. .
Así que una vez infundida la definición para con ella, el nombre, digamos, continuo en su intención de crear el sueño, la alusión, el deliro en un estado inconsciente que lo incluya junto a ella. En esa quimera paseaban en la conversación, tal cual nacida de cualquier sentido o "no sentido", el diálogo, digo. Transcurría el sueño en cualquier orilla, de cualquier playa, sobre cualquier arena. Al llegar a esta visión, descubrió el "yo interior" que debieran para mejor comodidad que sobre la arena fueran descalzos, así que fantaseo con la alusión a dicha característica. la noche se presentaba tranquila refrescante pero al mismo tiempo sin acaparar una humedad incómoda. El mar alargaba sus extensiones como queriendo alcanzar a su presencia, la de ellos, aunque sin llegar a conseguirlo, no detenida su repetición sino que la aumentaba en una infinidad de intentos. Los protagonistas acaparan tal hecho, con ligeras patadas o sacudidas sobre la terminación o principios, nunca se sabe, del mar.
La conversación diseñada en la fantasía de Marcel, denotaba muchas equivocaciones con lo que con frecuencia volvía atrás, para cambiar algún término, como al rebobinar una película en vídeo. No era de gran importancia en sí el contenido que figuraba como principalidad del sueño solo indicaba una ordenación, imaginaria, por supuesto, pero diseñada hacia la realidad y desde ella. Una ordenación, en fin, que presentaba, la referencia del existir de cada uno de los individuos fantaseados, Marcel y ella. Atestiguaba la conversación el mero hecho, de lo que proponían, deseaban proponer o habían propuesto como parte del ser humano. Su determinación indicaba, sin salir de la costumbre, de otros protagonistas, pero creyendo que son diferentes, una vinculación a la nostalgia de ayer, una esperanza para mañana, y una cierta incomodidad en hoy, envuelto este último con dosis de agradabilidad.
El protagonismo de Marcel para con si mismo en su sueño, en la finalidad era evidente, así como es evidente en cualquiera de todos nosotros, la particularidad de crear una actitud, independientemente de la postura adoptada, en la que se desarrolle un egoísmo de embellecimiento de nuestro propio ser. La fantasía creada resuelve dicha referencia, aunque contrastada con el sentido real del deseo que nos agobia no concede la satisfacción necesaria para abolir dicho deseo, con lo que el mismo sueño o la misma fantasía, puede repetirse infinidad de veces. Mientras que la realidad nos da una posesión de lo deseado en un mayor grado, satisfaciendo dicha obtención de algo desde el primer instante, en el sueño o fantasía la abolición puede llegar desde el cansancio de fantasear con ello, tan repetidas veces y no obtener el acercamiento de la realidad entre dichos periodos de repetición.
El letargo entró en la definición absoluta que concluye al interprete, a la desaparición con cualquier estimación de realidad, es decir Marcel llegó al sueño absoluto. Surgen las sombras, los encantamientos, el estado oscuro donde nace, muere, se asesina el sentido verdadero de lo que constituye normalmente la autenticidad de lo cotidiano. Aunque el estado oscuro fundamenta su fabricación bajo las referencias obtenidas de la propia certeza de la realidad. Basa su patrimonio de historias, imágenes, significados extraídos del sentido real y sus influencias por acontecimientos presentes, deseos futuros, melancolías del pasado, ausencias ocurridas en la prontitud de cualquier momento, presencias forjadas por la consecución de lo saturado de cualquier espacio de tiempo con algún individuo o individuos. Todo se multiplica, resta, divide en una confusión que altera toda actitud, postura, comportamiento que se mantuviera en el otro lado del estado oscuro, en la realidad absoluta. Esta disposición para con los individuos, también afecta para con los objetos, situaciones, ambientes.
