Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
Amado mío
Texto de Pier Paolo Pasolini
(enviado por Matías Gutierrez)

Abracé a Nisiuti y lo besé en las mejillas. Él sonrió ante mi ímpetu, agitando la cabeza, alegre. Lo besé sin cesar una y otra vez. Finalmente, busqué sus labios. Pero él se apartó, desconcertado.

-Déjame besarte en la boca -supliqué, estrechándolo contra mí-. -Un beso solo, sólo un beso, pero él me decía que no, sin hablar. -Habla, le grité. -No te estés así callado, pero él no respondía. -Nisiuti, insistía yo, te lo ruego, deja que te bese una sola vez en los labios, déjame...
-¿Por qué?, dijo él por fin, en un susurro. Seguía sonriendo, cálido, amistoso.
-Porque quiero tus labios, Nisiuti.
-Pero yo..., dijo él, interrumpiéndose de inmediato, confuso; pero yo, apoyando la cabeza sobre su hombro y estrechándolo con fuerza, le cubrí el cuello de besos.
-Eres tan bello, Nisiuti, le decía, que me muero si no te beso.
-¿Pero es que no me estás besando?, exclamó Nisiuti.

Lo miré.

-No, dije, estos no son besos, déjame que te los dé en los labios. Así se besa cuando se ama, proseguía. -¿Tú me quieres?
-Sí, sí, dijo Nisiuti.
-¿Y entonces...?, grité, y le apoyé de nuevo la cabeza sobre el hombro, desesperadamente.

El callaba. Pero, en su silencio, comprendí que se había decidido a complacerme: había en él más abandono. Levanté despacio la cabeza y le rocé los labios con los míos. No dijo nada. Entonces lo besé con más fuerza; pero mientras lo besaba, sentía que sus labios se crispaban. Me aparté y lo mire: sonreía.

© Pier Paolo Pasolini

Volver al Listado de autores
Amor indio
Texto de Juan José Saer
(enviado por Matías Gutierrez)

De pronto, una mujer joven que había estado participando, un poco inquieta, de un corrillo, dio un salto al costado, y olvidándose bruscamente de sus interlocutores y, plantándose en un claro, con las piernas firmes y bien abiertas, entrecerró los ojos y empezó a contonear, lenta, la parte superior del cuerpo. Se ponía rígida como una tabla, acariciando, con delicia evidente su propia piel luminosa. Nadie, por el momento, parecía prestarle atención.
La mujer puso las manos sobre sus tetas redondas y oscuras y, empujándolas desde abajo trataba de elevarlas para ponerlas al alcance de su lengua que buscaba, infructuosa, los pezones. Se ponía en puntas de pie, como si ignorara que las tetas no se aproximaban a la boca, sino que se elevaban al mismo tiempo que ella manteniendo la misma distancia, pero gracias a ese movimiento instintivo su cuerpo parecía más esbelto, sus músculos se ordenaban de otra manera, las nalgas se apretaban y se redondeaban y una especie de hoyo se le formaba en el flanco, al costado de la nalga, entre el nacimiento del muslo y la cadera. Como la lengua no lograba alcanzar los pezones, sin dejar de meterla y de sacarla, roja, rígida y puntuda, de la boca, la mujer se puso a bramar, mirándose los senos y estrujándolos, moviéndolos como en círculo cuando se daba cuenta, por momentos, de que la lengua no los tocaba.

