![]()
Eritis sicut dei (y sereís como dioses)
La Serpiente, génesis 3:5
Sería preciso que un solo rostro
Respondiera por todos los nombres del mundo.
Paul Eluard, el amor y la poesía
( 1 )
Cantan los gallos anunciando a la ciudad como a un rey extranjero. ¿Pero
qué severo equilibrio hiere mis talones para el nuevo viaje?
No volveré al hogar si no me aguardan los recuerdos, si no me cercan las
palabras y los años que visité mientras dormía en los restos de otros. Todo
se inclina por primera vez acompañado por el peso que acomoda la luz. (Des-
pertar en cualquier sitio, en cualquier tiempo, es fraguar un pasado
para al fin morir.)
Cantan los gallos. Y la noche se desmenuza entre sus picos lentos.
Esta ciudad que yo he visto, desde otros ojos, va derrotando edades
sin saberlo.
siempre en voz más baja al iniciarse el día.
( 2 )
Si este silencio pudiera revelar la infancia que vuelve a mi como una sombra.
Si esta ventana, este jardín o patio no me acusaran con su presencia como
acusa el hombre a un pobre diablo y después lo llama dios, padre o carcelero.
Si este coraje que pronuncian mis arrugas pudiera excluir al mundo
de toda ambiguedad, entonces, yo hallaría en la tranquilidad una resistencia
aún más profunda.
Por ahora nadie que ya disfrute de la compañía podrá renunciar a la men-
tira fácilmente. A ese eslabón donde la voz pende como una fruta intacta
y duradera. Solamente en el amor, al fin comparten impurezas dos seres
humanos. Y hace mucho que el fulgor frágil de la luna hace brillar el roble
de las cruces.
Será un consuelo enorme el cuerpo abandonado.
Pues nada nos pertenece.
Ni siquiera esta piel, que sólo se sabe piel por otras.
( 3 )
Es posible compartir las cicatrices bajo los abrazos. Mientras la humanidad
se ensancha como un pez en la profundidad del río.
Yo sé que en toda vastedad se cierra una mentira. Que el cielo es sólo
un enigma donde coloca el crimen sus guardianes. Entonces, ¿por qué el aburri-
miento de estas gentes no ha hecho otra cosa que llenarlos de espejos y caricias?
Sólo apreciamos lo que sabemos que se extingue. (ni el más sereno de los
rostros puede ocultar sus marcas)
( 4 )
Hoy llueve, como si nunca antes hubiera llovido sobre esta tierra. Como
si dios nunca antes hubiera escupido sobre sus palacios.
Desde que hijo moribundo iré a salvarme. Desde qué vientre clausuraré
el tiempo y fundaré la inercia para nuevos ojos.
Soy la agonía que se cierra en la agonía de otros. El cuervo que en la mon-
taña olvida el número de la casa donde aún se llora por la ausencia de
alguien. Perpetuado por el crimen de estar vivo.
Mi cuerpo sigue húmedo junto a las veredas que eran antes manglares y
trampas. Y sutiles brillan mis sombras como nostalgias que la adultez urde
en cada encuentro.
Una vez más a los tropiezos vuelvo: si ha de ser larga la vida,
sea el desorden quien guíe cada paso.
( 5 )
Me asomo a un río como a un espejo que no podrá sostenerme. Y la ceguera
roe como el agua las raíces de un valle donde descansa mi sombra. (quieta
en la invención de un arte). Desmaya el ave feliz bajo su vuelo encorvado
sobre las paredes. Y el infinito estorba, como a nosotros los años nos estorban.
Me asomo a la noche como a una morada donde reposa el cuerpo en su
aventura. Donde el secreto de mi crecimiento continúa indescifrable.
Si aprecia la memoria, ¿cómo olvidaría dios hacerse un rostro?
Con tristeza se reanuda el porvenir sobre los techos de metal donde
fulgura la lluvia. No existirán los salvamentos.
la memoria es la ruina confortable donde duerme un niño.
( 6 )
Todos los días son el primer día de la tierra. Así nadie está ausente.
Y las frágiles paciencias de los hombres surgen abrazadas de la lentitud más honda.
Sin embargo, hay hermosos simulacros en los rostros. Voces hundidas
para el juego del Presente.
Y desde lugares remotos, viene a embriagarse un César o un vagabundo
a estos palacios.
Estos palacios de piedra, para una tierra que será aún más blanda cuando el
diluvio acabe.
( 7 )
Al recobrar la calma hicimos nuestros nombres.
Y la luz que había dejado blandas las córneas,
nos pintó de formas diferentes.
Ya no reconocíamos a dios, y tampoco nos parecíamos
entre nosotros.