Un mes después de aquel día la mañana se presentaba tan rutinaria como las demás, enjaulados en una infinidad de costumbres que le roban segundos a los minutos, minutos a las horas, horas al día, días a la semana, semanas al mes, meses al año, años al existir, y en esa existencia se crean huecos, huecos que se desentienden de cualquier alusión a la riqueza interior e independiente de cada uno, cada cual, protegiendo la realidad como única expectativa objetiva. Marcel parafraseaba otro día más en esas coordenadas. Eran las once y como otro día más, otro cualquiera si examinamos, o si se pudiera hacer, el calendario marcado y seleccionado por horas de su día tras día. El reloj marcaba las once, como se acaba de comentar, y él se encontraba apoyado en la barra de "Hansa", (un bar establecido al lado de su oficina). La inclinación hacía este bar, mantiene muchas peculiaridades como todas las que tenemos en la vida en las diferentes inclinaciones. Su alrededor mostraba la esencia Argentina, volvamos otra vez a ello, la pasión, la debilidad de Marcel. Muchos cuadros, vínculos, narraban sin sacar o mostrar palabras para ello. En la pared por dentro de la barra que limita la frontera entre el camarero y el cliente, y bajo el reloj que marca la continuidad del tiempo llama la atención un enorme cuadro. El agua surge de todos los lados de dicha estampa, más que surgir es la única estancia que verdaderamente la ocupa. En la parte inferior una definición aclara todo el contenido: "Cataratas del Iguazú en los montes del Ñandú". Más abajo pegado también en la pared, se encuentra una hoja de un revista, adherida mediante cinta adhesiva, y en ella la visión de una calle desierta, rodeada por los dos lados de casas también vacías. En medio de la calle la presencia de un coche que se dirige al final de la calle que no queda definida en la hoja. Dicha hoja parece bastante vieja, asi como el modelo del coche. Hacia la izquierda sobre el equipo de música, un libro quedaba tirado allí, seguramente alcanzaba tiempo atrás desde que se puso por primera vez, el titulo hacía alusión a la biografía de Diego Armando Maradona, "el pibe de oro", siguiendo hacia la izquierda se encontraba un pequeño televisor, un aparato de vídeo, con varias cintas encapuchadas en sus respectivas cajas, y ordenadas según el orden en que se sustraían y luego se volvían a situar, la mayoría partidos de fútbol grabados, en especial de la selección Argentina, equipos argentinos, se podían observar en las carátulas nombres como: River Plate, Boca Juniors, Argentino Juniors y algunos otros. El dueño por lo que había oído Marcel había nacido en Argentina, pero desde pequeño tuvo que marcharse por motivos familiares, y ahora alguna que otra vez realiza un viaje allá.
Al final de la barra donde la entrada y el final llegan a su máxima extensión, varios cuadros, recortes de periódico, revistas cubren el color de la pared, pero sobre todos destacan dos. En el primero el que parece más reciente, o por lo menos mejor conservado muestra la extensión del infinito que orienta o emerge al acentuar la división de la pampa y en su sentido como parte de la locura diversos grupos de reses. Ese infinito que declara la foto, reanuda la impresión de la distancia que separa el recuerdo algo turbio en el ayer, distinguido desde el hoy. El otro es un recorte de periódico algo más pequeño que la foto ya mencionada, y en la que la hilera de montañas de los andes, cubiertos en su mayoría por nieve bajo claras nubes, ensalza y acrecienta la nostalgia ya existente en su gravedad, así como proyecta el placer de la tranquilidad, como calma.
Marcel tomaba un café, al tiempo que revolvía con sus ojos los demás clientes, su actitud, maneras, al igual que profundizaba ó hacia valer su capacidad filosófica de procurar el pensamiento en la situación de colocarse en lugar de otros. Ser camareros, digamos pues, le parecía a Marcel un oficio, nada agradable, con una gran dosis de paciencia en la presencia que se debe dar a reconocer a los otros, a los clientes. La destreza equilibrante para realizar varios pedidos, exigencias en el propio tiempo jugando con la variabilidad del contexto real, empleado por los diferentes deseos requeridos. Tan compleja resultaba la definición para especificar la difícil tarea que encomendaba el oficio de camarero, y tan fácil parecía en su simple visión, al hacerles llegar nuestra petición, que el mero hecho ya trataba sobre los valores operativos de cualquier oficio... Descubría, bajo el brote natural de su filosofía, el carácter psicológico y psiquiátrico que puede llegar a albergar, acordonar, alcanzar, admitir en su particular costumbre, o cotidiana actitud, el camarero con el cliente.