Un indio chico y musculoso se acercó, contemplándola: tenía una verguita nerviosa, vertical, casi pegada al vientre del que era paralela. Obstinada en obtener el contacto de la lengua y los pezones, la mujer, que seguía bramando, lo ignoraba. Viniendo, despacio, por detrás de ella, el indio se acercó, la consideró un momento, y después, con un salto suave, se pegó a ella, tan estrechamente que su miembro vertical desapareció en la raya que separaba las nalgas firmes y protuberantes, como si la zanja vertical hubiese sido un estuche hecho a la medida. Los brazos del indio rodearon a la mujer y sus manos se apoyaron sobre las manos que estrujaban los senos, sin que la mujer interrumpiese sus bramiosos abstraídos y sin que el cuerpo atravesado de estremecimientos rígidos cambiase su posición precedente. Nada, en la expresión de la mujer, ni su actitud general, denunciaba que hubiese advertido la presencia de ese cuerpo, chico y musculoso, que se pegaba, perentorio, al suyo, más redondo y abundante. El hombre apoyaba el mentón entre los omóplatos de la mujer y trataba de induciría, con los brazos, a inclinarse hacia adelante, o incluso, tal vez, a ponerse en cuatro patas, para poder sin duda penetrarla con su verguita vertical que se perdía en la muesca vertical que separaba las nalgas. Pero el cuerpo de la mujer seguía rígido, con las piernas abiertas, las nalgas hacia afuera, las manos que elevaban, estrujándolas, las tetas, la lengua roja y puntuda que entraba y salía y a la que los bramidos mal proferidos a causa justamente de su ir y venir continuo, llenaban de unos filamentos líquidos que escapaban también por las comisuras de los labios y dejaban regueros paralelos a los costados del mentón, y podían ser saliva o baba. Casi con rabia, el hombre seguía clavando, entre las salientes de los omóplatos, el mentón infructuoso. El resto de su cuerpo se pegaba, insistente, al de la mujer, más grande, hasta que la mujer sacó sus propias manos de los senos, estiró los brazos, separándolos del cuerpo y después, con un sacudón del cuerpo, inesperado y brusco, se desembarazó del hombre que fue a caer, de espaldas, en el suelo arenoso. Desdeñosa, la mujer, sin siquiera mirar hacia atrás, pareció salir de su trance y, con paso tranquilo, se perdió en dirección a los árboles.

El hombre, como aturdido, se quedó mirándola. No parecía enojado ni humillado por lo que acababa de suceder. Su miembro, tan perentorio hasta hacía unos momentos, se desinfló de golpe y desapareció entre las piernas: su mirada vidriosa se perdía entre los árboles más con distracción que con indiferencia. Era evidente que la mujer que, como el norte a la brújula, había estado atrayéndolo, ya no ocupaba ningún lugar en sus pensamientos.

© Juan José Saer

Volver al Listado de autores
Como una chancha
Texto de Andrés Rivera
(enviado por Matías Gutierrez)

Ella prepara mi baño de agua tibia.

Apaga la luz y abre las ventanas y los postigones. Entra la brisa del río y del verano. De la noche. Es lo que le enseñé: la casa, en verano, se refresca de noche.

Ella me baña. Cuando alzo los ojos, y miro su cara, miro como una nada. Ni odio ni placer. Como las caras achinadas de los hombres de Peñaloza, fotografiados en Caucete, antes de que los matasen a horca, lanza y fusil.

Miro una piedra que parpadea, que se mueve, que irrumpe en la niebla clara que se levanta del agua tibia, del calor que se desprende de mi cuerpo y que el agua del baño aplaca.

Nos acostamos, los postigones abiertos a la noche del verano. Huelo su cuerpo pesado, sudado, poderoso. Le retuerzo, lentamente, los pezones. Ella cierra los ojos: no se queja.

Ella, los ojos cerrados, apoya sus manos sobre mis hombros, me voltea sobre el colchón, separa, con sus rodillas, mis piernas, y me introduce un dedo en el culo. Leve erección. Su dedo gira, cada vez más adentro, tenaz, como si se enroscarse. Su lengua me raspa las tetillas. Se me seca la boca. Placer.

Se alza sobre mí, y su cuerpo en sombras me oculta el cielo. Le veo el mentón, blanco, y la boca, entreabierta. No tiene cara. Adjudico nombres vertiginosos a ésa, que sobre mí no tiene cara. Y los nombres, vertiginosos, estallan y desaparecen en la sombra de su cuerpo, que se arquea sobre mí, en los pechos que cuelgan de su sombra, y que huelo, calientes y sudados.

De la sombra que me oculta el cielo, baja un murmullo:
¿Qué es lo que toco?

Los ojos abiertos en la sombra de su cuerpo, en sus pechos que me rozan la cara, en el trazo pálido de sus dientes, en el tiempo que deseo retener, digo, con una voz que me cruje en la garganta:

-Mierda. Eso tocas.

En la noche que fluye, chirría su risita, corta, satisfecha.
Finjo una respiración entrecorta, finjo un jadeo, finjo una súplica.
Salgo de ella. Me duele estar en ella.
Quiero que vuelva a penetrarme.

-Seguí, le digo.
Ella me tapa los ojos.
-Te dejo, murmura.
-No.
Eyaculo.
Le digo que fumemos. Ella enciende los cigarros. Fumamos, callados.
Le digo:
Prepará otro baño. Para los dos. Olés como una chancha.

© Andrés Rivera