Desde entonces, la Indiferencia descubre al impostor,
o a quien callado está ordenando sus delitos.
( 8 )
Qué necio es el color del gallinazo. Frágil cuando avanza hacia su presa. La
generosidad de la luz sobre los tejados muestra acaso el húmedo olor de las
calles y plazas. Somos hombres, porque sabemos caminar hombro con hombro.
Con la boca abierta como un árbol viejo. INVENTAMOS LA MORAL UN
DÍA DOMINGO en el que dios dormía. Séptimo día, ya habíamos apren-
dido a defendernos de las bestias del antiguo bosque. Qué profunda que se ha
vuelto la noche desde que la ciudad existe.
a veces, aún podemos escucharlos aletear antes de tocar el pavimiento. Justo
antes de morder la muete.
( 9 )
Y nosotros
solamente desertores de algún vientre, y hacia la voracidad de qué morada, poco
sabemos del misterio de estos pies hundiéndose en la tierra. O del lugar a dónde
lleva la lluvia que palpa los contornos como un viejo amigo.
No puedo decir
que mis palabras se vuelven visibles un instante. Más bien se apagan,
se estrangulan. Más bien en la oscuridad del insomnio peinan sus cabellos largos.
(mezcladas todas con la luz del día)
Yo aprendí que el habla vuelve trizas la memoria, que retiene en lo más
hondo a la Bestia verdadera. Y que después de caminar, de golpear la tierra con
la fatiga de otros, hay una sed como una duda que ilumina el rostro. Que llama
a estos lugares sacros para estremecerse.
Ah, volvemos siempre con las palmas blancas, y con los ojos del que busca
la unidad terrible en los espejos.
Y gente extraña, decimos, que viaja siempre mas sigue entre nosotros.
Que ni siquiera en la desesperanza, encuentra independencia.
( 10 )
Para hacer un jardín aquí trajimos todos los dolores.
Juntamos las montañas en una ausencia triste
y encendimos las mareas al final del día. Además templamos
las palabras, por la infelicidad de haber tenido que dejarlo todo.
Pero irónicamente, el último jardín será el primero.
Porque sólo hay terquedad en las nubes afiladas como témpanos.
Porque no puede extrañar el cuerpo
lo que no ha vencido.
( 11 )
¿Qué es una Tierra donde todos mienten para no estar solos?
Donde día a día la brisa copia lo quebrado del silencio. Y el hombre hunde
su grasa en una ciudad que no detiene su rumor enorme.
¿Qué es una Tierra , donde la luz apuesta a los más altos vientos que
giran hacia nuevas latitudes? Y la mujer cuida sus llagas en secreto. Con la
imaginación del agua, en la falsedad de un tiempo que transcurre.
¿Qué es una Tierra, sin nítidos caminos, donde Lázaro está muerto de
cualquier modo y el adiós se vierte como una jarra de larvas en las manos
que no saben la actitud conforme? Donde el sabor del espanto pone brumas
a los gestos de las piedras. Y la libertad es solamente un anciano
que camina a tientas, una palabra escrita en algún lado con coraje,
o el aguardiente que brindan los hombres más fieles, los más tristes.
¿Qué es una Tierra, donde todos compramos pedazos de ella, para
apostar los huesos excusados?
Y donde nadie habla de luz entre nosotros, ni de días largos,
ni de victorias claras.
( 12 )
Hay días invadidos por la tristeza, en el íntimo pueblo integrado
por lo que perdimos.
Hay días, como páginas siguientes, que fueron arrancadas por todas
las opciones que tomamos. Que se elevan en el jadeo de un vapor
inmenso y cristalino que sueña entre las hojas. Que se elevan como una
hoz que corta los días delgados.
Hay días enteros, que brindan siempre la impresión de ser escasos.
En que marchamos por debajo de esa polvareda que deja el porvenir
cuando camina. Días en que las lluvias, bajo los miedos de otras, calle
abajo corren apuradas para saber si el tiempo derrota todo posible
retorno. Para saber si el recuerdo, de estas manos que hurgaron y
nunca habían reído, vuelve hacia ellas a buscar el verso que tortura.
Hay días, trágicamente solitarios, en que es posible amar
esas mujeres que devienen de la hoguera del silencio. Que en sueños se
ofrecen a desbordar la plena fuente de la Bestia erguida. Que han hecho
del idioma cerrojos de carne, de la penumbra de la mente a la angustia
ya cubierta por la hierba prieta.
Y hay días sin puertas, sin correspondencia alguna, en los que todo
hombre ignora qué lugares ha obtenido, o a qué poder extraño ha
obedecido desde el instante preciso en que buscó la dicha. Días, en los
que sólo el deseo de dormir es lo que dura, y ya nada es abundancia en el
temblor de la piel.