En esa entretenida situación que prolongaba el instante con la interpretación siempre ficticia, o bajo términos subjetivos de proponer una filosofía sobre la construcción o destrucción en la actitud de un oficio, ocupación, profesión como la de camarero, no descubrió Marcel la presencia de ella, en su primer instante, al informarse por la puerta. Su colocación en la barra del bar ubicaba la posición del principio, cerca de la propia puerta principal, con lo que y absorto como ya se dijo anteriormente, no advirtió dicha presencia hasta que esta ya había sobrepasado la altura de su colocación en dirección ésta hacia el final de la barra, o hacia donde un hueco le prestará asilo durante un rato. Una vez seleccionado el lugar o impuesto por la multitud al no existir otro (La sociedad impone la mayoría de veces nuestro azar y por lo tanto nuestras decisiones), Marcel dispuso la observación de ella con la pretensión de ingerir todo el contenido que presentaba su aspecto. Escudriñaba su visión entre diferentes cabezas, cuerpos, que entorpecían la comunicación visual. Por fin y tras varios intentos en la improvisación de lo que enturbia tal percepción en el sentido o sin sentido que se mueven, y con la pronunciación de tantear su propio punto de observación para alcanzar la mejor visibilidad, llega a lograr el objetivo. Tal logro le invoca a la sorpresa en la manifestación de que ella cruza su mirada, quizás parte de la casualidad, o del propio interés de ella. La mirada rechaza en la propia suya, y Marcel aturdido, como si alguna bala atravesara su delicado cuerpo, se encoge y disimula la herida, hacia otro entorno. Esa disposición de ella casualidad o interés, llena el organismo de Marcel de sensaciones nerviosas, que le administran una gran dosis de inquietud así como una desesperación. Se siente clavado en aquel taburete, sin poder sobrepasar la continuidad del momento. La duda le sobresalta, le envuelve.
Pasan los segundos, los minutos, instantes que se muestran inacabados, infinitos, en su espera o en su desesperación ante la creencia, quizás motivada por la casualidad o el interés de la observación de ella hacia él. Cree sentirse observado, por lo cual sus gestos han cambiado radicalmente, la expresión de sus actos invitan a la presunción, a una chulería, digamos Light, que intenta conformar los deseos de ella como característica natural de él, pero que seguramente solo dispone, la conjetura de lo que él quiere o piensa que debe creer ella de él. Cada expresión se ha vuelto distinta con más volumen, más tono, dando a entender un proceder de no equivocación en cualquiera de sus ademanes. Todo ello bajo el primer principio, comentado con anterioridad, en el que cuando el motivó su observación hacia ella se vio embestido por la de ella hacia él, junto a la perspicacia admitida por el pensamiento de él, de que aquella mirada no fue parte del azar sino de afinidad por él, y que aún dicha observación continua.
Su curiosidad vuelve a revolver el sentimiento de Marcel, induciéndolo a la necesidad de pretender la presencia de ella ante sus ojos. Precisa la dosis, la ingestión habitual de porción de presenciarla a ella, de obtener la confirmación de su existencia, aunque seguramente dicha consumición le distribuya más adelante en la continuidad, la propensión hacia una extensión superior de su propia dosis, como una cadena entornada en forma de bucle sin conocimiento de principio y final. Todo aquello entraba en el conocimiento de Marcel, pero desechaba tal apreciación, aunque tal vez lo único que hacia era postergarlo para otro momento, otro instante. El daño, el dolor, siempre puede esperar, siempre existe un segundo al que se puede prorrogar para sufrirlo. Ese enfrentamiento con la realidad que le indique el soñar despierto en el que se ve inmerso, y que llegado el momento defraudará su estado de ánimo ó desánimo le puede procurar otra instante. La realidad hace referencia a la no posesión de los sentimientos de ella hacia él, o por lo menos no en el conocimiento llegado a él, pero con la duda siempre como elemento de batalla.
En toda ese contrarrestada algarabía de ideas, distribuye automáticamente la intención tímidamente de fisgar con su mirada, otra vez hacia la presencia de ella, para lo cual gira cuidadosamente su cabeza, no en su totalidad, ya que los ojos hacen los demás en el disimulo de no querer observar, sino de curiosear ocupado en otras cosas y llegado a ese punto sin intencionalidad. Los ojos inquietan con la mirada, mientras el cuerpo distribuye al igual que con anterioridad, inquietudes, escalofríos, miedos, hay una ridiculez sumada a un profundo nerviosismo que no se acostumbran, no se hacen al hecho, al contenido, a la cuestión. Sus vista, su cuerpo, sus sentidos se preparan para recibir la nueva visión, la seducción que ella expande van a ser absorbidos por el. Pero la sorpresa interrumpe el final de la cumbre, del éxito consagrado, ella no está, no se encuentra. ¿Dónde se habrá ido?- comenta el interior de Marcel, mientras emprende una búsqueda por los recovecos del bar, al final de la barra, entre la gente, en las mesas. ¿quizás se encuentre en el baño?- vuelve a comentar su interior, pero rápidamente deduce que no está allí, pues las amigas, compañeras, tampoco se encuentran, y es lógico que se fuera con ellas. Pero ahora la cuestión que atormenta el interior de Marcel se reduce a pensar ¿en que momento se habrá ido?, ¿todo aquel proceder de su presunción no sirvió seguramente para nada?, ¿dónde habrá ido?, ¿se habrá fijado realmente en él? ó solo fue producto aquella mirada de las miles de casualidades que presenta la cotidianidad de cualquier día, de cualquier hora.
Aquel día en la tarde, Marcel angustiaba los minutos que acercaban las agujas del reloj en la indicación de las 19:00 horas, como el día anterior cuando ella apareció. Así que jugando con la probabilidad, cierta ó no, eficaz, o inútil esperó su presencia convirtiéndose ya en una conducta diaria la presencia de ella en el recorrido, para según pudo averiguar Marcel, hacia el gimnasio. La intuición en su interior basa toda averiguación en el hábito de ella, así como en el chándal deportivo que también atestigua la afirmación, más unido a la imaginación que se puede imprimir desde la interpretación de Marcel se llega a dicha conjunción, sin albergar la auténtica realidad de la mayoría, pero si la suya propia, como ocurre normalmente en otros propietarios de vidas, de individualidades, donde siempre es más interesante, o lo único que interesa, lo único que se acepta como realidad pura, en la verdad que el individuo desea ingerir, o desea condecorar para sí mismo, devaluando todo lo albergado en el entorno, en la demostración de otras opiniones o creencias.
Aquella desesperación que le invitaba en dicho momento horario, para la imagen a través de la ventana recorriendo con su percepción la silueta de ella, le hacía crear una distracción bastante alarmante. Muchas veces llegó a crear tal confusión, dicho entretenimiento pudiéndolo costarle su propio puesto de trabajo.
La proposición en aquel día era desgarrar la rutina por completo, había que provocar, la diferencia con la repetición de otros días, cuando la base solo promulgaba la simple visión, sin ningún otra constante, sin ningún otra percepción. Dispuesto a todo, a darse a conocer, a saber de ella, a quedar con ella, antepuso la decisión, el reconocimiento del dicho al hecho, ante la remilgada y siempre presente timidez, que había abusado en su propia creación o devaluación en su crecimiento, recorrido en el existir.
El tiempo parecía extenso en aquella espera, todo se contenía o se dispersaba, la inquietud interna bloqueaba toda capacidad de sentir, de albergar, de tener conocimiento, causa de los pequeños detalles, incluso los más grandes, los sucesos más detonantes ocurridos en el alrededor no eran percatados. Se produce una desvinculación con el exterior, en el producto de ese acercamiento, de impregnación con la consecuencia a adquirir, a sentir.
Al fin ella aparece, se acerca viene confundida entre los diferentes sujetos, que participan en la procesión diaria de ida y venidas de la multitud. Es increíble, o simplemente consecuente, pero el visión de ella se produce automáticamente, hay una captura de la imagen desde el mismo momento en que el ojo es capaz de llegar en la distancia. Rápidamente sobresalta de la silla, dirigiéndose a la puerta para crear la casualidad. Necesita estar allí cuando ella se disponga a cruzar por la acera en el lado de la calle en la que se encuentra él. Pero a medida que esa distancia se desbarata, y alcanza el acercamiento de ella hacia él, la decisión de Marcel también disminuye. Hay una confusión en su interior, un conflicto entre la timidez y la posesión, la vergüenza batalla por instantes al deseo ganador, el impulso aparece y destrona al antiguo ocupante, pero una distracción alza nuevamente el retraimiento. Parece estar vencido, un esfuerzo entonces antepone de nuevo el empuje. Todo se combate mientras sin quererlo, en esa guerra interna, la distancia anula su flexibilidad, y ella pasa cerca de él. Marcel apoyado en la puerta con las manos en los bolsillos, descubre su presencia impresionado, inquietado, la distancia ha engañado al tiempo y a los recursos, o seguramente aquella disputa interior, entretuvo el recorrido de ella, engañando al tiempo imaginario, sentido y no al real, por que este siempre es el mismo.