( 13 )
Sé de un sitio donde podemos comenzar sobre caminos viejos.
Donde el viento aún se desprende hacia otros vientos. Y restos de
cenizas nos son dados como un rastro que sólo puede conducir a la
humildad.
Donde la risa ha inventado los harapos. Y ágil el dolor gana
memoria.
Donde hacemos nuestro abrazo como luz: tibiando la humedad,
formando sombras. Y donde nadie se desnuda sin esperanzas.
Sé de un sitio en el que alrededor de la fe, la desesperación abre sus
tiendas. Donde aún todo reposa con temor a perderse.
Y donde nadie olvida
que el tiempo es una caravana de gitanos que mueven sus panderetas
aunque el sol, allí arriba, arda como una brújula en la mano.
( 14 )
Qué debiles, qué vagos comienzan a parecerme nuestros besos,
carcomidos por el vaivén perenne.
En esta mesa, donde hablan de mi abuelo, poco
no más allá de este círculo secreto,
algún día, también después de mí,
de mí hablarán poco
( 15 )
La sospecha ha crecido de mi mano.
¿Qué ficción vendrá a alejarla, que no se reconozca en la pereza?
Claros habitantes de mi infancia acuden a mí para jurar que las
historias han destrozado los espejos. Que ya ha pasado el tiempo de
buscar esas palabras que mezclan el reflejo con las cosas.
Mi única posesión: palabras que restan el dolor a la fatiga.
Si es cierto que engañan los sentidos, que se entibian en la
extensión salvaje de la nada, vamos a contemplarnos sin destrezas.
Imposible es reinventar el deterioro, o aquel viejo rumor que se erige
entre las casas como el ruido del ciprés que se define.
Todavía el Porvenir, no es más que dos palabras unidas para llamar
a la muerte.
( 16 )
Tiene la noche el escudo más herido.
Y el pasto a lo lejos se advierte
como un antiguo instrumento para medir la espera.
Mutilados árboles por las veredas
recuerdan como un sueño
la fiesta de las aves.
Luciérnagas encienden por segundos
sus torres de aire.
Y la luna muestra su trono inagotable y espeso.
Nada reclamaremos a la vejez cuando llegue.
Nada a la juventud, por extirpar la infancia.
( 17 )
En esta tierra herida con mi resistencia
he olvidado que la noche se desnuca en los manglares donde, envuelta la
luz, no tiene voz. Donde de pronto y al unísono, nadie nos conoce
donde la sombra miente.
En esta tierra herida con mi resistencia
he olvidado los caminos que se han llevado los únicos rostros que
teníamos para enfrentar la vida. Donde el vacío de igual forma se
desploma como todo lo que vive o vivirá mañana, en un equilibrio torpe,
donde la vida miente.
En esta tierra herida con mi resistencia
he olvidado que el silencio es una máscara segura que ni la muerte
arranca. Un poderío de memorias, que emerge de la siesta del recuerdo.
Un rebasar sin piel, y no una voz que crece de separaciones.
En esta tierra herida con mi resistencia
he olvidado el valor que tiene el despertar para que empiece el día.
Y he olvidado que, haga lo que haga, ningún soñar quiere mi viaje.
( 18 )
y yo no puedo ser el único hombre con malos pensamientos, con
ideas podridas. Sospecho que los hombres a los que llamamos cuerdos,
sólo son decentes porque callan.
( 19 )
(imposible es el amor que no cambia de rostro, al menos una vez.)
de pronto, una luna blanca rodando por los riscos como un papel
me mostró que la quietud también gobierna este lugar de asombro.
que la belleza sufre sombras, desde que la vimos.
( 20 )
He retornado a los caminos guardados con cautela. Al hogar, donde
el íntimo calor no volverá a ser luz en las ventanas. Un sol desborda esta
ciudad de azúcar envuelta entre sus lenguas. Y el olor del día futuro,
pero negado, sólo asalta en las veredas como a una presa moribunda que
reside en la planicie de las cosas.
¿En extensión de qué favor nos hemos hecho los unos a los otros?
como un abrigo de sombras donde la rutina surge en la compañía. Como
la realidad ya abatida que sólo es evidencia.
Yo he cruzado oficios y dolores, insomnios de podrida soledad
donde sembraba dios de grillos las nubes para ver como caían con la
lluvia.
Donde rompía el tiempo ese temor gemelo que es morir o nacer.
Respirando con dificultad el aire, calculando...
1
La tentación perdura más que el crimen.
(a través del misterio se prolonga el mito,
la absolución profunda del deseo)
Porque cada sueño que se recuerda es un paraíso perdido.
© Ernesto Carrión