Ella estaba allí cruzando al lado de la puerta abierta de "RODRÍGUEZ Y BERGES abogados", donde él en su puerta forjando la casualidad se encontraba apoyado mirando hacia las afueras, forjando también el distraimiento, pero con la certeza exacta de donde se hallaba ella en cada instante, cual era su siguiente acto y el anterior, recogido éste por la memoria. Alborotado por la situación, no por el significado en si de la resolución que pretendía, pues no activaba ninguna dramatización constante, si ella en alguna de las pretensiones deseadas por Marcel no accedía, simplemente habría que desdramatizarlo e ignorar dicha conclusión. Todo era así de sencillo, aunque la costumbre valora o desvalora la facilidad para crear, distender, albergar, resolver, asumir los diferentes acontecimientos. La dramatización en su mayor o menor propensión es relativa según el individuo y su costumbre, por lo que para Marcel, la falta de hábito, práctica con los demás individuos, sujetos, y en especial con los del sexo contrario, le mantienen un malestar, una sensación de extrañeza interior, no resultando por ello la acción broche de tranquilidad. Ante tal causa, tal acontecimiento la pretensión de manifestar la intención se difuminó. Marcel quedó contemplando la figura de ella que continuaba en su recorrido, parecía tan alejada de cualquier relación terrenal, tan distinta a todo y a todos, aunque a la vez tan real, y conocida, como así le afirmaba el hecho de que muchas personas la saludaban al pasar, o se paraban a conversar con ella.
Algunos días después sin la presencia de ella motivaron la intranquilidad de Marcel. Su incomprensión, nerviosismo, se procura la tarde en que no la presencio cruzar por delante del despacho con destino al gimnasio, luego tranquila o intranquilamente comenzó a notar su ausencia en el ambiente, en el alrededor. Nunca supo ó advirtió cuando su comparecencia iba a ser parte del instante, de la inmediatez, de cualquier alrededor, pero ahora por el contrario si distinguía la sensación, la temeridad, de percibir que no habría aparición. Las largas esperas en diferentes situaciones, lugares, eran aumentadas con creencia de intentar creer, o de procurarlo por lo menos que pronto aparecería su imagen, su figura, su constancia. La media hora del desayuno, se alargaba, la espera en la salida del trabajo, la mirada agonizaba loca a través de la ventana cuando se acercaba el reloj a las 19:00 horas. El trastorno acusaba a cualquier acto, cualquier actitud estaba bajo el motivo de la incoherencia. Ahora más que nunca estaba dispuesto a entablar conversación, condicionar una idea según lo concordante de ella, intentar y dar vida a la intención aunque ésta muera en el mismo segundo en que salga expuesta. Pero ¿dónde encontrarla? ¿ Dónde averiguar su paradero? ¿A quién preguntar? ¿Por quién llegar a ella? Aún en el conocimiento y descubrimiento de verla entablar conversación o saludo con muchas otras, estas solo eran pequeños protagonistas secundarios que no adquieren tampoco paradero conocido, aparecen, desaparecen sin ninguna otra aspiración, adquiriendo el adjetivo de complemento. Estaba perdido, verdaderamente no sabía nada de ella, solo la costumbre había echo afecto, cariño, y la imaginación había colocado suplementos bajo la intención. Entonces ¿como matar esa pasión, ese interés, o en su defecto engañarla?.
Un día de esos en los que todo parecía transcurrir porque no queda otro remedio, porque no hay otra principalidad, otro resurgir tan cierto, o tan inexistente. Bueno en un de ellos Marcel, procuro la objetividad de mencionar sobre un papel en su llegada del trabajo, la verdadera definición y conocimiento de ella en su ecuanimidad. No habría ningún disfraz que malinterprete o engañe, la consecución exacta del todo o del nada.
Así que absorto en tal interés por llevar a cabo la consecución, dejó o apartó cualquier otra tarea, actitud, que le interrumpiera dicha obtención. Una vez propuesto y ante el folio en blanco, comenzó a distribuir la tinta del bolígrafo sobre el papel, asi aparecieron, palabras: Malena, gimnasio,... Automáticamente cuando se hubo rellenado parte del documento, descubrió la mentira, y las sombras que aquellas palabras le proponían, pues ninguna era cierta, todas pertenecían a su única condición la realidad imaginaria que su mente había diseñado, para la localización a corto plazo de una sensación de agradabilidad. Había esbozado toda la incursión de aquellas particularidades como una forma de enfrentarse a la realidad, a la timidez, o en sí como una intención de alargar esa propia realidad. No había acertado en ningún momento a depositar la fuerza suficiente en su actitud, en su proposición, como para dar a entender tanto a ella, como a él en sí mismo la realidad que podría revolver los instantes, pero ahora no había tiempo, ni necesidad para la lástima, así que habría que buscar una determinación para todo aquello. Alarmado en toda su intención por la imposibilidad de proponer el designio que su sentir le empuja y le exige realizar, intenta distraerlo bajo la mentira en la lectura de cualquier libro. Esta vez al contrario que las otras veces que se involucraba en la lectura, no existe una exclusividad para elegir según la pretensión el libro característico, en ésta ocasión aparece el azar para proporcionar lo solicitado.
La lectura comienza entre ideas, secuencias de imágenes, intenciones no intentadas, que resbalan en la mente al tiempo que los labios dictan diferentes palabras unidas unas en concordancia con otras formando una estructura de una u otra forma entendible, pero que en esta ocasión solo confortan la forma, sin crear para Marcel un sentido que pueda adquirir interpretación. Proyecta la evasión de todas esas sensaciones que relatan el recuerdo de Malena, adquiere hasta entonces no adquirido el olvido del nombre colocado por el mismo. Vuelve al libro, y al comienzo de las líneas que hasta ese instante habían balbuceado sus labios. Todo se decanta en la normalidad, su comprensión parece procurar el significado del primer párrafo, y comienza con el segundo, luego el tercero, y de repente sin saber en que instante hay el descubrimiento de la pérdida de conocimiento sobre la lectura y la existencia otra vez de las imágenes, de los recuerdos, se descubre hablando solo en su interior, proponiendo ideas sobre ella, pero de lo que hubiera hecho en circunstancias, acciones pasadas, y no en soluciones para con el mañana. No puede evitarlo, no sabe evitarlo, ó quizás sondeando en lo más profundo, no desea evitarlo, pero ésta última noción seguramente no lo alberga el mismo. En aquella acción alarga sin apenas darse cuenta el instante durante un largo rato. Se embelese en recobrar para el presente momentos pasados, y apela a la imaginación, a la "creencia de creer que tal vez". Todo lo baraja en esos parámetros, en un reproche interno, de no haber propuesto cuando la hora, el lugar, la ocasión gritaron la intención.
Vuelve de repente en su propio consciente, en su realidad a entender donde se encontraba, y lo que le ocupaba, pero viendo, sintiendo que la lectura no iba a ser un buen método para distraer toda referencia sobre ella al pensamiento, optó por deshacerse del libro colocando sobre la mesilla de noche. Luego, acomodó su cuerpo sobre las sabanas para procurar la intención de dormir, apagando la pequeña lámpara que emergía sobre dicha mesilla.
Varias posiciones en la cama recalcan su deseo de intentar entablar el sueño. En esta ocasión la necesidad no viene precedida por el cansancio, sino que todo se convierte en un requerimiento para como dicho con anterioridad, distraer toda vinculación de pensamiento, anhelo, recuerdo sobre ella. Pero parece imposible, para no encontrar el final, el limite, la frontera entre el sueño y la realidad, que destrone la desesperación. Esta vez más que nunca, urge la prontitud de separación con el presente, pero es por ello cuando más tardanza hace efecto. Por fin en el instante en que todo parece recurrir al limite, o el cansancio hace también intervención, el cuerpo y mente de Marcel se abandona en un intenso letargo.
La mañana despierta, junto a la influencia del despertador, a Marcel. Su determinación aflora junto a una frescura, una renovación interna que no delata ni transcribe la más mínima influencia sobre la inquietud que la noche anterior había discurrido a su pensamiento. Existía una delicada impresión, un diminuto anhelo, cierta referencia, que recobra su impresión sobre aquél suceso y dicho trastorno, pero existe en esa frescura traída por el despertar un olvido, sobre lo anterior, lo acontecido en otros tiempos, en épocas pasadas en ayer, antes de ayer, el día anterior, antes del anterior. Ese olvido junto a la renovación disgregada por el descanso elevan una nueva perspicacia sobre la existencia. La música suena en la radio uniéndose a los otros casuales en la presentación de un nuevo recorrido, una nueva constante, que continuar, que pasar. El ánimo reproduce una sugerente exaltación, que conmueve cada segundo del nuevo día a Marcel. Sus rutinarias tareas antes de cursar el destino del trabajo se animan con un afianzamiento inhabitual de su propia personalidad. Crece en su propio yo, la independencia de la individualidad. Toda esta mezcla de comparecencias tan nada frecuente forjan el nuevo día. Hay presencia de ellos y de los otros, de los buenos, de los no tan buenos, de los malos , de los no tan malos, unos en su aparatoso recorrido y otros en su corto espacio de permanencia. Pues con todo, Marcel ha acabado sus tareas rutinarias y se dispone para trazar el recorrido entre su casa y la oficina.
Una vez en la puerta de la calle, mira a todos lados, sintiendo la brisa de la mañana revoloteando y deslizándose su pelo húmedo aún no completamente seco del todo por la ducha. Aquella agradabilidad acrecienta la amnesia de cualquier contraste sobre ella, mientras en su pensamiento divaga la intención acomodada en la discusión que le plantea la simplicidad con que algo en un momento tan importante, capaz de conseguir un ahogamiento estremecedor, acabará en la misma liquidación de cualquier otro acontecimiento. Todo se distribuye quizás de la misma manera, pero bajo la importancia que nosotros le formulemos como individualidad. Aturdido en la consecución que renombra, redescubre, o vuelve a recordar, siempre existe una filosofía que reconvertir para cada particular. En esos parámetros de albergar un aturdimiento por las diferentes alusiones, y proclamando en el camino hacia la oficina la automatización del recorrido, como ocurre cuando la costumbre nos hace desfilar durante diferentes ambientes, edificios, situaciones, sin apreciar el más mínimo detalle. Marcel acudía a esa propuesta, al tiempo que en la acera posterior de la calle por donde hacia surcar, navegar su cuerpo, localizó la descripción tímida y mimosa de una joven moren, mientras detrás de las pequeñas gafas, delataba la lectura que aquellos verdosos ojos hubieran seguramente visionado, y visionarían. La ternura de aquella deslizante silueta, adaptado al quizás de la pronunciación que aquellos libros podían esconder otros cientos, miles de libros, de conocimiento, de letras, palabras. Seguramente, -se decía para consigo mismo Marcel- sería un bibliotecaria, o tal vez, una profesora de literatura, aunque y, ¿sí los libros fueran de mecánica, informática, electricidad?. La negación para ésta última conclusión salta de repente en el pensamiento, junto a la introducción en la que la intelectualidad forja la única verdad en sus propios ojos, en su mirar, o en su no mirar, conjuntada con las gafas. Indicación esto de que lo sugerido no destinaba la equivocación.
Su desplazamiento por la acera mantenía la sobriedad de la tranquilidad bajo el concepto de una ausencia de destacar. Sus pasos mantenían la distancia y el ritmo, sin prestarse a la aceleración, ni a la velocidad como predominante. Marcel la observaba entre la multitud, en su recorrido mientras continuaba con el suyo propio. Observaba uno y otro de sus actitudes, acomodos, desaires, agradecimientos, gestos de cualquier tipo o forma, al tiempo que la multitud le abría paso. Todo se alborotaba en su presencia, y el mar de la muchedumbre que circulaba en todos los sentidos, se fragmentaba a la mitad incitándola a atravesar. La imagen de ella se alejaba entre la multitud, al tiempo que también él se alejaba, mientras en su cabeza Marcel mascullaba otro nombre de mujer.
© Andrés Expósito